Historias
Fernando, el mecánico que lleva 48 años reparando coches y levantando una vida en San Blas de Cáceres
El veterano mecánico de Cáceres, Fernando Gómez, pone a la venta su taller tras toda una vida dedicado a la mecánica y a su familia
Fernando Gómez, mecánico de Cáceres. / E. P.
Fernando Gómez no habla de su taller como quien habla de un negocio. Lo hace como quien habla de una casa antigua, de una vida entera, de un sitio donde ha pasado casi todo lo importante. Entra y sale gente, suena alguna herramienta, hay coches esperando, fotos familiares, una radio vieja y ese olor reconocible de los talleres de siempre: aceite, hierro, paciencia y muchas horas de trabajo.
El suyo está en la Ronda del Matadero, junto a San Blas, en Cáceres. Se llama Nove, por Noelia y Verónica, sus dos hijas. Pero antes de ser suyo fue de otro. Fernando entró allí el 1 de agosto de 1977, el mismo día en que cumplió 17 años. Entonces el taller pertenecía a Celedonio Vecino Montero, su jefe, al que todavía recuerda con afecto. Desde aquel día han pasado 48 años. Casi medio siglo en el mismo sitio.
Entrar con 17 años
Fernando nació en 1960 y empezó pronto a trabajar. Antes de llegar al taller pasó por la 'Universidad del Madruelo', por Gómez Becerra, donde hizo maestría por las noches, y por las minas con Urbano Meléndez. Tenía 15 años. Eran otros tiempos. En los que la vida adulta empezaba pronto y en los que aprender un oficio era, muchas veces, la manera de abrirse camino.
Fernando Gómez, a la puerta de Talleres Nove. / E. P.
A él le gustaban los coches, pero sobre todo le gustaba trabajar con las manos. "Hacer algo, moverse, no quedarse parado". Esa ha sido su manera de entender la vida. No habla de grandes ambiciones ni de golpes de suerte. Habla de trabajar, de aguantar y de comer gracias a lo que uno sabe hacer.
Un taller y una familia
En 1991 se quedó con el taller en propiedad. Para entonces aquel local ya llevaba décadas abierto. Fernando cree que puede ser uno de los talleres más antiguos de Cáceres en el mismo emplazamiento. Calcula que abrió entre 1965 y 1970. Él llegó después, pero llegó para quedarse.
Allí ha pasado la juventud, la madurez y también el inicio de la jubilación. Porque Fernando ya está jubilado, aunque sigue trabajando. No porque le falten ganas de descansar, sino porque no resulta tan fácil cerrar la puerta de un sitio así. Si lo cierra, pierde la licencia. Y si pierde la licencia, desaparece algo más que un taller.
La vida familiar también ha estado marcada por ese sacrificio. Está casado con María del Pilar Romero y tiene dos hijas, Noelia y Verónica, que ya tienen su vida hecha. También tiene cuatro nietos. Al hablar de ellos aparece la parte más íntima de una vida de oficio: las horas que se fueron en el taller y no volvieron. "Yo me he pasado mucho tiempo en los que solo veía a mis hijas cuando dormían", reconoce. "Había que trabajar todo el día para subsistir, para pagar facturas, para sacar la casa adelante", sentencia.
El futuro que no llega
El taller sigue funcionando. "Hay demasiado trabajo y clientes", admite. El local tiene unos 110 metros, patio trasero, entrarían hasta cuatro puestos de trabajo y una ubicación céntrica. Fernando pide 130.000 euros por él. Dice que no le parece caro: "Quien lo compre se lleva un taller funcionando, con licencia y con historia".
Pero el relevo no aparece. Han preguntado algunas personas, incluso un hombre hispanoamericano y otro interesado de Cáceres, pero de momento no ha salido nada. Sus hijas tienen ya otro camino. No hay continuidad familiar. Y Fernando se mueve en esa espera extraña de quien quiere cerrar una etapa, pero no encuentra la forma limpia de hacerlo.
La despedida pendiente
Cuando imagina el último día, Fernando se quiebra. "El día que yo salga de aquí, me va a costar un disgusto", dice emocionado, con lágrimas brotando de sus ojos. No es extraño. En ese taller entró siendo casi un niño. Allí aprendió un oficio, se hizo adulto, formó una familia, pagó facturas, vio cambiar el barrio, perdió vecinos, ganó clientes y acumuló penas.
Quizá por eso la escena final que imagina tiene algo de película pequeña y verdadera. El día que llegue alguien y compre el taller, Fernando cogerá las fotos de sus nietos y la radio vieja. Nada más. El resto de aparatos y herramientas se quedará ahí. Luego saldrá a la calle y dirá adiós.
Será una despedida sencilla, sin discursos. Pero en esa puerta de la Ronda del Matadero se quedarán 48 años de madrugones, manos manchadas, motores abiertos, cansancio y orgullo. La historia de un hombre que no se hizo rico, pero levantó una vida entera en el mismo taller.