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La cuenta atrás cofrade

La Semana Santa de Cáceres: de su declive en los 70 y 80 a Fiesta de Interés Turístico Internacional

La disminución de cofrades y los cambios demográficos, sumados a la transformación urbana, fueron factores que incidieron en la crisis de la Semana Santa cacereña, con algunas cofradías sin procesionar.

Cristo de los Estudiantes.

Cristo de los Estudiantes. / Pablo Parra

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Cáceres

La Semana Santa de Cáceres, considerada hoy una de las celebraciones religiosas más singulares de España y declarada Fiesta de Interés Turístico Internacional en 2011, no siempre atravesó momentos de esplendor. Durante las décadas de 1970 y 1980 vivió una etapa de notable declive que puso en riesgo la continuidad de algunas de sus tradiciones. Aquella crisis fue consecuencia de diversos factores sociales, económicos y religiosos que afectaron tanto a las cofradías como a la participación popular.

Procesión de los Estudiantes, en 1960.

Procesión de los Estudiantes, en 1960. / Fotos antiguas de Cáceres

Hasta mediados del siglo XX, la Semana Santa cacereña había experimentado un crecimiento progresivo. Tras la Guerra Civil fueron surgiendo nuevas hermandades que ampliaron el calendario procesional, sumándose a las históricas cofradías del Nazareno, la Soledad o la Vera Cruz. Durante las décadas de 1940 y 1950 se fundaron nuevas corporaciones como la Cofradía de los Ramos o la de los Estudiantes, mientras que la del Espíritu Santo retomó su actividad. Esto contribuyó a incrementar el número de desfiles y a reforzar la presencia de esta celebración en la vida de la ciudad.

Declive

Sin embargo, a finales de los años sesenta comenzó a percibirse un cambio de tendencia. La sociedad española estaba entrando en una etapa de transformación profunda que afectó también a las tradiciones religiosas. La llegada de la Transición democrática, tras el final del franquismo en 1975, modificó el papel público de la religión en España. La Semana Santa, que durante décadas había tenido una presencia institucional y social muy marcada, empezó a perder parte de su protagonismo en un contexto de creciente secularización.

Virgen de las Angustias, al paso de la estación de penitencia por Santa María, con la cofradía de Jesús Nazareno, en el año 1933.

Virgen de las Angustias, al paso de la estación de penitencia por Santa María, con la cofradía de Jesús Nazareno, en el año 1933. / Fondo Unión de Cofradías Penitenciales

Uno de los principales problemas fue la disminución del número de cofrades. Durante los años setenta varias hermandades sufrieron una importante falta de hermanos y recursos económicos. Algunas incluso dejaron de procesionar durante determinados periodos. La falta de relevo generacional se convirtió en un obstáculo serio para la continuidad de las tradiciones, ya que muchos jóvenes mostraban menos interés por integrarse en las cofradías.

A esta situación se sumaron los cambios demográficos que experimentaba la ciudad. En aquellos años se produjo un notable movimiento migratorio hacia otras regiones de España o hacia zonas industriales en expansión, lo que redujo la base social de muchas hermandades. Al mismo tiempo, el crecimiento urbano y la progresiva motorización de las familias transformaron la vida cotidiana y la relación de los ciudadanos con el casco histórico, que era el escenario tradicional de las procesiones.

Otro factor relevante fue el contexto político y social de la época. La Transición supuso una redefinición de muchas manifestaciones públicas vinculadas a la religión. Algunas cofradías tenían vínculos históricos con instituciones o colectivos asociados al periodo anterior, lo que dificultó su continuidad durante los primeros años del nuevo sistema democrático. Un ejemplo significativo fue la Cofradía del Cristo de las Batallas, vinculada a veteranos de la Guerra Civil, que dejó de procesionar en 1976 tras los cambios políticos y el establecimiento de un Estado aconfesional.

Falta de organización

La organización de la Semana Santa también atravesaba dificultades. Desde finales de los años cincuenta existía en la ciudad una Comisión Pro-Semana Santa encargada de coordinar diferentes aspectos de la celebración, pero su actividad fue irregular durante los años setenta.

No fue hasta 1986 cuando un grupo de cofrades impulsó la creación de la Unión de Cofradías Penitenciales de Cáceres, una institución que permitió reorganizar y revitalizar el movimiento cofrade en la ciudad.

A partir de la década de 1980 comenzó un proceso de recuperación que devolvería progresivamente el protagonismo a la Semana Santa cacereña. Las cofradías reforzaron su organización interna, se recuperaron algunas hermandades desaparecidas como la del Cristo Negro y se impulsó una mayor participación social. Además, las instituciones locales volvieron a implicarse en los actos procesionales, lo que contribuyó a reforzar su proyección pública.

Este proceso de revitalización se consolidaría en las décadas siguientes gracias a la restauración de imágenes y pasos, el aumento del número de cofrades y la promoción cultural y turística de las procesiones.

El escenario monumental de la parte antigua, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, se convirtió en uno de los principales atractivos de la celebración.

Hoy, décadas después de aquella crisis, la Semana Santa de Cáceres vive una etapa de gran vitalidad. Las procesiones que recorren las calles empedradas de la ciudad monumental congregan cada año a miles de visitantes y fieles, convirtiéndose en uno de los acontecimientos culturales y religiosos más destacados de Extremadura.

La recuperación iniciada en los años ochenta demuestra cómo una tradición que parecía debilitada supo adaptarse a los cambios sociales para seguir formando parte esencial de la identidad de la ciudad.

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