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Entrevista

Domingo Barbolla, sociólogo de Cáceres: "Rodearnos de quienes piensan como nosotros nos empobrece"

Tras publicar su nuevo libro, el autor de Antropología Social en la UEx analiza la creciente necesidad de encontrar sentido en un mundo marcado por la incertidumbre, especialmente entre las nuevas generaciones, que buscan respuestas más allá de la individualidad

Domingo Barbolla, en la plaza Mayor de Cáceres.

Domingo Barbolla, en la plaza Mayor de Cáceres. / Carlos Gil

Gonzalo Lillo

Gonzalo Lillo

Cáceres

En una sociedad que corre, acumula y se mira constantemente al espejo, la pregunta por el sentido vuelve a abrirse paso. El sociólogo, profesor de Antropología Social en la UEx y autor de 'El monje errante, camino hacia la contemplación', aborda la fragilidad, la espiritualidad y las contradicciones de un tiempo que, pese a estar más conectado, también se siente más solo. Desde esa mirada, analiza también algunas de las grietas del presente, como la precariedad, el aislamiento o la dificultad de sostener vínculos más profundos.

Búsqueda de sentido

Pregunta: Su nueva publicación, ‘El monje errante’, aborda la espiritualidad y la trascendencia en un tiempo marcado por la incertidumbre. ¿Existe hoy una necesidad más fuerte de encontrar sentido a lo que vivimos?

Respuesta: Sin duda. Existe una vuelta muy clara a la necesidad de sentido, especialmente en los jóvenes. Cuando todo se percibe desde la incertidumbre —la idea de que los jóvenes vivirán peor que sus padres, la amenaza de conflictos o una crisis ecológica que altera nuestra forma de vida—, la individualidad deja de ser suficiente. Todas las culturas han necesitado dotarse de significado, y eso lo han aportado tradicionalmente las religiones. Estamos en un tiempo que vuelve a demandarlo. En ese contexto, también hay una dimensión estética interesante. Muchos conceptos que configuran nuestra sensibilidad tienen raíces teológicas. Por eso puede hablarse de una «razón ampliada», donde confluyen la razón científica, la artística y la religiosa. Ahí se sitúa la figura del monje errante: alguien que vive desde la fragilidad humana, pero abierto a la infinitud.

P: La fragilidad humana aparece como uno de los ejes del libro. ¿Nos cuesta aceptar la vulnerabilidad?

R: Nos cuesta mucho. Vivimos con la idea de que hay que hacerlo todo bien, ser el mejor, el más brillante. Pero la vida cotidiana está hecha de fragilidad. Basta con que dos dirigentes entren en conflicto para alterar la economía mundial, o con que ocurra un accidente para que nuestras certezas se tambaleen. No admitimos que el mundo no está bajo nuestro control absoluto. Comprender eso, lejos de ser una debilidad, es una forma de inteligencia. Esa es una de las claves del monje errante.

El también profesor de la UEx acaba de publicar 'El monje errante'.

El también profesor de la UEx acaba de publicar 'El monje errante'. / Carlos Gil

Espiritualidad

P: En una sociedad que ya no se reconoce tanto en la práctica religiosa tradicional, ¿qué lugar sigue ocupando hoy la espiritualidad?

R: A nivel popular, espiritualidad y religiosidad suelen presentarse como términos enfrentados, pero en realidad la espiritualidad es el núcleo mismo de la religión. Hoy muchas personas dicen que creen en algo, que sienten una búsqueda interior, pero no se identifican con una práctica religiosa tradicional. Eso forma parte de nuestro tiempo. Sin embargo, la pregunta de fondo sigue siendo la misma: qué significa estar vivo, qué hacemos con esa intuición de infinitud que acompaña al ser humano y cómo interpretamos nuestra propia existencia. Incluso de forma inconsciente, persiste ese deseo de permanencia, de pensar que la vida no termina del todo y que hay algo en nosotros que aspira a ir más allá.

P: ¿Puede la espiritualidad ofrecer respuestas a quienes no se consideran creyentes?

R: Muchas veces, cuando alguien dice que no cree en Dios, en realidad no cree en una determinada imagen construida en un contexto cultural concreto. Pero cuando uno toma conciencia de que la vida nos ha sido dada y que no nos pertenece, aparece una dimensión que va más allá de uno mismo. Se puede vivir una vida digna sin plantearse estas cuestiones, pero entonces queda sin explorar uno de los grandes interrogantes. A mi juicio, quedarse solo en una mirada no completa a la persona.

