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Barrio a barrio

De la ballena en descomposición al arroz con pollo: anécdotas del Mercantil y la plaza del Doctor Durán de Cáceres

El palacio del Marqués de Monroy, actual sede de la Cámara de Comercio de Cáceres, fue el escenario de la boda de Las Herederas, organizada por el emprendedor Edmundo Cordero en 1931

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M.A.M

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cáceres

En el borde del maravilloso casco histórico de Cáceres se encuentra esta pequeña plaza rodeada por la iglesia de San Juan, alrededor de la cual se realizaban las ferias de ganado y que hoy en día es una de las más populares de la ciudad, por el Palacio de Monroy, actual Cámara Oficial de Comercio e Industria, y por la Casa de los Ovando Espadero, un palacio construido en el siglo XV por los Espadero, pero que en el siglo XVIII pasó a manos de los Ovando. La del Doctor Durán debe su nombre a Leocadio Durán Cantos, insigne médico cacereño, nacido en 1870, que desarrolló toda su actividad profesional en Cáceres. Hijo de familia humilde, su padre era sastre, pero pudo realizar la carrera de medicina en la Universidad Central de Madrid gracias a las ayudas recibidas por parte tanto de la Diputación como del ayuntamiento de su ciudad natal. Una vez terminados sus estudios ejerció como primer secretario del Ilustre Colegio Oficial de Médicos y posteriormente como presidente, hasta su fallecimiento en 1933. También fue director del Hospital Provincial y uno de los más experimentados tocólogos de la capital.

Pese a ser una de las plazas más bellas y recoletas de la capital, durante mucho tiempo fue presa del abandono hasta que la Diputación, que preside Miguel Ángel Morales, decidió aportar fondos para rehabilitarla. Y, así, curiosamente, la institución que costeó los estudios a Durán y le nombró director del centro hospitalario que durante tantos años gestionó, fue la que se ocupó de rehabilitarla con una inversión de 275.000 euros, unas obras que concluyeron en el mes de junio del año 2025. El espacio conecta la plaza de San Juan con la calle Pizarro a través de Sergio Sánchez y Roso de Luna. Precisamente en esa esquina se inicia el recorrido que hoy propone El Periódico Extremadura y lo hace en Las Galliciolas Workshop, que trabajan el cuero de forma artesanal y creativa, utilizando combinaciones de diferentes tipos de piel y tonalidades para crear artículos coloridos y originales.

En Las Galliciolas se ofrecen cursos intensivos de cartera de cuero, de cinturón, de bolso y de artesano invitado. Los cursos de cartera de cuero cuestan 50 euros tres horas, los de cinturón también 50 euros tres horas, los de bolso, 80 euros cuatro horas, y para los de artesano invitado hay que consultar la disciplina y el precio. Todos sus cursos intensivos incluyen materiales, herramientas y piscolabis.

Salgado

Justo al lado, la pescadería de Felipe Salgado, con pescados frescos y congelados y mariscos vivos. No se entiende en Cáceres una buena cena de Reyes sin pescado de los Salgado, la pescadería que fundara Teodomiro Salgado en dos casillas del mercado del Foro de los Balbos, un negocio que con el tiempo pasaría a manos de su nieto, el reconocido Felipe Salgado. El pescado llegaba entonces a Cáceres en tren y se bajaba a la pescadería en carros arrastrados por mulas. Antes pasaba por el Fielato de la Cruz, una especie de aduana municipal donde se revisaba toda la mercancía que entraba a la ciudad. A los dueños de los carros se les llamaba carreros y los más famosos fueron el señor Vicente Gilete y el padre de Victoriano Guillén de la Osa, Victoriano Guillén Guerra.

En esos carros llegaba el pescado al mercado del Foro en torno a las seis de la mañana. Venía en cajas de madera llenas de hielo procedente sobre todo de Punta Umbría y las menos veces de Galicia porque como había que hacer transbordo en Medina del Campo siempre se retrasaba. Jureles, sardinas, toro de mar, pescado de subsistencia en la posguerra hasta que tímidamente llegaron pescadillas negras de Cádiz, o calamares y gambas, que aquello era ya un manjar. Felipe empezó a trabajar a los 13 años. Comenzó en el puesto de la plaza junto a su primo Mirín. Pasó también por el mercado, por Obispo Galarza y ahora mantiene su negocio en San Juan, junto a la Cámara de Comercio.

