Historias
Rency, la joven venezolana que llegó a Cáceres sin recursos con su hijo y creó un imperio de peluquerías: "Todo es gracias a Dios y a mi esfuerzo"
Rency Luz Bracho, migrante venezolana de 33 años, llegó a Cáceres con su hijo y, tras superar obstáculos como un accidente y la falta de recursos, ha abierto dos exitosos salones de belleza

Rency Bracho, junto a su hermana el día que inauguraron su segunda tienda en la calle Sánchez Manzano de Cáceres. / E. P.

Hay trayectorias que no se explican solo con cifras o resultados. La de Rency Luz Bracho, de 33 años, es una de ellas. Su historia en Cáceres empezó hace un par de años con la necesidad más básica: salir adelante con su hijo en un entorno completamente desconocido.
Llegó a España desde Venezuela hace poco más de dos años. Su primer destino fue León, pero no encontró allí el espacio que buscaba para empezar de nuevo. "No vi oportunidades", recuerda. Decidió trasladarse a Cáceres, donde una conocida le ayudó a encontrar una habitación. No tenía trabajo, tampoco documentación regularizada y debía hacerse cargo de su hijo, entonces de nueve años. En ese contexto, la prioridad era sencilla: generar ingresos como fuera.
Su punto de partida fue su oficio. Empezó a ofrecer servicios de peluquería a domicilio a través de contactos en grupos de migrantes. "Yo aprendí cuando era pequeña y comencé a ofrecer servicios a domicilio para buscarme el pan de cada día", explica. Se desplazaba por la ciudad con su material, organizando su jornada en función del horario escolar de su hijo o llevándolo consigo cuando no tenía alternativa. Era una forma de subsistencia, pero también el primer paso de algo más.
Un punto de inflexión
Cuando parecía que empezaba a estabilizarse en otro trabajo, sufrió un accidente que lo cambió todo. Una caída en patinete eléctrico le provocó la fractura de tibia y peroné, obligándole a pasar por quirófano y a iniciar una recuperación larga y complicada.
La situación derivó rápidamente en un escenario crítico. Sin poder trabajar, sin ingresos y con un menor a su cargo, dependía de la ayuda puntual de personas cercanas. "Hubo momentos en los que no tenía ni para comer, que mi hijo me pedía comida y yo sabía que no iba a poder ofrecerle nada", reconoce. El pequeño acudía al colegio en condiciones precarias y Servicios Sociales llegó a intervenir ante la situación en la que se encontraban.
Durante ese periodo, fue derivada a un programa de acogida para personas migrantes de la Fundación Accem, donde pudo disponer de alojamiento temporal en el hotel ARA y cubrir necesidades básicas. Aquella etapa supuso un alivio momentáneo, pero también un punto de reflexión. "Mi meta era clara: tener mi salón de belleza", afirma.
Volver a empezar desde cero
A medida que avanzaba su recuperación, retomó la actividad. Lo hizo antes de estar completamente recuperada, apoyándose en muletas y aceptando cualquier servicio que pudiera realizar. "Salía cojeando a hacer un peinado, unas cejas, lo que me apareciera”, relata.
En paralelo, comenzó a invertir en su proyecto. Con el dinero que obtenía, adquiría poco a poco material de segunda mano: mobiliario, herramientas y elementos básicos para un futuro local. Todo se acumulaba en la habitación donde vivía con su hijo, configurando de forma precaria lo que más adelante sería su negocio.
El momento clave llegó cuando regularizó su situación administrativa y pudo acceder a una ayuda destinada al emprendimiento de la Junta de Extremadura. Ese impulso le permitió dar el paso definitivo y abrir su primer local en el centro comercial El Descubrimiento. "Era un local pequeño, escondido, pero era mío", recuerda.
Consolidación y crecimiento
Lejos de ser un punto final, ese primer establecimiento fue el inicio de una nueva etapa. La clientela que había construido durante su trabajo a domicilio comenzó a trasladarse al local, generando una base estable. "Una clienta trae a otra, y así fui creciendo", explica. Con el tiempo, decidió dar un salto más y trasladarse a un nuevo espacio en la Ronda del Carmen, con mejores condiciones y mayor visibilidad. Allí amplió servicios y consolidó su actividad profesional.
El proyecto también adquirió una dimensión familiar. Rency trajo a su hermana desde Venezuela, le ayudó a regularizar su situación y la incorporó al negocio. Ahora ha logrado abrir otro negocio en la calle Sánchez Manzano que, en este caso, es su hermana quien lo gestiona. Además, ha logrado traer también a su otra hermana: "Ojalá poder abrir otra peluquería más para ella", reconoce.
Más allá del negocio
Más allá de los resultados empresariales, su recorrido refleja un proceso de integración marcado por el esfuerzo y la constancia. De vivir en habitaciones compartidas ha pasado a disponer de una vivienda en alquiler junto a su familia. De la incertidumbre inicial a una situación de estabilidad.
Rency insiste en una idea que atraviesa toda su experiencia: la implicación personal. "No vine a vivir de ayudas, vine a trabajar. Todo lo que he conseguido ha sido, primero gracias a Dios, y después a mi esfuerzo", asegura. Para ella, esas subvenciones fueron un impulso puntual, pero el verdadero cambio ha estado en el trabajo diario.
Hoy, su historia se mide solo en los dos locales que ha conseguido abrir, pero también en el camino recorrido hasta llegar a ellos. Cáceres, la ciudad a la que llegó sin nada, es ahora el lugar donde ha construido su presente. "España es un país de oportunidades, pero hay que tener muchas ganas de trabajar", concluye.
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