Barrio a barrio
Lidia, hondureña que triunfa en Cáceres con su bar La Chimenea: "El barrio nos ha acogido de maravilla"
La calle Hernández Pacheco, en Cáceres, muestra la convivencia de negocios tradicionales, nuevos servicios y cierres recientes, reflejando el cambio del tejido comercial del barrio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

La calle Hernández Pacheco, a los pies del puente de San Francisco en Cáceres, muestra en la actualidad una mezcla de actividad y locales vacíos que evidencia el cambio del tejido comercial del barrio, donde conviven negocios tradicionales, nuevos servicios y cierres recientes. El recorrido arranca en el número 1, donde se sitúa el rastro de Remar, dedicado a trabajos de portes y mudanzas, pintura, peonaje o limpieza de escombros. Junto a él, Electro Álvarez, que mantiene su actividad en electrónica y microelectrónica, con servicios relacionados con electrodomésticos, antenas, telefonía o climatización.
A pocos metros aparece Cupido Tatoo Estudio, seguido del taller de los hermanos Denche, en el número 3, especializado en limpieza presurizada, diagnóstico de averías y sistemas mecánicos tanto de gasolina como diésel y con el magnífico Elías Denche al pie del cañón, un tipo amable, cercano, de buena conversación y cuyo éxito en el negocio ha sido ser fiel a su máxima de "el cliente, lo primero". Denche te salva de un apuro, te da hora cuando tiene la agenda que no entra un alfiler más y ajusta los precios pese a las crisis, las guerras y el IPC. El barrio tendría que levantarle un monumento.
En la confluencia con Camino Llano se encuentra el Café Bar San Francisco, mientras que uno de los referentes históricos del entorno es el Café Bar La Chimenea, situado en la esquina con la calle Carrera. Lidia Regina Valeriano Sierra nació en Honduras y lleva 13 años en España. Llegó a nuestro país a sabiendas de que aquí atravesábamos una situación económica complicada, pero aún lo era más en su tierra natal. Sin saber muy bien cómo le iba a ir, decidió emprender el viaje junto a su hija menor. Pararon en Madrid; era el destino en el que habían pensado para quedarse, pero las oportunidades laborales escaseaban en la capital. Un día la llamó por teléfono una amiga que llevaba ya un tiempo en Cáceres. "Me dijo que vivía en la calle San Antón, cerca de la biblioteca y me vine", narra Lidia a este diario poniendo en situación su experiencia vital.
"Empecé cuidando personas mayores y estuve ocho años haciendo esa labor. Luego llegó una oportunidad en el restaurante El Requeté en la plaza Mayor, esa fue mi primera experiencia en hostelería" hasta que le salió la opción de La Chimenea, bar típico donde los haya, situado en la calle Hernández Pacheco. El dueño se iba a jubilar y Lidia no lo dudó. Había aprendido mucho de las señoras mayores a las que cuidaba: sus salsas, el tiempo de cocción... "Siempre me ha gustado la cocina, pero aprendí muchas recetas de las abuelas. Trabajé con una señora que había vivido en Bruselas, su esposo era médico. Todas me aportaron un granito de Cáceres", cuenta.
Su nueva aventura laboral en La Chimenea comenzó en abril de 2023. Ella está en la cocina y su hija es la camarera. "El barrio nos ha acogido de maravilla. La gente está muy contenta con la labor que hacemos", narra Lidia, que habla de las delicias de sus platos: la carne de magra y los bocadillos, que tienen gran aceptación, o el litro de cerveza con ración, que es un gran reclamo.
A ello se suma la variedad de tapas, "que se sirven para agradar al cliente": no faltan las mollejas, las albóndigas o la tortilla de patatas. Tampoco faltan los desayunos con las tradicionales parisinas, con pan de masa madre, porque Lidia siempre tira de los productos de proximidad, especialmente del barrio de San Francisco. Pero además, desde hace un mes, están integrando platos centroamericanos: de El Salvador, México, Honduras... ofrecen las pupusas, una tortilla hecha a base de masa de maíz rellena con uno o más ingredientes que están teniendo gran aceptación, igual que los tacos, las enchiladas, el pollo chuco (uno de los platos costeños de honduras) hecho con tajadas de plátano frito. Y todo ello sobre una barra en la que a diario nunca falla un ejemplar de El Periódco Extremadura.

Fotogalería | Calle Hernández Pacheco de Cáceres / Miguel Ángel Muñoz
En esa misma zona se ubica Carpinsa, dedicada a la exposición de carpintería, en un enclave donde la actividad comercial convive con locales cerrados o en venta. A lo largo de la calle se repiten los carteles de "se vende". Han bajado la persiana negocios como Hogar Textil Jordan, el centro de ocio infantil Angelitos o una tienda de informática. También desaparecieron Omicron, Fusión Nupcial, la multitienda El Maná o la constructora Confebesa. Este fenómeno refleja la pérdida progresiva de comercio tradicional, una tendencia que se repite en otras zonas urbanas de Cáceres y del conjunto de Extremadura.
Nuevos usos y resistencia comercial
Pese a los cierres, algunos negocios continúan activos. Es el caso de Pinacam, especializado en manualidades, o el laboratorio de prótesis dental de Luis Fernández de los Muros González de la Riva. Por el barrio, lo carteles de Wending & Branding Design y la Academia Minister, junto a locales históricos como El Tambo, que mantiene su servicio a domicilio.
En el número 10, el espacio que ocupó la discoteca 2003 ha sido reconvertido en trasteros, mientras que establecimientos como Gratex, dedicado a grabados técnicos extremeños, o el Kebab Turkish Home continúan en funcionamiento.
La calle también ha visto transformaciones urbanas, como la construcción de un edificio de varias plantas en el número 25, uno de los más modernos del entorno. Sin embargo, el cierre de negocios como Doner Kebab, la panadería Lilas o la librería Cervantes evidencia el retroceso de algunos servicios tradicionales. Aun así, resisten comercios como Prontocopy, especializado en impresión y diseño gráfico, o Zapato Rápid, dedicado a la reparación de calzado, junto a negocios de proximidad como frutas y verduras Hurtado o la peluquería Colón.
La calle Hernández Pacheco enlaza finalmente con la plaza de Colón, dejando una imagen clara: la de un barrio en transición, donde la memoria comercial convive con nuevas actividades y donde el futuro dependerá de la capacidad de adaptación del tejido local.
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