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Barrio a barrio

Discos Harpo y Lulasónica: un recorrido por los negocios que marcaron la historia de la calle Roso de Luna

La calle Roso de Luna de Cáceres, que homenajea al escritor y teósofo Mario Roso de Luna, ha experimentado una revitalización gracias a la apertura de negocios y la llegada de apartamentos turísticos

Vídeo | Discos Harpo y Lulasónica: un recorrido por los negocios que marcaron la historia de la calle Roso de Luna

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cáceres

Es, con toda seguridad, una de las calles de Cáceres que mejor ha sabido reinventarse y que camina de forma clara hacia su revitalización. Partamos, en primera instancia, de quién fue Mario Roso de Luna, que da nombre a la vía y que quedó en la memoria como «el mago rojo de Logrosán», municipio cacereño donde nació el 15 de marzo de 1872. Fue astrónomo, escritor, periodista y teósofo. De hecho, le gustaba definirse como teósofo y ateneísta e incluso fue miembro del Ateneo de Madrid dónde, entre otras personalidades, trató con Miguel de Unamuno y Ramón María del Valle Inclán. Como teósofo, realizó una infatigable labor divulgativa. Tradujo al castellano las obras de Blavatski y produjo una larga serie de libros propios, agrupados en la llamada Biblioteca de las Maravillas.

Mario ejerció durante once años la profesión de abogado en Cáceres, pero siguió una infatigable labor autodidacta que le llevaría en 1902 a publicar 'Preparación al estudio de la Fantasía humana bajo el doble aspecto de la realidad y del ensueño', obra elogiada por Gumersindo de Azcárate. En 1896, con veintitrés años, era delegado especial de la Cruz Roja en la provincia de Cáceres, y fue honrado con la Medalla de Oro. Viajó a París y otras capitales europeas donde impartió clases de Lengua y Literatura Españolas y de Matemáticas. Colaboró también en la recogida de Romances y obras tradicionales populares extremeñas. Murió en Madrid en 1931. El filósofo cacereño Esteban Cortijo ha sido el gran divulgador de su figura y gracias a él, la sociedad siente a Roso de Luna como un personaje clave de nuestra historia.

Darle, por tanto, el nombre de esta calle que en primera instancia se bautizó como Falangista Javier García, fue un acierto. En esa calle tuvieron durante años los Corrales su taller de tapicería. Los Corrales (Alonso y Teresa), que tenían cinco hijos: RománPepiCristinaTeresi y Agustina, vivían en las dependencias del Gran Teatro hasta que Teresa, esposa de Alonso y que era hija única, hereda una vivienda en esa calle. Allí trasladó entonces la familia su residencia y a la altura del número 10 puso Alonso en 1942 un taller de tapicería, trabajo que compatibilizaba con su función de operador de cámara. Alonso trabajaba fundamentalmente para Muebles Pérez, que estaba en Pintores, pero también para muchos miembros de la nobleza cacereña: tapizaba sillones, cabeceros de cama, doseles, reclinatorios y hasta cheslongs, y se hizo con muy buena clientela por la finura y destreza con la que desarrollaba su labor.

Fue su hijo Román quien seguiría la estela del padre, tanto como operador cinematográfico (tarea que ejercería en el Capitol), como aficionado a las colmenas (durante años las retiró desinteresadamente de las calles por encargo del ayuntamiento), como en el taller tapicero, un empleo del que se haría titular al fallecer el patriarca en los 70, años para los que el negocio ya había pasado del número 10 al 8 de Roso de Luna, donde luego estuvo el taller de Costura de Fide (hoy en la plaza Marrón) y que ahora es un inmueble en fase de rehabilitación.

Román se casó con Manolita Gaitán Bazaga, hija de Ildefonso, ferroviario nacido en Córdoba, y de Jacinta, que procedía de Aldea del Cano. En el barrio estaba la Imprenta Moderna, de los hermanos Valiente, y Lyria, la famosa pastelería de Donoso Cortés que era de Pastor, primo hermano de Jacinta (suegra de Román) y en la que trabajó de siempre como empleada María. En Lyria se hacían bambas, trabucos, riquísimas raspaduras y deliciosos polos de mantecado y coco. Pastor era un forofo de los toros. Cuando toreaba Curro siempre subía a casa de los Corrales a ver la faena por televisión. Si por el balcón veía llegar a algún cliente, decía el bueno de Pastor: "Se espere usted un momentino, que ya va a matar Curro" , y el cliente esperaba paciente a que el señor Pastor terminara de ver la hazaña de Curro.

