Barrio a barrio
Plato del día a 8,90 y el mejor rabo de toro en la puerta de Cáceres que te conduce a Mérida
En el Callejón de Doña Lola, el paseo desvela la historia de un antiguo cementerio y leyendas locales, mientras que la Casa Palacio Paredes Saavedra, con once nuevas habitaciones, fusiona tradición y modernidad

M.A.M

De la Puerta de Mérida hasta la plaza de San Mateo pasando por la calle Ancha es el recorrido que propone El Periódico Extremadura para este 6 de abril, aún con la resaca de una Semana Santa que ha llenado de vida y turistas nuestra ciudad monumental, enclave donde precisamente se realiza este paseo que, de algún modo, permite reconstruir la evolución de Cáceres desde época romana hasta la actualidad.
La Puerta de Mérida es, en definitiva, uno de los elementos más importantes para entender nuestra historia. No en vano, se concibió como la puerta sur de la muralla romana hacia Emerita Augusta. Tal como retala el cronista oficial de Cáceres, Santos Benítez Floriano, era una de las cuatro puertas que los romanos edificaron en el recinto amurallado de la colonia Norba Caesarina. Estaba situada en la zona sur y desde allí se salía en dirección a Mérida. De las cuatro tan sólo queda en el siglo XXI la Puerta del Río o Arco del Cristo, las otras tres fueron derribadas.
Estas puertas estaban flanqueadas por torres albarranas almenadas idóneas para la defensa. La Puerta de Mérida debía de ser muy parecida a la del Arco del Cristo y fue la primera en desaparecer. Fue destruida en el año 1751 por el concejal Pablo Becerra de Monroy, ya que los vecinos se quejaban constantemente de que la puerta impedía el tránsito normal de entrada y salida de los carruajes a la ciudad. Además se señalaron motivos estéticos, históricos, estilísticos, de salubridad, etc. para su demolición. Pero la causa esencial era que el concejal quería construirse su casa al pie del arco y este le molestaba por lo que solicitó al Concejo su derribo, la torre que la defendía y parte de la muralla, pidiendo que pudiera utilizar las piedras para la construcción de su casa.
En la Puerta de Mérida está establecida la taberna del mismo nombre, que es uno de los rincones gastronómicos más extraordinarios de la ciudad y a veces poco reconocido en los medios de comunicación y guías culinarias. Hay tapas de jamón ibérico por 10 euros, surtido de quesos por 18 y croquetas de la abuela (deliciosas) por 8,90- A su carta se añaden extraordinarias carnes ibéricas, parrilladas, lasaña, rabo de toro y una tosta de la casa por 9,90. No se vayan sin probar la técula mécula ni las natillas y, si lo prefieren, pueden tirar del plato del día a 8,90.
La Casa de los Sánchez Paredes y su legado nobiliario
Desde ese punto, el recorrido continúa hacia la Casa de los Sánchez Paredes, una vivienda nobiliaria construida en el siglo XV. Destaca su portada de mampostería y el escudo partido de la familia, acompañado de una inscripción en latín: "No tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la futura". En su interior se conserva "un hermoso patio renacentista", mientras que el cuerpo esquinero corresponde a una torre desmochada. Frente a este edificio se alzaba hasta 1751 la citada puerta sur de la muralla.

Fotogalería | De la Puerta de Mérida a la calle Ancha de Mérida / Miguel Ángel Muñoz
El paseo prosigue por la calle Ancha, una calle muy bonita que conduce directamente al Parador de Turismo de Cáceres, considerado uno de los emblemas de la ciudad. El establecimiento es reconocido por "su calidad, amabilidad y leyenda". Ubicado en el Palacio de los Marqueses de Torreorgaz, el edificio tiene origen en el siglo XIV y ha sido reformado en siglos posteriores. En él figura el escudo de don Diego Antonio de Aponte y Aldana y de doña María de Ulloa y Córdoba, marqueses en 1699. El conjunto arquitectónico es una suma de estilos, desde el gótico —visible en puertas, ventanas y la torre— hasta elementos del siglo XVIII en la fachada.