Felipe vivió, como otros cacereños, una anécdota digna de mención. Siendo un niño, a la plaza de Colón acudía el Teatro Talía, y también muchos circos. Un día, una de esas compañías instaló en mitad de la plaza una barraca con una ballena muerta dentro, que los circenses trataban de mantener sobre el escenario a base de terribles inyecciones. Los pinchazos no impedían que el animal en estado de descomposición desprendiera una insoportable fetidez. Pese al pestazo, los cacereños acudieron en masa a contemplar aquella Moby Dick tristemente venida a menos. Religiosamente pagaban 1 o 2 pesetas (precio que costaban las entradas) y desfilaban por la barraca tapándose las narices con sus pañuelos. Tan popular se hizo la ballena que todo Cáceres repetía: «¿Ya habéis visto la ballena? Pues adiós muy buenas», decía la gente, sin ánimo de repetir tan sobrecogedora experiencia.

La Cámara de Comercio

Junto a Salgado, la casa del marqués de Monroy, sede de la Cámara de Comercio de Cáceres. Se construyó en el siglo XIV pero su nombre le viene del marqués de Monroy, que la hereda en el siglo XIX. Sobre la puerta del dintel resalta el escudo de los Saavedra en mármol entre adornos de granito, todo ello del siglo XVIII. Tiene también una ventana gemela de dos arcos iguales y un precioso patio con pozo.

Plaza del Doctor Durán, donde estuvo la Delegación de Hacienda de Cáceres, hoy sede de la Cámara de Comercio.

Plaza del Doctor Durán, donde estuvo la Delegación de Hacienda de Cáceres, hoy sede de la Cámara de Comercio. / Cedida a El Periódico

El palacio fue luego un colegio de niñas huérfanas. Pero el edificio tuvo más usos. De hecho fue antes de la guerra cuando Edmundo Cordero, un empresario pionero que tenía vacas de leche y que fundó la Central Lechera de la avenida de Alemania (que fue un fracaso porque la cooperativa, de la que también formó parte Domingo Martín-Javato, no funcionó), montó un bar en la calle Sánchez Garrido (la del antiguo Adarve, actual Bos) que se llamaba La Sultana. Edmundo era, a su vez, abastecedor del Círculo de Artesanos, que estaba en la plaza Mayor y al que acudía la clase media de la capital.

Un día le pidieron a Edmundo que organizara una boda muy grande porque se casaba una de la familia de Las Herederas, que era una familia de Cáceres de la que se decía que había recibido una herencia y que sólo podrían disfrutar de ella en vida. Así que Edmundo, en vista de que El Artesanos se quedaba pequeño, echó un vistazo por la plaza del Doctor Durán (que en sus orígenes también se llamó del Sol) y topó con el Palacio del Marqués de Monroy.

El edificio fue un colegio de niñas huérfanas y también sede de la Delegación de Hacienda

En el siglo XIX el Palacio del Marqués de Monroy albergó una posada y luego la Delegación de Hacienda. Edmundo encontró ese palacio vacío, habló con la propiedad y allí organizó la boda de Las Herederas, que fue un exitazo. La casa, situada junto a la hojalatería y la pescadería de Jaime Zaragoza (hoy de los Salgado), tenía unos salones preciosos y un patio alucinante, así que Edmundo decidió establecer allí su negocio y bautizarlo con el nombre de El Mercantil. Era 25 de enero de 1931.

Estando allí, Edmundo, que era muy emprendedor, subarrendó al Ateneo una parte de aquella casa: pensó que el Ateneo era bueno para Cáceres y para el movimiento cultural de la ciudad. Pero el Ateneo duró poco y en el 36, en plena contienda, se dio de baja. Más tarde, socios del Círculo de la Concordia, que entonces era el casino de mayor renombre de la ciudad, contactaron con Edmundo para que le subarrendara parte de la casa. Y así lo hizo Edmundo, que se convirtió en abastecedor de La Concordia, que ahora se llama La Colina y está en el parque del Príncipe.

El palacio se dividía pues en dos partes separadas por una cancela: la cafetería del Mercantil y el Círculo de la Concordia, donde se leía la prensa diaria y en feria se jugaba al bacarrá (o cuando el gobernador lo permitía porque estaba prohibido). En La Concordia se organizaban fiestas de alto copete cuando a los 18 años las señoritas se vestían de largo. En ferias se celebraban tres bailes: la matiné, de una a tres de la tarde, el baile vespertino después de los toros para los hijos de los socios, y el de la noche, con cena y dos orquestas.

Eladia y Abelardo

Eladia, una de las hijas de Edmundo, se casó con Abelardo Martín, que trabajaba como dependiente en Los Muchachos, un comercio de telas de la calle Pintores que regentaba Juan García, que terminó siendo Sederías Oriente, que estaba frente a la zapatería Peña, muy cerca de Las Niñas y La Muñeca.

