Muros con historia
La casa palacio Paredes-Saavedra: ocho siglos de patrimonio convertidos en lujo silencioso en Cáceres
A pocos metros del hotel restaurante Atrio, esta antigua casa fuerte conserva ocho siglos de historia entre torres desmochadas, ventanas góticas, carpinterías contemporáneas y estancias donde el lujo se expresa desde la calma y el respeto patrimonial
Fotogalería | Un recorrido entre siglos por la Casa Palacio Paredes Saavedra de Atrio en Cáceres / Carlos Gil

La calle Ancha guarda una de esas arquitecturas que no se explican de un solo vistazo. A pocos metros del hotel restaurante Atrio, en pleno corazón monumental, la casa palacio Paredes-Saavedra se levanta como un edificio atravesado por el tiempo. Fue casa fuerte en el siglo XIII, palacio en el XVI y ahora es una extensión silenciosa y singular del universo Atrio: once suites donde la historia no se ha borrado, sino que ha sido incorporada al presente.
La directora del hotel restaurante Atrio, Carmina Márquez, subraya la importancia histórica del inmueble desde su origen. Se trata de una antigua casa fuerte vinculada a la Cáceres medieval que, con el paso de los siglos, fue creciendo hasta adquirir condición palaciega al incorporar casas colindantes. «Todas las casas fuertes tenían sus torres con carácter defensivo, ya que en Cáceres todas las familias estaban a tortas unas con otras en aquella época», detalla Márquez durante el recorrido.
La casa palacio conserva restos de una torre desmochada más antigua, dos ajimeces de granito y ventanales góticos. Aunque su construcción principal se sitúa entre los siglos XV y XVI, el edificio acumula lenguajes arquitectónicos distintos. Ahí están la ventana mudéjar, con parteluz de pizarra, o la ventana gótica enmarcada por un alfiz. También la puerta principal, en arco de medio punto, y la ventana superior, marcadas por grandes dovelas almohadilladas.
Durante la rehabilitación impulsada por Atrio aparecieron vestigios de distintas épocas, desde el siglo XIII hasta la actualidad. La intervención partía además de una exigencia máxima: el edificio contaba con protección integral, lo que obligaba a respetar el conjunto y a incorporar cualquier uso nuevo sin alterar su carácter. La clave ha estado en no imponer una arquitectura sobre otra, sino en permitir que todas dialoguen.
Para Carmina Márquez, lo más sorprendente tras la rehabilitación ha sido comprobar «cómo conviven los diferentes siglos entre sí sin llegar a chirriar». Esa convivencia es una de las grandes singularidades del edificio. La piedra, la madera, las bóvedas, las carpinterías contemporáneas y las obras de arte no compiten entre sí. Se acompañan.
La autoría del proyecto conecta directamente con la historia reciente de Atrio. Luis Moreno Mansilla y Emilio Tuñón fueron los responsables del hotel restaurante Atrio y de la primera ampliación del museo. Mansilla falleció dos años después de terminar el hotel, que fue su última obra. Posteriormente, Carlos Martínez Albornoz, que ya había trabajado con ellos en Atrio y diseñó la bodega, se asoció con Tuñón. Desde entonces, el estudio Tuñón y Albornoz ha asumido proyectos como la casa palacio Paredes-Saavedra y la segunda parte del museo.
La intervención mantiene ese mismo lenguaje: respeto por la materia histórica, precisión contemporánea y una manera muy medida de colocar cada elemento. Uno de los aspectos más llamativos es la carpintería. La decoración comparte el espíritu de Atrio, aunque aquí la ejecución ha exigido un trabajo especialmente minucioso. Los carpinteros han colocado pieza a pieza, como si se tratara de un puzzle, adaptándose a los muros, a los huecos y a las irregularidades propias de una construcción histórica.
Once suites y ningún ruido
La casa palacio Paredes-Saavedra funciona como alojamiento, pero no como hotel al uso. Todos los servicios de restauración para los huéspedes se ofrecen en Atrio, situado a escasos metros. Eso permite que en este edificio no haya recepción, ni bar, ni tránsito constante. «No existe recepción, no hay bar, no hay ruido externo, es como estar en tu casa», explica Carmina Márquez.
Ese silencio es uno de los grandes lujos del espacio. A pesar de estar en pleno casco histórico, la sensación es de calma absoluta, casi doméstica. Las terrazas y ventanas ofrecen vistas privilegiadas de la ciudad monumental, especialmente de la iglesia de San Mateo. La luz natural entra de forma controlada y transforma los espacios a lo largo del día. Hay zonas donde la vegetación trepa por los muros y cambia el ambiente según la estación. n
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