Grosso Modo
Juan Ramón Corvillo, abogado de Cáceres: "Abre la muralla"
La restauración de la Torre de la Yerba en Cáceres, construida en el siglo XII, simboliza la preservación de la memoria y la identidad de la ciudad, uniendo pasado y presente

'Abre la muralla'. / CEDIDA

Hay noticias que parecen menores hasta que se las mira con detenimiento. Entonces revelan que contienen una idea entera de ciudad. La nueva fase de la restauración de la muralla de Cáceres, con la intervención en la Torre de la Yerba y su incorporación al recorrido patrimonial, pertenece a esa clase de hechos que desbordan la mera gestión cultural. En ellos se juega una forma de entender la memoria, el tiempo y la dignidad urbana.
La Torre de la Yerba encierra, por sí sola, una porción muy honda de la biografía cacereña. Torre albarrana de origen almohade, erigida en el siglo XII sobre sillares romanos, resume en su propia materia la superposición de épocas que da a Cáceres su verdad más profunda. Aquí los siglos no se borran, se sedimentanentre capas de tiempo, entre civilizaciones que pasaron. Cada piedra conserva la huella de una civilización, y el conjunto recuerda que la ciudad se decanta lentamente, como una obra paciente del tiempo.
Tal vez por eso esta restauración despierta el eco de aquella canción de Quilapayún sobre el poema de Nicolás Guillén. Abre la muralla proponía una imagen de extraordinaria limpieza moral: abrir al amigo, a la rosa, al laurel; cerrar al sable, al veneno, a la serpiente. La muralla dejaba de ser defensa material para convertirse en símbolo de discernimiento colectivo, en expresión de una comunidad que sabe qué acoge y qué rechaza para no perderse a sí misma.
En Cáceres, esa lección adquiere una resonancia singular. La muralla nació para proteger, vigilar y fijar un límite. Hoy regresa a la vida pública transformada en espacio visitable, en lección de historia, en arquitectura que habla. La ciudad la recupera para el paseo, la contemplación y la conciencia de su pasado. Pero en ese tránsito no se ha desnaturalizado su sentido, pues sigue defendiendo algo: ya no frente al asedio exterior, sino frente al olvido, la indiferencia y la banalización.
Hay además una afinidad secreta entre Cáceres y esa voz coral llegada de Latinoamérica. Guillén hablaba de comunidad, de herencia y de criterio moral compartido. La muralla cacereña, con su severidad luminosa, parece responder desde Extremadura a esa misma exigencia: una ciudad se define por aquello que decide custodiar.
Restaurar la Torre de la Yerba significa bastante más que consolidar unos muros antiguos. Significa afirmar que Cáceres conserva todavía el sentido de sí misma. Y una ciudad que sabe quién es posee ya su forma más alta de fortaleza.
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