Los Uribarri
En la vía el cartel de la tienda de productos gourmet y souvenirs y, al lado, en el número 5, la casa de Beatriz Uribarri, sin duda, una de las más bellas de la ciudad de Cáceres. Desde hace más de cien años su familia ha residido en este lugar cargado de patrimonio, monumentalidad y buen gusto. Hasta ella se trasladaron de la Casa del Mono cuando murió su bisabuelo, Gabino de Uribarri Paredes, médico y fundador del Colegio de Médicos de Cáceres, donde tiene un aula a su nombre por tal motivo. Al morir, su viuda, su bisabuela, Rosario Mateos Cedrún, vendió la casa de Rivera, actual Rectorado, que era de su propiedad, y compró la casa de la calle Ancha, donde hizo una serie de obras cuyas facturas aún se conservan y que son toda una reliquia.

Calle Ancha, número 5, propiedad de los Uribarri. / Cedida a El Periódico
También en esa misma calle, en una casa que linda con la Puerta de Mérida y el Parador vivió Alfonso Díaz de Bustamante y Quijano, quien fuera alcalde de Cáceres. Nacido en 1911 en Corrales de Buelna (Santander) llegó a la capital como aristócrata.. En aquella época, como el gobierno era el que elegía a los alcaldes, a él lo nombraron alcalde en 1963, un cargo que ocupó hasta 1977. Al principio, en Cáceres se metieron mucho con él, decían que tenía mucha influencia con los peces gordos --era cuñado del ministro de Justicia de Franco, Francisco de Oriol y Urquijo-- y le reprochaban sus comilonas. Craso error el de los críticos porque, en honor a la verdad, Don Alfonso fue uno de los alcaldes que más hizo por esta ciudad: el pantano del Guadiloba, el desvío ferroviario hasta Cáceres, el semidistrito de la universidad, el inicio del Parque del Príncipe y las reformas de la ciudad monumental que años después impulsarían su declaración como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Don Alfonso se casó con María Cristina de Ulloa y Ramírez de Haro y tuvieron 8 hijos. Ella murió en accidente de tráfico y tiempo después el alcalde volvería a contraer matrimonio con Rocío Falcó, grande de España, 20 años menor que él. Se casaron en Plasencia pero el matrimonio no duró mucho porque Rocío moriría a los 57 años al caer por unas escaleras del Galerías Preciados de Serrano en Madrid. Fue condesa de Berantevilla y perdió el equilibrio en la escalera al salir de espaldas del ascensor con el carrito de la compra camino del aparcamiento.
Bustamante logró que los Príncipes de Mónaco, Rainiero y Grace Kelly, visitaran la ciudad en 1974. Los Grimaldi estaban de viaje por España, en la finca trujillana Pascualete de Aline Griffith, condesa de Romanones, que era espía en Estados Unidos. Al enterarse el alcalde de la presencia de los monegascos en nuestro país, raudo y veloz movió todas sus influencias. Don Alfonso tuvo muchos hombres de confianza: Juanito Gil era concejal, tenía un comercio en Moret y fue director de unos almacenes en Charca Musia, o Manzano, que era policía y estaba casado con una Javato. En su equipo de gobierno también estuvieron Francisco Guerrero, hermano del fotógrafo Juan Guerrero, fue concejal de Cultura, llevaba el Orfeón de Cáceres y la banda municipal, que en 1971 estrenó uniformes de verano. También trabajó con Ignacio Montaño, que era sevillano, con Juan Ramón Marchena, su jefe de protocolo, o con Carmina, que fue su secretaria... Otros tiempo que conviene, siempre, poner en el lugar de la memoria que merecen.
El Callejón de Doña Lola
Prosiguiendo nuestro paseo nos vamos al Callejón de Doña Lola, entre el parador y lo que fue el Palacio del Vino, llamado así por Dolores de Carvajal y Sánchez, mujer de Alvaro Cavestany de Anduaga, que paradójicamente también da nombre a otro callejón, el Callejón de Don Álvaro, que se usa como atajo para llegar a la judería sin dar rodeos por la cuesta del Marqués o las Veletas. Es una de las travesías más estrechas y recónditas del recinto intramuros sino la más. Esconde historia en sus paredes. Y posiblemente con nombre y apellidos porque en sus muros encajona huesos humanos de habitantes de la villa.
