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Cáceres del tiempo pasado

Siglos después, la fe cacereña revive ante la amenaza de epidemias

La fe en imágenes como la Virgen de la Montaña o San Sebastián consolida el recuerdo de las devociones populares cacereñas ante las calamidades históricas

Procesión de la Virgen de la Montaña a principios del siglo XX.

Procesión de la Virgen de la Montaña a principios del siglo XX. / Archivo Municipal

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Jorge Rodríguez Velasco

Jorge Rodríguez Velasco

Cáceres

Cuando en el año 1347 los habitantes de la ciudad siciliana de Mesina vieron desembarcar a un grupo de marinos moribundos, nadie podía imaginar que Europa estaba a punto de enfrentarse a la pandemia más devastadora de su historia. Junto a aquellos navegantes genoveses procedentes de Asia llegaron también ratas infectadas de pulgas portadoras del bacilo Yersiniapestis. La picadura de esas pulgas en humanos propició la propagación de la conocida como peste negra, una epidemia que en apenas unos años acabaría con entre el 30 y el 60 % de la población europea y sembraría el continente de miedo, muerte y superstición.

Ocho siglos después, la historia parece empeñada en ofrecernos inquietantes ecos del pasado. Estos días, la noticia del crucero MV Hondius, afectado por un brote de hantavirus y fondeado frente a la isla de Tenerife, ha vuelto a despertar en muchos el nefasto recuerdo del coronavirus. Basta la amenaza de una nueva enfermedad contagiosa para reactivar un temor profundamente arraigado en la memoria colectiva. Porque, desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha vivido bajo la angustia de tres grandes azotes: la guerra, el hambre y las epidemias.

Vídeo | Así ha sido la procesión de bajada de la Virgen de la Montaña

Carlos Gil

Cáceres tampoco escapó a ese miedo. A lo largo de los siglos, nuestra ciudad sufrió brotes epidémicos, sequías y otras calamidades que empujaron a sus habitantes a buscar consuelo en la fe y en la protección de imágenes consideradas milagrosas. Buena parte de lo que hoy conocemos sobre las rogativas y manifestaciones de piedad popular que tuvieron lugar en el Cáceres del siglo XVII se debe al testimonio de un vecino de la villa: Bartolomé Sánchez Rodríguez. Este cacereño del Siglo de Oro dejó escrito un valioso memorial en el que fue anotando, a modo de crónica local, algunos de los acontecimientos más relevantes ocurridos en la ciudad entre 1632 y 1680. Gracias a sus páginas podemos asomarnos al miedo, las esperanzas y las creencias de aquellos cacereños que, ante la peste, la sequía o el riesgo de hambruna, recurrieron a procesiones, novenarios y cultos extraordinarios implorando la protección divina.

Imágenes

Entre las imágenes a las que se encomendaron nuestros antiguos paisanos en aquellos momentos de angustia aparecen algunas de las devociones más importantes de la villa. Bartolomé Sánchez menciona procesiones y cultos extraordinarios presididos por la Virgen de la Montaña, la Virgen de la Concepción, la Virgen del Rosario o la Virgen de Guadalupe del Vaquero. También imágenes de Cristo como Jesús Nazareno, el Santo Crucifijo de Santa María —Cristo Negro— o el Santo Niño de la Congregación, junto a santos especialmente vinculados a la protección ante epidemias y calamidades, como San Sebastián o San Benito.

Una de las referencias más impactantes recogidas por Bartolomé Sánchez corresponde al año 1653, cuando una intensa sequía amenazó las cosechas y el abastecimiento de la villa. Ante la ausencia de lluvias, Cáceres organizó procesiones de rogativa tanto de día como de noche, siendo estas últimas las que, según el cronista, despertaron una mayor devoción.

La primera partió de la iglesia de San Mateo con el Santo Niño de la Congregación. A la luz de cirios y velas, numerosos penitentes recorrieron las calles cargando cruces y cadenas de hierro, algunos con grilletes en los pies y otros disciplinándose públicamente. La noche siguiente salió de Santiago la procesión de Jesús Nazareno junto a la Virgen de la Misericordia y el Cristo de los Milagros. El memorial describe escenas de enorme dramatismo: sacerdotes con coronas de espinas y las caras cubiertas de ceniza, hombres avanzando descalzos o de rodillas y fieles que prolongaban la penitencia hasta bien entrada la madrugada. Uno de ellos, según se relata, recorrió toda la procesión de rodillas, con una cruz a cuestas y una cadena ceñida al cuerpo, terminando su penitencia a las tres de la mañana.

