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Una historia de Cáceres a través de sus objetos

La Comisión Pro Semana Santa de Cáceres: un hito que impulsó la unión de las cofradías en 1957

La Comisión Pro Semana Santa, constituida en 1957, sentó las bases de la Semana Santa actual en Cáceres, con la creación del Pregón, el cartel oficial y la Procesión Magna del Viernes Santo

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Jorge Rodríguez Velasco

Jorge Rodríguez Velasco

Cáceres

Como ya apuntamos la semana pasada, la fundación de la Cofradía de los Ramos en 1946 supuso un auténtico revulsivo, estimulando a las demás hermandades y marcando el camino del crecimiento y la renovación de la Semana Santa cacereña. Diez años después, en 1957, el panorama no podía ser más alentador. La cofradía contaba con 1.246 hermanos (320 de carga, 526 de escolta y 400 damas de la Virgen de la Esperanza) y solo la superaba en número la Cofradía de Jesús Nazareno, que alcanzaba los 1.700 cofrades. Esta última había consolidado también sus dos procesiones y enriquecido notablemente su patrimonio. Todo ello se sustentaba en una devoción popular profundamente arraigada, capaz de congregar cada año a miles de cacereños en torno al paso del Nazareno por los Adarves al despuntar el alba en la mañana del Viernes Santo.

Por su parte, la Cofradía de la Vera Cruz, la de más rancio abolengo de la ciudad, continuaba procesionando en la tarde del Jueves Santocomo venía haciendo desde hacía cuatro siglos. Integraban su cortejo los pasos de la Oración en el Huerto, el Beso de Judas, Jesús amarrado a la Columna y la Dolorosa de la Cruz, incorporada a la procesión tras su llegada en 1953. Contaba con unos 650 cofrades (300 hermanos de carga, 150 de luz y 200 damas de la Virgen Dolorosa), cifra similar a la de la Cofradía de la Soledad que reunía también alrededor de 640 hermanos (274 de carga, 228 de luz o escolta y 138 protectores). Sin embargo, su verdadera dimensión se manifestaba en la procesión del Santo Entierro, en la que llegaban a participar entre 7.000 y 8.000 hombres.

En la década de los 50 habían surgido otras dos cofradías. El párroco de San Mateo, don Santiago Gaspar Gil, había impulsado la creación de la Cofradía del Espíritu Santo, que se consideraba heredera de la antigua hermandad que desde el siglo XV sostuvo el culto en su ermita. Con apenas 190 hermanos, la nueva hermandad, revestida de carácter penitencial, participaba en la jornada del Jueves Santo integrada en el cortejo de la Vera Cruz, aunque ya en 1957 aspiraba a alcanzar una mayor autonomía y así poder organizar su propia procesión.

La benjamina de las cofradías cacereñas era la del Cristo de las Batallas, una hermandad de marcado carácter castrense, al agrupar en sus filas a militares, excombatientes y mutilados de la Guerra Civil. Contaba con 283 hermanos que en la tarde del Lunes Santo procesionaban desde Santa María hasta la Cruz de los Caídos para rezar un responso por los fallecidos del bando nacional.

Seis eran, por tanto, las cofradías que a mediados de los años cincuenta se encargaban de organizar las procesiones de la ciudad. Sin embargo, aquel alentador panorama carecía aún de un elemento fundamental: un organismo de coordinación que aunara esfuerzos y promoviera iniciativas comunes para engrandecer la celebración, como ya sucedía en otras ciudades. Esa necesidad, sentida desde distintos ámbitos de la vida local, cristalizó en 1957 con la creación de la Comisión Pro Semana Santa, impulsada por el obispo de Coria, don Manuel Llopis Ivorra.

La Comisión quedó constituida formalmente el 15 de enero de 1957 en el Palacio Episcopal, bajo la presidencia del vicario general de la diócesis, don José Martínez Valero, mano derecha del obispo durante su episcopado. Junto a él, desempeñó un papel destacado el vicepresidente, el doctor Juan Pablos Abril, figura clave en aquellos primeros pasos del nuevo organismo.

Carrera oficial

La nueva institución se estructuró desde sus inicios en cinco subcomisiones —propaganda, pregón, cultos al exterior, hacienda y carrera oficial—, cada una de ellas integrada por representantes de las cofradías y de los distintos organismos civiles locales. En apenas tres meses —desde su constitución en enero hasta la celebración de la Semana Santa en abril—, la Comisión fue capaz de poner en marcha un ambicioso conjunto de iniciativas que no solo transformaron de inmediato el desarrollo de la celebración, sino que sentaron las bases del modelo de Semana Santa que, con distintas adaptaciones, ha perdurado hasta la actualidad.

