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Barrio a barrio

El farmacéutico de Cáceres al que quiere todo su barrio

La farmacia de Diego Lanchares González en Cáceres se ha convertido en un punto de referencia y apoyo humano para los vecinos, abierto los 365 días del año

Vídeo | Recorrido por la calle Carrera de Cáceres

El Periódico Extremadura

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cáceres

En una ciudad, hay esquinas que no se explican solo por sus calles, sino por las personas que las mantienen vivas. Ocurre en Cáceres, en la calle Carrera, justo en la esquina con San Ignacio y a los pies del puente de San Francisco, donde la farmacia de Diego Lanchares González se ha convertido en mucho más que un punto de dispensación de medicamentos. Es una referencia cotidiana, un lugar de confianza y una puerta abierta para quienes necesitan una respuesta rápida, una recomendación sensata o simplemente una atención humana.

Licenciado en Farmacia, veterinario y escritor, Diego Lanchares González (Sevilla, 16 de noviembre de 1971) representa esa figura esencial del farmacéutico de barrio que conoce a sus vecinos, escucha antes de responder y entiende que la salud también se cuida con cercanía. Su farmacia permanece abierta los 365 días del año, en horario de 09.30 a 22.00 horas, una disponibilidad que cobra especial valor para personas mayores, familias y vecinos que encuentran allí un apoyo constante sin tener que desplazarse lejos.

En un tiempo de prisas, trámites digitales y consultas saturadas, el farmacéutico sigue siendo una de las figuras sanitarias más accesibles. Entra una persona con una duda, con una receta, con un síntoma menor o con la preocupación por un familiar, y al otro lado del mostrador encuentra orientación. Diego Lanchares y su equipo ofrecen ese tipo de atención que no aparece en las estadísticas, pero que sostiene la vida diaria de cualquier barrio: una palabra tranquila, una advertencia a tiempo, un consejo sobre un tratamiento, una ayuda para entender cómo tomar una medicación o cuándo conviene acudir al médico.

Una calle con servicios y tejido social

La farmacia forma parte de una calle Carrera que enlaza con Rosario y Profesor Hernández Pacheco y que conserva una vida muy reconocible. Allí también se encuentra Gráficas Morgado, dedicada a la impresión a color, carteles, publicidad, diseño, libros y flyers, uno de esos negocios que siguen dando servicio a vecinos, asociaciones y pequeñas empresas.

La vía tiene además una fuerte presencia de entidades sociales. En ella están los despachos de la Asociación de Fibrosis Quística, la Asociación Regional de Parkinson, Cocemfe, ACCU Extremadura y la Asociación de Familiares con Ictus en Extremadura, lo que convierte este entorno en un pequeño núcleo de apoyo, cuidado y acompañamiento para muchas personas y familias.

La calle termina en la esquina de Profesor Hernández Pacheco, donde se encuentra la entrada del bar La Chimenea, regentado por Lidia, otro punto de encuentro cotidiano que completa esa mezcla tan de barrio entre salud, comercio, conversación y servicios de proximidad.

El valor de quien está siempre cerca

La importancia de una farmacia como la de Diego Lanchares no reside solo en su amplio horario ni en su ubicación estratégica. Reside, sobre todo, en la confianza. En saber que hay alguien atento detrás del mostrador. Alguien especialmente delicado con las personas mayores, amable en el trato y prudente en el consejo. Alguien que recuerda que, antes que clientes, quienes cruzan la puerta son vecinos.

Por eso, en la calle Carrera, la farmacia no es un negocio más. Es una pieza de equilibrio. Un servicio sanitario, sí, pero también un refugio de proximidad. Uno de esos lugares que explican por qué un barrio funciona: porque hay profesionales que lo cuidan día a día, con discreción, humanidad y constancia.

Y es que durante décadas, el barrio de San Francisco fue uno de los grandes pulmones populares de Cáceres. No era solo un lugar de paso hacia el puente, sino un ecosistema completo, con fábricas, huertas, talleres y viviendas donde convivían varias generaciones bajo un mismo techo. La calle Carrera y el entorno de San Ignacio estaban entonces ligados al trabajo diario: la fábrica de harina de don Antolín, la de Casillas, la de aceite del Rodeo o las huertas próximas a la Ribera marcaban los ritmos de una población obrera que vivía del esfuerzo y de la cercanía. Aquellas industrias no solo daban empleo, también articulaban la vida social: en torno a ellas se hablaba, se negociaba y se sobrevivía.

La vida doméstica del barrio se tejía con historias de puertas abiertas y solidaridad espontánea. En la calle Carrera eran habituales las casas grandes, con cuadras, dos cocinas y animales, como la del señor Francisco Rodríguez Barriga, cuya vivienda se convirtió en refugio improvisado para feriantes, turroneros y artistas de circo durante la Feria de Mayo. En las noches de primavera, las mujeres bajaban con burros a Fuente Fría a por agua y regresaban despacio, sentándose en el puente de San Francisco a contarse chascarrillos mientras los niños corrían sin descanso por Fuente Nueva, Damas o Margallo. El barrio era conversación, calor humano y una red invisible de apoyo mutuo.

También fue un territorio marcado por instituciones que dejaron huella. El Hospicio de San Francisco, situado en el entorno, condicionó la vida de muchas familias, tanto por el trabajo que generaba como por las tragedias personales que allí se fraguaron. Porteros, monjas, médicos y trabajadores convivían con el drama del abandono infantil, en un tiempo en el que la pobreza obligaba a decisiones extremas. A su alrededor crecieron historias de injusticia, silencios forzados y vidas truncadas, pero también de dignidad y resistencia, como la de quienes, expulsados sin explicación, reconstruyeron su hogar precisamente en la calle Carrera.

San Francisco fue además semillero cultural y social. En sus calles vivieron fotógrafos como Andrés Burgos, que inmortalizó durante décadas la vida de Cáceres; familias vinculadas al teatro, la música y el periodismo; y vecinos que hicieron del barrio un cruce constante de gente y acentos. Los bailes en corralones como el del Herradero, las procesiones improvisadas, los comercios de comestibles, las imprentas, los bares y los talleres configuraron un paisaje urbano hoy casi irreconocible. Aquella intensidad explica, en parte, la sensación de vacío actual: no es solo que falten negocios, es que falta la vida que los sostenía.

San Ignacio y Carrera ya no son lo que fueron. Pero mientras sigan abiertos algunos bares y laa vieja imprenta; mientras haya asociaciones que atiendan a quien lo necesita; mientras alguien recuerde cómo era el barrio cuando estaba lleno de vida, estas calles seguirán teniendo algo que contar. Y eso, en tiempos de cierres y olvido, no es poco.

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