Era Lyria una pastelería con mucho encanto, con un escaparate pequeñito, un mostrador, tres sillas bajas de formica, una trastienda... un edén dulce cuyas delicias salían del horno que Pastor tenía por la Clavellina, antes de que se hiciera la Caja de Ahorros.

En el barrio también estaba Rosado, la frutería de los Sánchez, Calzados Nati, Artipiel (que lo llevaban los padres de Mati)... Allí vivía igualmente la familia de Cano, la familia Borda Bejarano, los Floriano que tenían su imprenta en el portal llano de la plaza Mayor, y había muchos bares, como el de Cano, que estaba al lado de la casa de los Corrales. Enfrente estaba Harpo, la droguería de los Villegas, y en la actual Librería Picapiedra estaba Calzados Falcón. La calle tenía un Spar, había una mujer (viuda de Rincón), que era modista, y la escuela de los cagones donde daba clases Conchi, casada con un miembro de la familia de Mudanzas Cerro.

La casa y su escalera

La casa familiar de los Corrales era muy bonita. En el hueco de la escalera se guardaba la miel dentro de las tinajas de barro, que a veces se utilizaban también para hacer zambombas, que se tocaban en aquellas inolvidables veladas de Navidad que pasaban junto a los Floriano o los Alvarado. Esa casa, tan típica de las construcciones cacereñas del siglo XVIII, disponía de un pozo y se levantó en un solar donde se alineaban otras viviendas, todas ellas comunicadas entre sí por el subsuelo y que se repartían entre los Corrales a medida que los hijos iban contrayendo matrimonio.

Y allí prosperaba el taller tapicero de Román, que contaba con una gran maquinaria que cuando el negocio se cerró se regaló a Venancio Rubio para su carpintería. Román continuó con la clientela que tenía su padre: hicieron trabajos para el conde de Canilleros, para los Mayoralgo, para el obispo Llopis Ivorra o para Valentín Javier (el fotógrafo y director de cine) y su esposa, la actriz Ana Mariscal.

También estaba en Roso de Luna La Despensa Cacereña, que regentaba Pepe Cantero, casado con Chelo Espadero, y cuyo primer trabajo le llegó a los 7 años: cogía el burro, se iba a Fuente Santa y a Los Camineros y allí, con una lata, cargaba los cántaros de agua que le encargaban en su barrio. Desde Aldea Moret hasta las fuentes tenía que recorrer 4 o 5 kilómetros. ¿El sueldo?: 1,50 pesetas por carga.

Cada día Pepe esperaba en las fuentes la llegada de las lavanderas, que eran las que le ayudaban a cargar los cántaros en el burro, al ser una tarea difícil de asumir para un niño de 7 años. Pero un día las lavanderas no llegaban, entonces Pepe se acordó de su abuelo que siempre le decía: «Hijo, ante cualquier adversidad tú echa mano del Tío Maña». Así que ni corto ni perezoso, Pepe se apoyó en un poste y, como pudo, logró cargar todos los cántaros en el burro. Vamos, que se dio maña y desde entonces nunca volvió a necesitar a las lavanderas. Y aprendió que en esta vida, y en muchas ocasiones, más vale maña que fuerza. Hoy, lo que fue ese edificio alberga el Hostal Boutique Olivae, extensión del Hotel Don Manuel de la cercana calle Donoso Cortés, y la Cafetería La Vieja, creada en honor a Leoncia Gómez, la célebre vendedora de periódicos, santo y seña de Cáceres, símbolo de El Periódico Extremadura, diario que voceó con pasión y en el que se jubiló en las postrimerías de los años 70.

Juanma Arroyo, gerente de La Vieja, quiso utilizar a Leoncia para reclamar el catovismo (acrónimo del ‘Cáceres de toda la vida’ que acuñó para su campaña electoral el exalcalde José María Saponi, fallecido el pasado mes de agosto), un término que han hecho suyo muchos jóvenes de hoy y que defienden así el orgullo de sentirse cacereños y la necesidad de reclamar para esta ciudad un lugar en el mapa territorial. Arroyo lleva La Cacharrería (en la calle Orellana de la ciudad monumental) junto a Alberto Barroso Andrada. Los dos han sabido hacer sello propio y querían seguir extendiendo su buen hacer. Pensaron que el hermano de Alberto, Iván Barroso, que trabajaba con ellos, se quedara con la nueva cafetería, pero el síndrome de Guillain-Barré detuvo las expectativas del prestigioso camarero y con ello también las de Alberto y Juan, que han tenido que atravesar un largo proceso de asimilación y que ya va por buen camino.

