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Aristócratas de la calle

Juan Andrés Alvarado, el veterinario de La Madrila que ha visto crecer a generaciones de mascotas: “Hoy los animales son un miembro más de la familia”

El veterinario, que abrió su clínica en 2003, critica que el sector dependa de Agricultura y no del sistema sanitario, pero reconoce la satisfacción que supone curar a los animales y recibir la gratitud de sus 'tutores'

Galería | Así es Doctor Can, la clínica veterinaria de La Madrila de Cáceres

Galería | Así es Doctor Can, la clínica veterinaria de La Madrila de Cáceres / Pablo Parra

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Cáceres

En el corazón del cacereño barrio de La Madrila, entre calles marcadas por décadas de vida vecinal, ocio nocturno y pequeños comercios, hay una clínica veterinaria que lleva más de veinte años formando parte del paisaje cotidiano del barrio. Detrás de ella está Juan Andrés Alvarado, veterinario de la Clínica Doctor Can y vecino de toda la vida de una zona que conoce desde niño.

Entrar a su clínica es todo un paraíso para los amantes de los animales, sobre todo de los perros, pues es imposible no acabar viendo a algún que otro canino de todos los tamaños y carácteres.

Aunque actualmente ya no reside en La Madrila, mantiene un vínculo constante con la zona a la que se mudó en 1980. De hecho, sus padres siguen viviendo allí y buena parte de su vida personal y profesional continúa ligada a estas calles.

La clínica abrió sus puertas en 2003, cuando decidió instalar el negocio en el mismo entorno en el que había crecido. “Era nuestro barrio de toda la vida”, resume.

Una profesión vocacional

Alvarado lleva cerca de tres décadas dedicado a la veterinaria clínica. Su especialidad principal es la cirugía de tejidos blandos, aunque en la clínica abordan prácticamente todas las áreas relacionadas con la salud de perros y gatos: medicina preventiva, dermatología, digestivo, oncología, vacunaciones o desparasitaciones.

En los últimos años, además, han incorporado técnicas avanzadas como la laparoscopia y la endoscopia, algo que hace apenas unas décadas era impensable en muchas clínicas veterinarias. “Cuando terminé la carrera prácticamente era imposible pensar en tener un ecógrafo o determinados equipos de analítica. Hoy la tecnología ha avanzado muchísimo y se ha democratizado”, explica.

Galería | Así es Doctor Can, la clínica veterinaria de La Madrila de Cáceres

Uno de los quirófanos. / Pablo Parra

La clínica está centrada exclusivamente en perros y gatos, por lo que ver animales exóticos por allí no es una realidad.

Pros y contras

Pero detrás de la técnica y los procedimientos médicos hay una dimensión emocional que considera inseparable de la profesión. Por ello, menciona lo que es para él lo mejor y lo peor de su vocación. “Lo mejor es poder ayudar a un animal que llega mal y verlo recuperarse. Luego está el reconocimiento del dueño cuando te dice que el animal ha quedado fenomenal. Eso es una satisfacción enorme”, cuenta.

Pese a esa satisfacción personal, Juan Andrés cree que la profesión veterinaria continúa estando infravalorada tanto social como institucionalmente. “Nosotros hacemos muchas cosas similares a las que puede hacer un médico, pero socialmente no se nos reconoce igual”, lamenta.

Critica especialmente la situación administrativa del sector veterinario en España, donde las clínicas dependen del ámbito de Agricultura y no del sistema sanitario. “No somos considerados sanitarios y este espacio ni siquiera está catalogado oficialmente como centro sanitario”, afirma mientras señala las instalaciones de la clínica.

También denuncia la falta de reconocimiento económico respecto al volumen de trabajo y responsabilidad que asumen muchos profesionales. “Hay muchísimas horas, urgencias y esfuerzo detrás. Económicamente no está compensado con lo que trabajamos”, explica.

El gran cambio: los animales ya son parte de la familia

Si hay algo que Juan Andrés ha visto transformarse radicalmente en casi treinta años de profesión es la relación entre las personas y sus mascotas. “Cuando yo empecé, mucha gente veía al perro de otra manera. Si enfermaba, muchas veces no se hacía demasiado por él. Hoy eso ha cambiado muchísimo”, asegura.

Actualmente, los propietarios —o “tutores”, como cada vez se denomina más en el sector— muestran una implicación mucho mayor en el bienestar de sus animales. “Ahora invierten tiempo, dinero y preocupación real en su salud. El animal es un conviviente más de la casa y parte de la familia”, explica.

Ese cambio social también ha tenido consecuencias médicas muy visibles: la esperanza de vida de perros y gatos ha aumentado notablemente. “Antes un perro de 12 años ya era muy mayor. Hoy lo normal es ver animales de 14 o 15 años”, afirma.

Sin embargo, Alvarado también advierte de los riesgos de humanizar excesivamente a las mascotas. “No podemos tratarlos como personas. Hay que quererlos muchísimo, pero siendo conscientes de que son animales. No son seres racionales como nosotros”, explica.

Historias que duran generaciones

En una clínica de barrio, el vínculo con los animales y sus familias suele prolongarse durante años. A veces incluso durante generaciones enteras. De hecho, el cirujano recuerda casos de cesáreas en las que ayudaron a nacer cachorros que después siguieron tratando durante toda su vida.

“Hemos tratado a madres, a hijos y luego a nuevas generaciones. El otro día, por ejemplo, tuvimos una cesárea de una gata y probablemente terminaremos siguiendo la vida de ese gatito”, comenta.

La cercanía del barrio también hace que muchos clientes lleguen simplemente por proximidad, aunque otros permanecen fieles incluso después de mudarse. “A veces la gente cambia de barrio y busca un veterinario más cercano. Pero también pasa al revés: personas que se mudan aquí y empiezan a traer a sus animales”, explica.

El caso de La Madrila: entre el cariño vecinal y el deterioro

Más allá de su faceta profesional, Juan Andrés sigue sintiéndose vecino de La Madrila. Y precisamente desde esa doble perspectiva observa con preocupación el deterioro progresivo que, a su juicio, ha sufrido el barrio durante los últimos años. “Es una pena porque está en pleno centro de Cáceres, pero creo que ha sido un barrio muy dejado por las administraciones”, asegura.

La zona es un lugar donde apenas se han visto nacer nuevos negocios. Cuando uno echa la persiana, así queda durante años en la gran mayoría de locales. El suyo, prácticamente en la plaza de Albatros, es de los pocos que no tienen que ver con el ocio nocturno que sigue viento en popa.

Por todos es conocido ese lugar y los numeroso problemas derivados del ocio nocturno: suciedad, pintadas, orines, vómitos o botellas acumuladas durante los fines de semana. La clínica veterinaria no se libra de ello. “Los servicios de limpieza vienen, pero muchas veces solo limpian lo más visible. Hay zonas donde no pasa una manguera nunca”, denuncia.

Galería | Así es Doctor Can, la clínica veterinaria de La Madrila de Cáceres

Pintadas junto a la puerta de la clínica. / Pablo Parra

También señala un problema drástico del barrio que le afecta a él y sus clientes: la falta de aparcamiento. Según comenta, necesitan un lugar para poder aparcar coches esporádicamente para situaciones como traslados de grandes animales. Un carga y descarga como los que tienen los numerosos locales cercanos.

Pese a ello, continúa hablando de La Madrila con la mezcla de afecto y resignación propia de quien ha visto crecer un barrio desde dentro. Un barrio donde Juan Andrés Alvarado no solo ha curado animales durante más de veinte años, sino donde también ha acompañado a cientos de vecinos en una relación cada vez más estrecha con sus mascotas.

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