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Descifrando la realidad

Domingo Barbolla, sociólogo de Cáceres: "¿Qué es ser madre? No lo sé, pero veamos…"

La biología une a padres y madres, pero la cultura les diferencia en sus roles sociales, siendo la madre quien forja la eternidad y el amor, mientras el padre establece las normas

Una pareja pasea a su bebé en Cáceres.

Una pareja pasea a su bebé en Cáceres. / JORGE VALIENTE

Domingo Barbolla Camarero

Domingo Barbolla Camarero

Cáceres

La semana pasada prometí escribir esta artículo una vez realizado sobre la paternidad que me representa. Pareciera que ambos son lo mismo y no es tan verdad, diferencias importantes nos enlazan y separan a la vez a pesar de que a los ojos de nuestro tiempo parecieran intercambiables las tareas en una y otra dirección. Sí, nos asemeja la ley de transmitir nuestra herencia a la vez recibida con anterioridad, unos y otros (padres y madres) somos necesarios en esta tarea común de mantener nuestra especie entre los vivos y a cada uno de nosotros la vida nos exige y premia a la vez con tal prerrogativa.

Si la biología nos iguala, no así la cultura, pues esta muestra formas discontinuas en el hacer de ambos roles sociales que nada tiene que ver con la igualdad necesaria de ambos. Nadie discute esta premisa de igualdad en el hacer social, tan solo muestro los aspectos esenciales que diferencian los padres y madres en el papel de forjar esa unidad humana nueva una vez nacida y continuadora de la especie.

El padre, forjador de la norma como atributo a la finitud, será la madre la alentadora de la eternidad como constante creadora de la magia de lo nuevo hacia lo nuevo. Sí, la madre alberga en sus entrañas desde el momento de la concepción, lo hace suyo porque es suyo en su biología casi total y lo envuelve en terciopelo eterno como atributo del amor que imposibilita el desaparecer. Esa vida forjada en su biología plena clama por nunca desaparecer, se hace eco de lo eterno como ella misma fue configurada en el seno previo de su madre, es una continuidad sin tiempo, sin límite alguno, el límite –que bien sabemos que existe– debe ser puesto por el otro procreador, ese que “apenas” intervino en su creación.

No hay límites en el amor, tampoco en el despliegue de una biología dadora de otra nueva; no puede haberlo pues es la continuidad eterna desde donde brota la vida y la madre es el eslabón necesario de ese misterio que representa la conciencia de estar vivos. Desde aquí, desde esta misteriosa esencia de dar continuidad a la vida invidio el ser madre, ese papel de eternidad biológica desde el necesario amor que representa un útero fecundado con biología y cultura a la vez. Doy gracias a mi madre y a todas las madres que de alguna forma saben que estas letras las representan.

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