Sin embargo, Alfonso Jordán, dueño del local y del Olivae, siempre pensó en que la firma de La Cacharrería gestionara este rincón que ha venido para darle aún más vida a Roso de Luna. A estos locales, y al antiguo comercio de Pepe Cantero, que fue templo del ibérico en Cáceres y ruta indispensable del turista, se sumaba la droguería de los Villegas. Una de las hijas, Paqui, se casó con Victoriano García Rentero, que cuando aún no había cumplido los 14 se puso a trabajar en la farmacia de Ezponda y luego en Mendoza, hasta que le avisaron de que la botica que Frasquere tenía en La Concepción la iba a coger Primitivo Torres. Victoriano fue además representante hasta que junto a su esposa se encargó de la droguería familiar, un local inolvidable para muchos cacereños con su puertita, su escaparate, y dentro, dos mostradores y montones de estanterías cargadas de lejías, colonias o barras de labios. De la saga familiar aun queda el reducto en la calle: Modas Villegas, un clásico de la ropa para Cáceres.

Discos Harpo

En Roso de Luna también estuvo Discos Harpo de Luis Hernández Queizán. De aquello dan testimonio los azulejos que aún siguen en la fachada. Aunque bajara la persiana sigue siendo un símbolo para la Cáceres más cosmopolita, aquella que fue protagonista durante la Movida. Fue coetánea a Discos El Muro, que regentaba en la plaza Marrón Pachi Cañamero, y durante los ochenta fue referente para los melómanos de Cáceres. Los testimonios de la época recuerdan que en sus apenas veinte metros, era un reducto prácticamente minúsculo en una calle con un gran desnivel, se podían encontrar novedades nacionales e internacionales compartiendo estantería con las novedades de los grupos locales como Coup de Soup, recordado recientemente en los especiales a la Movida del último año. También se podía encontrar fanzines locales como el Rita o el Etzétera. Javier Rodríguez Marcos, de la editorial Periférica, estuvo detrás de muchos de estas publicaciones. Finalmente, tras años, echó el cierre como hicieron más tarde Ítaca, Mordisco o las tiendas Tipo --sucesora de El Muro hasta 2007-- en la esquina en la que ahora hay un taller de costura. 

Para los que nacieron en los noventa, Roso de Luna fue también la calle de Lulasónica. En 2006 abrió la que generaciones recordarán como la tienda ‘pop’. Camisetas con estampados originales, llaveros, artículos de coleccionismo, juegos de mesa, relojes, complementos. Solo había que echarle imaginación. Desde sagas mediáticas como Star Wars o Marvel a series de televisión o personajes icónicos. La idea partió de Rubén David Peña, que cambió su Móstoles natal por la ciudad. Ahora, mantiene la tienda bajo el mismo nombre en Salamanca. Durante una década despachó los regalos más originales y curiosos de la ciudad. Acumuló también anécdotas como que en los inicios los clientes confundían a tienda con un sex-shop. Finalmente, la subida de los precios de alquiler y el aumento de los costes de los proveedores provocó que bajara la persiana. Fue en septiembre de 2016. Cerraron también Impresiones Álvarez o la joyería que era distribuidora oficial del Relojo Justina.

Hoy en la vía conviven distintos negocios, como Monkey House, que se dedica a la ropa vintage, o La Puerta de Tannhauser. La librería que regentan Álvaro Muñoz y Cristina Sanmamed en Plasencia se desdobló y abrió en la esquina con Donoso Cortés. Su apertura generó una gran expectación porque aterrizaban en la ciudad después de cosechar premios como el de mejor librería del país otorgado por el Gobierno central. Corrió peor suerte El Atril, la papelería del número 5, que echó el cierre.

Para los ‘milenials’ ahora es la calle de la galería 'La sindicalista', que lleva Alejandro Quintano con los diseños de El Loco del pelo rizo que han llegado a salir en ‘prime time’ El Chaflán, el estudio de ilustración que regenta Marta Barroso. La ilustradora cacereña expone sus diseños, vende sus productos y organiza talleres. A un lado, el negocio de una marca de aceite que se trasladó a la Gran Vía y que ahora está cerrado, y al otro lado, un negocio que se reconoce por su ampuloso escaparate, la tienda de decoración Portobello.

La calle también se está reinventado con la llegada de apartamentos turísticos, como los que están en el número 1, junto a la plaza del doctor Durán (la de la Cámara de Comercio), que llevan por nombre Apartamentos Roso de Luna, y en el 14 A de la mano de Apartamentos Turísticos Casa Vía de la Plata. Y en medio, la Residencia Estudiantil Zurbarán, una de las más tradicionales de Cáceres y que sigue dando vida con nuevas generaciones a Roso de Luna, el teósofo cacereño que ve pasar el tiempo en esta vía que conecta las plazas de Marrón y de San Juan en un ejemplo claro de que la revitalización todavía es posible.

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