Entre las primeras novedades destacó, por su trascendencia, la institución del Pregón de la Semana Santa, concebido como un acto solemne destinado a anunciar y preparar espiritualmente a la ciudad para la celebración de la Pasión. Se celebró en el Gran Teatro en la víspera del Domingo de Ramos, en una velada cuidadosamente organizada que reunió a autoridades, cofrades y numerosos fieles. La elección del pregonero recayó en don Antonio Floriano Cumbreño, historiador cacereño y catedrático de la Universidad de Oviedo, cuya intervención, de gran altura literaria, supo transmitir con profundidad el sentido espiritual, histórico y popular de la Pasión cacereña.

Junto a la institución del pregón, se pusieron en marcha diversas iniciativas destinadas a impulsar la difusión y proyección pública de la Semana Santa. Se editó la primera guía oficial, con información detallada sobre las procesiones, fotografías de los pasos, así como colaboraciones literarias de destacados autores locales.

También vio la luz el primer cartel oficial, una litografía con una composición de gran fuerza simbólica en la que se integraban la torre del Bujaco, una corona de espinas sostenida por el vuelo de dos golondrinas y, a sus pies, el discurrir de una procesión.

Cartel de la Semana Santa de Cáceres de 1957.

Cartel de la Semana Santa de Cáceres de 1957. / Cedida a El Periódico

Este impulso a la difusión se vio reforzado por una decidida presencia en los medios de comunicación, tanto locales como nacionales, donde comenzaron a publicarse artículos y crónicas para dar a conocer la riqueza religiosa y artística de la Pasión local. Al mismo tiempo, la radio se convirtió en un instrumento fundamental de proyección y participación, con la organización de emisiones especiales de carácter literario y musical en los días previos al Triduo Pascual, así como un novedoso concurso radiofónico de saetas, orientado a elevar la calidad de estas intervenciones durante las procesiones.

Otra de las grandes acciones introducidas en 1957 fue la ordenación de los desfiles procesionales mediante la implantación de una carrera oficial, una iniciativa que respondía al deseo de dotar a las procesiones de un mayor orden y solemnidad. Por primera vez, todas las cofradías debían recorrer un mismo itinerario que se iniciaba en la Plaza Mayor, continuaba por la entonces calle Generalísimo Franco (hoy Pintores) y concluía en la plaza de San Juan. Para ello, se habilitó en la Plaza Mayor una tribuna destinada a autoridades, junto con la instalación de cerca de un millar de sillas para el público en general, que se alquilaban por un modesto donativo.

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M.AM

Pero si hubo una iniciativa que simbolizó como ninguna otra el espíritu de unidad que inspiraba a la Comisión, esa fue la organización de la Procesión Magna del Viernes Santo, concebida como un gran desfile conjunto en el que, por primera vez, participaban las seis cofradías penitenciales.

La procesión fue diseñada con un claro sentido litúrgico, articulando un relato continuo de la Pasión de Cristo a través de los distintos pasos. Así, el cortejo se ordenó siguiendo una secuencia cronológica que comenzaba con la Oración en el Huerto y la Flagelación; continuaba con el Cristo de las Batallas, Jesús Nazareno y la Virgen de la Esperanza; proseguía con el Cristo del Espíritu Santo, el Cristo de las Indulgencias y la Virgen de las Angustias; y, finalmente, se cerraba con la Dolorosa de la Cruz, el Cristo Yacente y la Virgen de la Soledad.

La Procesión Magna representó un hito en la historia de la Semana Santa cacereña, al hacer visible, por primera vez, la unidad de sus hermandades en un mismo cortejo y al marcar el camino de las grandes procesiones conjuntas que, con el paso del tiempo, se han convertido en una de las citas más esperadas, celebrándose cada cinco años o en efemérides y ocasiones especiales.

Muchas más fueron los proyectos impulsados por la Comisión enuna etapa que se prolongó hasta 1979, cuando, en el contexto de la crisis cofrade que acompañó a la llegada de la Transición, el organismo fue suprimido.

Heredera de aquella Comisión es hoy la Unión de Cofradías, que agrupa a dieciséis hermandades y cuya trayectoria —pasado, presente y futuro— abordaremos en el próximo artículo.

Mientras tanto, Cáceres deja atrás el letargo invernal y se entrega a la flamante primavera que nos trae un nuevo Domingo de Ramos.Hoy la torre del Bujaco se oculta tras los andamios y no luce como en aquel primer cartel de 1957, pero sobre el cielo de la ciudad volverán a volar golondrinas y vencejos que, como entonces, anuncian que Cáceres ya está preparada para vivir su Semana Mayor, la semana en la que sus calles laten al compás de la fe, la oración y los recuerdos de generaciones. La semana en la que todo Cáceres se hace cofrade.

Jorge Rodríguez Velasco es historiador.

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