Actos ligados a la mentalidad religiosa

Aquellos actos estaban profundamente ligados a la mentalidad religiosa del momento, que interpretaba las calamidades como un castigo divino ante el que solo cabía implorar misericordia. Y, como no podía faltar en el relato del cronista, las rogativas parecieron surtir efecto: «Fue Dios servido de oír la súplica de sus siervos», escribe Bartolomé Sánchez, recordando que aquel año terminó siendo abundante en lluvias y cosechas.

No todas las rogativas recorrieron las calles de la villa. Algunas imágenes recibieron cultos extraordinarios en el interior de sus templos, como ocurrió con el Santo Crucifijo de Santa María —Cristo Negro—, trasladado en varias ocasiones hasta el altar mayor de la iglesia para celebrar novenarios con los que implorar la llegada de la lluvia.

Otras devociones hoy prácticamente olvidadas tuvieron entonces una enorme importancia entre los cacereños. Es el caso de la hoy desaparecida Virgen de la Concepción, venerada en San Juan y protagonista de numerosas rogativas durante las grandes sequías del siglo XVII. En 1678 la imagen recorrió conventos, parroquias y calles de la villa mientras el pueblo esperaba la llegada de la ansiada agua. En una de aquellas ocasiones, tras varios días de cultos en el desaparecido convento de San Pedro, donde se celebraron misas cantadas durante once días, el cronista anotó con satisfacción que «al cuarto llovió mucho».

Virgen del Rosario

También la Virgen del Rosario, venerada en el convento de Santo Domingo, fue sacada en procesión durante aquellos años de penuria. Pero si hubo un santo especialmente asociado a la protección frente a las epidemias ese fue San Sebastián. Desde la Edad Media, su figura fue invocada en toda Europa contra la peste. En 1679, ante la amenaza de contagio procedente de Andalucía, la imagen del santo fue trasladada solemnemente hasta Santa María en una multitudinaria procesión presidida por el obispo y acompañada por todas las cofradías de la villa.

Junto a San Sebastián, otra de las imágenes más invocadas por los cacereños en tiempos de adversidad fue San Benito. Su ermita, situada extramuros de la villa, se convirtió durante siglos en destino de peregrinaciones y rogativas. La crónica recuerda cómo la imagen fue trasladada hasta Cáceres durante las grandes sequías de 1653 y 1680, movidos los vecinos por la fama milagrosa que rodeaba al santo.

Pero ninguna advocación alcanzó en la ciudad la importancia de la Virgen de la Montaña. Apenas unas décadas después del inicio de su culto, los cacereños acudían ya a ella en momentos de extrema necesidad. En 1665, la llegada a la villa de soldados infectados durante la guerra con Portugal provocó un grave brote de peste del que, según el cronista, murieron más de cuatrocientas personas. Ante esta situación, «y viendo este mal tan maligno, y los vecinos tan asustados, apelaron a la que de todos los conflictos los saca, que es la Virgen de la Montaña. Trájose en procesión general a Santa María y estuvo un novenario; y fue Dios servido, mediante tal intercesora, de aplacar su ira, quitándose del todo dicho mal».

Aquellas rogativas consolidaron la imagen de la Virgen de la Montaña como principal protectora de la ciudad. De hecho, algunas tradiciones actuales encuentran su origen en aquellas antiguas bajadas. Bartolomé Sánchez describe ya en 1679 cómo las autoridades civiles y eclesiásticas acudían hasta Fuente Concejo para recibir a la imagen antes de su entrada en la villa, en una ceremonia cargada de solemnidad y fervor popular.

Acuerdo de la cofradía

La fe depositada en ella queda perfectamente resumida en un acuerdo de la cofradía fechado en 1770, durante otra gran sequía:

(…) Y debemos todos advertir cuan bien paga esta divina señora de la Montaña los servicios que se le hacen, pues nos ha dado agua milagrosamente en esta tan grandísima sequedad como también en todas las anteriores a esta, en las bajadas a esta villa en rogativa por las faltas de agua y por otras muchas necesidades, favoreciéndonos a manos llenas con su divina misericordia. A este modo podemos exclamar los que contemplamos los milagros de la Virgen Santísima de la Montaña, que es amparo en cualquier género de tempestades, pues libra de sus rayos, riega los campos, sacude la langosta y sana en las enfermedades (…).

Y es que la confianza de aquellos hombres en estas rogativas era absoluta. Se creía firmemente en el poder de aquellas oraciones colectivas y por eso los cronistas dejaban constancia cuando llegaba la lluvia o remitía la enfermedad. Vista desde hoy, aquella religiosidad puede parecer lejana, pero tras ella se escondía una realidad profundamente humana: el miedo de una sociedad que, sin recursos científicos ni conocimientos médicos, buscaba consuelo y esperanza frente a los grandes males que la amenazaban.

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