El sociólogo Domingo Barbolla.

El sociólogo, durante la entrevista. / Carlos Gil

Vínculos y malestar contemporáneo

P: Vivimos en una época de estímulos constantes y dispersión digital. ¿Estamos perdiendo la capacidad de escuchar y conversar?

R: Justamente. En la tradición semítica, la verdad no era solo una adecuación entre lo que percibimos y el concepto que formamos en la mente. Esa es una verdad pequeña. La verdad con mayúsculas tiene que ver con la relación entre el yo y el tú. El filósofo Martin Buber lo explicó muy bien: la verdad profunda se produce en el encuentro con la mirada del otro y, en último término, con la totalidad, que es Dios. Y ahí es donde nos estamos jugando la existencia del ser humano, tanto como especie como en lo individual.

P: ¿Qué está fallando en nuestra forma de relacionarnos?

R: Podemos conectarnos en el ciberespacio, donde el tiempo y el espacio se han modificado respecto a lo que entendemos los humanos. Parece que estamos juntos, pero al mismo tiempo se produce un aislamiento como nunca. Mirarnos en exceso al espejo y rodearnos de quienes piensan como nosotros empobrece la realidad humana, porque la diferencia es lo que enriquece al individuo y al grupo. Cuando desaparece, el otro deja de ser alguien con la misma dignidad que yo, pero también con una diferencia que necesito para sobrevivir. Hoy ese equilibrio se está rompiendo; por eso la religión vuelve a tener sentido para muchas personas, ya que ofrece una mirada global del ser humano.

P: La vivienda y la precariedad marcan el presente. ¿Qué dice eso de nuestro modelo de sociedad?

R: Dice mucho sobre el nivel de aspiraciones que hemos normalizado, queriendo tener una vivienda en propiedad y otra en la playa o la montaña. Eso, con la población del planeta y el nivel de consumo actual, no es sostenible, por lo que habría que ajustar el nivel de aspiraciones a las posibilidades materiales y buscar fórmulas más colaborativas, como ya están surgiendo. Porque al mirarnos tanto al espejo soñamos con cosas que hoy no son posibles, y eso genera frustración.

P: En un momento de consumo excesivo, agotamiento y crisis ecológica, ¿hemos roto el equilibrio entre lo necesario y lo prescindible?

R: Totalmente, y ese desequilibrio nos genera frustración y nos impide ver con racionalidad. Tenemos que dejar de mirar el mundo con las «gafas de los deseos». Se puede vivir con plenitud sin responder a todos los impulsos de acumulación. Si no fuera así, habría que pensar que la mayoría de los seres humanos que han vivido en la Tierra no han podido ser felices, y eso no tiene ningún sentido.

Barbolla, con su nuevo libro.

Barbolla, con su nuevo libro. / Carlos Gil

Preocupaciones y esperanza

P: Cada vez cuesta más convivir con quien piensa distinto. ¿Somos una sociedad más polarizada o más incapaz de gestionar la diferencia?

R: Curiosamente, las tecnologías deberían permitirnos convivir con la diferencia, pero en muchos casos están reforzando la necesidad de vivir solo entre iguales. Cuando el otro no piensa como yo, lo convierto en una amenaza o en un adversario. Las grandes desigualdades y las guerras aparecen cuando se rompe el equilibrio entre unos y otros. Pero si echamos la vista atrás, muchas sociedades han convivido en igualdad. Por eso, el problema quizá no sea la diferencia, sino cómo hemos aprendido a gestionarla en un modelo social que premia la confrontación.

P: Para terminar, ¿qué le preocupa del presente y dónde sigue encontrando motivos para la esperanza?

R: El monje errante es, ante todo, un hombre esperanzado. La esperanza es lo que permite mantener el sentido de la realidad. Más que miedo, me produce tristeza ver el desorden interior de muchas personas, el dolor con el que viven y la forma en que a veces desperdiciamos la riqueza de estar vivos. Veo una pobreza humana que no nos merecemos como individuos. Pero al mismo tiempo veo personas con profundidad y humanidad. Esa es la esperanza: que esa posibilidad de plenitud ya existe en muchas personas y puede ayudar a construir un tiempo más verdadero.

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