Este hecho tiene su posible explicación histórica. Según relatan los cronistas de la ciudad, en la antigüedad los cementerios no se localizaban en la periferia de las villas sino al lado de las iglesias y de las parroquias. Así, la iglesia de San Mateo contaba con su propio camposanto ubicado en las inmediaciones del emblemático callejón. La teoría que barajan los historiadores es que esa tierra del cementerio se usó para las construcciones posteriores y tenía restos humanos. Se encuentra flanqueado a un lado por la iglesia de la Preciosa Sangre y al otro por el Palacio de las Cigüeñas, propiedad de la subdelegación de Defensa y vertiente que acumula el osario. Con los años, esta particularidad ha dado pie a leyendas de todo tipo. Las más populares defendían que las almas de los muertos se habían quedado atrapadas en los muros y por esa razón siempre hacía viento.
El lujo y el glamour
Frente al Callejón de Doña Lola, la Casa Palacio Paredes Saavedra, construido en los siglos XV y XVI y que presenta distintos estilos arquitectónicos, como la ventana mudéjar, que tiene el parteluz de pizarra, o la ventana gótica, que está enmarcada por un alfiz. La puerta principal, en arco de medio punto, y la ventana superior destacan por sus grandes dovelas almohadilladas. Es precioso el esgrafiado que adorna una de las ventanas laterales y los escudos de las familias Paredes-Saavedra y Paredes-Golfín.
El edificio está organizado en tres plantas en torno a un pequeño atrio asimétrico interior, y con un patio en su parte posterior, y es el resultado de la concatenación de espacios que fueron construidos en diferentes épocas, y que conforman una organización asimétrica de muros de carga estructurales dentro de la cual la torre, desmochada en tiempos de los Reyes Católicos, puede ser considerada como un elemento significativo de la arquitectura civil cacereña.
El proyecto de reforma y rehabilitación recientemenete llevado a cabo se ha ejecutado con el objetivo de dar cabida a once nuevas habitaciones que vienen a complementar la oferta del Hotel Atrio Relais Chateaux, un establecimiento que cuenta actualmente con otras catorce habitaciones, y que está situado muy próximo al edificio. Esas nuevas habitaciones se adaptan de formas diversas a la Casa Palacio, y tratan de sacar el máximo partido a los espacios existentes, tomando en consideración las condiciones específicas de cada uno de ellos.
La intervención está basada en el respeto a la estructura original del edificio histórico, con la incorporación de una arquitectura de carácter contemporáneo que, como si se tratara de una vestimenta interior, va cubriendo las superficies existentes mediante bóvedas encamonadas de madera en la planta baja, y artesonados, también de madera, en las dos plantas superiores.
La rehabilitación define con claridad una sucesión de espacios en diagonal que va desde la calle Ancha a la calle San Pedro, pasando por el zaguán abovedado —en el que se ha incluido una obra site-specific del artista portugués José Pedro Croft—, el atrio asimétrico con una sucesión de bóvedas de ladrillo que se apoyan sobre dos columnas dóricas, y el patio exterior ajardinado, que cuenta con una pequeña alberca. Se complementa la intervención con el recrecido de la torre, buscando contribuir a la mejora del perfil de la ciudad, especialmente en la calle Ancha.
El proyecto de la Casa Palacio, promovido por los empresarios Jose Polo y Toño Pérez, trata de pensar la ciudad desde los presupuestos que la hicieron posible, imaginando de qué manera esto puede ser llevado a cabo en nuestra época. De este modo, la rehabilitación del edificio es una propuesta respetuosa con el carácter del lugar, y su principal objetivo es convivir con este entorno con dignidad, tratando de combinar tradición y contemporaneidad.
Y de ahí, ya en la esquina con San Mateo, la Escuela de Bellas Artes Eulogio Blasco, dependiente de la Diputación Provincial de Cáceres. Se trata de una casa del solar de los Ulloa, datada en el siglo XVI. El inmueble presenta una fachada con portada de medio punto realizada con grandes dovelas, balcón y alfiz con moldura decorativa. También exhibe grandes escudos familiares, reflejo del poder nobiliario de los Ulloa. Como es habitual en este tipo de edificaciones, el interior se organiza en torno a un patio que distribuye las dependencias palaciegas y conserva pinturas murales de interés. Un ejemplo de que la cultura es pura ebullición.
A estas alturas, la pregunta que cabría hacerse es: ¿Cómo tan pocos metros pueden atesorar tanta belleza?
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