Crítica musical
Un cacereño agradece a Luis Pastor el consuelo de sus canciones ante la enfermedad terminal de su padre
Luis Pastor emocionó al público del Gran Teatro de Cáceres con un concierto junto a la Orquesta Sinfónica de la Diputación, en una noche que recordó la memoria y el valor de la música

Jorge Valiente

Hace unos días, en la cafetería del Complejo Cultural San Francisco, un hombre de poco más de 40 años se acercó a Luis Pastor para darle las gracias. "Las gracias, ¿por qué?", preguntó el maestro. La respuesta fue esta: "Mi padre ha muerto hace poco víctima de un cáncer terminal. Las últimas semanas de su vida nos pidió que a diario le pusiéramos tus canciones". Pastor, curtido en esto de las emociones, volvió a ser consciente de que siempre hay espacio para la sorpresa, para el azote de los sentimientos, por muchas experiencias que hayas acumulado a lo largo del tiempo.
Un tiempo de silencio y de quebranto, como dice una de sus canciones, en la que el paciente soñó con una casa en el cielo, un jardín en el mar, un volver a empezar. Pero su deseo de estrellas se apagó como el latir del gorrión, como la isla de una cama del amor fugaz, como una puesta de sol. Han tenido que pasar unos días para procesar lo que la ciudad vivió la noche del sábado en el concierto que Luis Pastor ofreció en el Gran Teatro acompañado por la Orquesta Sinfónica de la Diputación de Cáceres. Su mujer, Lourdes Guerra, y Pedro, el hijo de ambos, estuvieron al lado del cantautor en una noche de lleno absoluto.
Luis Pastor nació el 9 de junio de 1952 en Berzocana. Llegó a Madrid a principios de los sesenta, a la colonia Sandi, en el barrio de Vallecas. Desde pequeño había querido ser cantante. Y ha sido de todo, menos un ángel caído, aunque una de sus canciones-himno lleve este título: "Hay un dulce recuerdo de ola soñando mi arena y una nube pintada de agua que moja mi pena". Ha sabido cantarle al amor y defender a Cáceres y Badajoz, en estos tiempos de provincianismo que distancia y que no acerca, contra toda lógica. "Cáceres y Badajoz bailando en un mismo fado, como dos enamorados que arrebata la pasión. Cáceres y Badajoz, amor de una misma tierra, de la llanura a la sierra en un mismo corazón".
El cantautor tiene el sello de los artistas que un día dejaron sus pueblos y se fueron a la capital en busca del Dorado. Y en esas compuso 'Aguas abril', que se hizo más famosa aún desde que la grabó con Bebe, y que habla del hachazo de la ruptura. "No sé de qué compás te deslizaste, ni en qué estación de metro te perdí. No vi llegar al lobo y me avisaste, las tiendas se han cerrado para mí. Aguas abril, flores en mayo, beso una estatua de sal. Se fue mi tren, también mi barco, solo en mi puerto de mar".
Luis Pastor dice que cuando una ruptura se produce hay que retomar de nuevo el camino. Y que lo demás, hay que dejarlo estar. Es un buen consejo frente a los odios que se enquistan. Y hay que saber recomponer, comprender, empatizar... valores todos ellos que han dejado, desgraciadamente, de tener valor. Pasa lo mismo con la paz, que en palabras de Luis Pastor, ha de ser "un leitmotiv irrenunciable", que tan bien describe en 'Paloma de Picasso'.
Porque Pastor ha cantado a Picasso y a José Saramago, y ha bordado elegías a la manera antigua, ejemplificadas en su 'Soy', auténtico talismán para decenas de generaciones: "Soy un rayo nacido del grito, feliz meteorito, de alguna explosión. Soy la unión de dos cuerpos celestes, mi madre y mi padre en el ojo de Dios". Precisamente, en 1978, siendo él muy joven, la madre de Luis murió. Y él compuso 'Flor de Jara', que es un rezo al Dios de Las Villuercas. Cuántas niñas fueron bautizadas con el nombre de Jara en este país después de este parto. "Haz descender una estrella que bañe mi cuerpo con toda su luz. Tráeme paisajes de encina en tus ojos, un verde pintado de azul. Limpia de nubes mi cielo, llena mis horas de miel. Tú, mi lucero, mi flor de jara, ven".
Los olvidados
La madre de Luis se fue, pero seguramente después de esta canción se quedó para siempre. Por eso la platea, el patio de butacas, los palcos, todos lanzaban palmas mientras Luis Pastor y Lourdes Guerra bailaban y el Gran Teatro se venía abajo, y yo allí al lado de mi hermana María, testigos presenciales en perfecta comunión, como cuando éramos niños y corríamos en el patio del limonero. Comprendimos, de pronto, que habitamos dentro de cada uno de nosotros en el país de la memoria. Y nos preguntamos qué fue de los cantautores en el siglo XXI. Y en ese momento pisó el escenario el discípulo, Pedro Pastor, que es como Dios hecho hombre, con su larga melena como Jesús Resucitado o como Zacarías, el padre de San Juan Baustita. cuando decía: "No oprimáis a la viuda, al huérfano, al extranjero ni al pobre; ni ninguno piense mal en su corazón contra su hermano".
Pedro Pastor, cantando 'A la memoria de los olvidados', que es la canción más hermosa del mundo. Pedro compuso este tema inspirado en el Mirador de la Memoria de El Torno y la también la grabó con Rozalen. La habíamos oído en las plataformas, pero no en directo. Y en directo, cara a cara, es cuando suenan mejor las cosas: "Los olvidados, los que retumban en la memoria, los perseguidos de anochecida en mitad del cerro, los exiliados, los que jamás volvieron a ver correr a sus hijos. Las olvidadas, las que escondían pan en el mimbre, las perseguidas y señaladas en todo el pueblo, las exiliadas. Las que jamás volvieron a ver correr a sus hijas"
Fue muy emocionante para Pedro volver al teatro donde vio de pequeño actuar a sus padres y donde de adulto ha presentado sus discos. Y hacerlo con la batuta certera de Antonio Luis Suárez fue mucho más vibrante. Suárez volvió a coronarse con matricula de honor. Este sinfónico, lo remarcó el director de orquesta, ha sido posible gracias al productor musical Carlos Ortiz, que siempre tuvo alas para volar. Por eso hay que exportar el sinfónico fuera de nuestras fronteras, para borrar la tristeza, para ser coro de cigarras, violeta, voz y guitarra.
"Los escondidos por treinta años tras un armario, los acusados y fusilados por sus ideas, los extinguidos, abandonados bajo este suelo sin una rosa". Por fin han llegado las sirenas, por fin han sido rescatados del naufragio los cantautores. Ellos merecen todos lo honores.
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