Historias
Eder Tenorio, llegado a Cáceres hace 18 años desde la zona más cafetera de Colombia: "Mi ciudad era peligrosa, hoy vivo en el paraíso"
Llegó con 14 años desde Pereira, encontró en la hostelería su forma de abrirse paso y hoy dice que en la ciudad ha encontrado tranquilidad, familia y un lugar en el que quiere quedarse para siempre

Eder Tenorio, llegado desde Colombia. / E. P.

A Eder Tenorio le cambió la vida antes de ser adulto. Salió de Colombia con 14 años, dejó atrás Pereira, la zona cafetera en la que nació, y aterrizó en una ciudad que, vista desde sus ojos de adolescente, se parecía mucho a una promesa. Venía por una razón concreta: buscar una vida mejor. Su tía había llegado antes, consiguió los papeles y después lo trajo a España. Había motivos de peso. Habla de dificultades económicas, de violencia y de inseguridad. También de la necesidad de encontrar otro horizonte.
Dieciocho años después, Tenorio no duda cuando se le pregunta por su relación con la ciudad que lo acogió. "A mí Cáceres me encanta". No lo dice como una fórmula hecha, sino como una convicción que ha ido creciendo con el tiempo. Lo que más valora no es un monumento ni una postal concreta. Es otra cosa: "La tranquilidad y la seguridad". Para alguien que venía de un entorno mucho más duro, la diferencia fue inmediata. Recuerda que una de las primeras cosas que le sorprendieron fue la naturalidad con la que aquí se dejaban los coches aparcados en la calle. En el lugar del que venía, dice, aquello era impensable: "Te lo robaban".
La llegada
La llegada no fue fácil. El cambio de país, de sistema educativo y de entorno social le cayó encima siendo todavía un chaval. Continuó estudiando hasta bachillerato, pero pronto entendió que ese camino no terminaba de encajarle. Había llegado con un nivel más bajo y el salto al instituto se le hizo cuesta arriba. "No me gusta calentar puestos ni ir a perder el tiempo", resume. Así que tomó otra decisión: ponerse a trabajar.
No fue inmediato. Empezó en serio con 21 o 22 años. Desde entonces no ha parado. La hostelería fue su puerta de entrada y también la escuela en la que terminó de hacerse. Trabajó ocho años en el restaurante Tápara, en el R-66, y allí encontró algo más que un empleo. Encontró oficio, confianza y una manera de vencer la timidez que arrastraba desde joven. Recuerda a Gonzalo y Beatriz, sus jefes, como dos de las personas que más le han ayudado: "No sabía hacer nada y ellos me enseñaron, tuvieron paciencia conmigo". Aprendió tanto que acabó siendo encargado. A esa etapa le atribuye buena parte de su crecimiento personal.
Pero si algo aparece una y otra vez en su relato es que la integración no fue automática. "Al principio fue horrible para mí", reconoce. Era nuevo, no conocía a nadie y además cargaba con una forma de ser reservada, muy tímida, marcada también por lo vivido en Colombia. Hablar en público le costaba. Atender a la gente, más aún. Recuerda incluso episodios de ansiedad, manos frías, el corazón acelerado y la sensación de no poder. Ahora, trabaja en una frutería en la calle Catedrático Antonio Silva.
Cáceres como refugio
Hoy, con 33 años, Tenorio habla de Cáceres con la serenidad de quien siente que ha encontrado sitio. Dice que aquí quiere quedarse "siempre". No porque reniegue de sus raíces, sino porque su vida ya está hecha a este lado del charco. Tiene a su madre y a su hermano en Colombia, y estuvo once años sin verlos hasta que regresó de visita.
Esa idea de familia se amplía también al entorno latino que ha ido tejiendo en Cáceres. Huye de idealizaciones, admite que "hay de todo", como en cualquier comunidad, pero insiste en que la mayoría de la gente con la que se ha cruzado ha sido buena con él. Habla de apoyo, de ayuda cotidiana, de pequeños gestos que hacen más fácil asentarse en una ciudad nueva.
Su historia no está llena de grandes titulares, pero sí de algo quizá más importante: una vida construida paso a paso. La del chico que llegó con miedo y terminó encontrando en el trabajo una forma de abrirse, en la tranquilidad una manera de respirar y en Cáceres una palabra que para él tiene mucho peso: hogar.
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