Abelardo, que fue mayordomo de la Cofradía de la Virgen de la Esperanza, jugaba en el Club Deportivo Las Arenas y era amigo de Terio, el de la sombrerería. Con Eladia se casó en San Juan y lo celebraron en El Mercantil, el lugar donde finalmente él entraría a trabajar. En esas estaba Abelardo cuando un día se comenta en la barra del Mercantil que unos falangistas andaban alardeando de que habían tirado a un hombre por un puente. El gobernador se enteró y fue a ver a Abelardo. «Abelardo, mira, que me han dicho que aquí se ha hablado de unos supuestos abusos cometidos por falangistas. ¿Quiénes andan diciendo esas cosas?». «No lo recuerdo, señor gobernador», respondió Abelardo seguramente haciendo uso del secreto profesional. «Pues te vas a ir unos días al calabozo, Abelardo, para que lo recuerdes», zanjó el gobernador.

Abelardo y Eladia (que tuvo 9 abortos) fueron padres de cuatro hijos: Carlos, María Ángeles, que venía con su melliza que nació muerta, y Esperanza y Abelardo, también mellizos. Abelardo se quedó con El Mercantil tras comprar las 16 porciones en que se dividía el palacio. La familia vivía en la primera planta del edificio, de habitaciones inmensas, techos altos, un salón con un brasero y un pasillo largo que llegaba a Sergio Sánchez y que había que recorrer cada noche para ir a dormir. Los sábados calentaban agua porque tocaba la ducha semanal en un cuarto de baño que tenía bañera. A diario te lavaban las manos, las rodillas y la cara, pero los sábados te bañaban porque al día siguiente ibas a misa y no podías ni ensuciarte ni pecar.

Misa para hombres

En San Juan había misas todas las medias. La primera a las 8.30. Las oficiaban don Julián, y don Manuel Vidal, bueno, y José Luis Cotallo, que daba la misa de hombres y que se llamaba así porque a ella solo iban los varones.

Además del Mercantil, Abelardo pujaba cada año en la Obra Sindical por la caseta de la Ciudad Deportiva, que en la feria de Mayo y en la de San Miguel organizaba unos saraos de no te menees. Por El Mercantil pasaban peñas: la de Luis Nuños Beato, médico, que iba mucho con Infante, médico de garganta, Carlos Acedo, farmacéutico de Pintores, o Benedicto Arias, que era rico.

Los camareros del Mercantil eran Eugenio, Ramón (también trabajaba en el ayuntamiento), Montaña (murió en accidente de moto), y después estaba El Penas, que era el más famoso. Le llamaban así por el latiguillo que siempre soltaba: «Ay que pena, ay que pena». Los clientes le preguntaban: «¿Penas, has ido a misa?» . Y él respondía: «Sí, claro, a las de las 7.30», pese a que las misas empezaban una hora más tarde. Entonces El Penas se agarraba de la cintura y exclamaba: «¡Ay, cómo me duelen los ovarios!» , sin saber que los hombres no tienen ovarios. En El Mercantil, famoso por su arroz con pollo, se celebraban las bodas. Allí se casaron Luisina y Juan Ramón Marchena, los Muriel, los Chacón... A finales de los años 70 Abelardo vendió el palacio a la Cámara de Comercio y lo hizo por tan solo 6.200.000 pesetas.

Otro de los grandes edificios palaciegos de la plaza está en el número 3: la casa de los Obando y Espadero. Los escudos que figuran en su fachada pertenecen al matrimonio formado en el último tercio del siglo XVII por don Gutiérre Antonio Espadero de Saavedra, regidor perpetuo de Cáceres, y doña Francisca Antonia de Obando y Torres, ambos naturales de Cáceres. En sus bajos está Casa Palacio Restaurante Durántres, ejemplo de cómo la gastronomía es un valor al alza en Cáceres

En la plaza del Doctor Durán hay naranjos y huele a azahar y por ella pasean y coquetean las palomas: el palomo lo intenta sin éxito y la paloma alza el vuelo a los pies de una de las puertas traseras de la iglesia de San Juan, una de las parroquias más populosas de la ciudad. Se la llamó antiguamente San Juan de los Ovejeros, porque en la zona se asentaban los ganaderos trashumantes que visitaban la ciudad, cuando se realizaban las ferias de ganado. La iglesia es del siglo XIII pero con profundas reformas en los siglos XIV, XV y XVII. En los años sesenta del siglo XX, se remodeló para devolverle su estilo original, eliminando el retablo y los adornos posteriores.

Existen varias capillas muy interesantes; de entre ellas destaca la capilla de las reliquias que tiene una portada con decoración plateresca con querubines y columnas abalaustradas en los laterales. La reja es del siglo XVI. Está ubicada en un espacio encantador con restaurantes y taperías donde degustar los excelentes productos de la cocina extremeña. Por la mañana, el camión de Danone, que viene de la empresa Valpri de Trujillo, hace su reparto recordando que esta popular marca de yogurt "es una fuente de calcio que ayuda al mantenimiento normal de los huesos".

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