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¿Qué pasa en Cáceres con los negocios de toda la vida?

La falta de relevo abre una pregunta sobre el futuro de una ciudad que pierde oficios

Vídeo | ¿Qué pasa en Cáceres con los negocios de toda la vida?

Ángel García Collado

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Ángel García Collado

Ángel García Collado

Cáceres

Cáceres tiene persianas que, cuando bajan, hacen más ruido del que parece. Un taller, un bar, una zapatería, una tienda pequeña o una ferretería no son solo negocios. Son lugares donde la ciudad se ha contado a sí misma durante años. Allí se ha pedido fiado, se ha arreglado lo que parecía perdido y alguien sabía tu nombre antes de que dijeras lo que necesitabas.

Por eso conviene mirar con algo más de atención lo que ocurre con los negocios de toda la vida. No todos cierran porque les falte clientela. No todos se apagan porque hayan dejado de funcionar. A veces sucede justo lo contrario: tienen trabajo, tienen clientes, tienen historia y, aun así, no encuentran a nadie que quiera ponerse al frente. El problema ya no es solo resistir. El problema es continuar.

El taller de Fernando, en la Ronda del Matadero, resume bien esa contradicción. No es un local vacío esperando destino. Es un taller con actividad, licencia, ubicación reconocible y casi medio siglo de oficio acumulado. Pero su dueño quiere cerrar una etapa y el relevo no aparece. Hay interés, preguntas, visitas y conversaciones. De momento, nadie da el paso definitivo.

Ahí está una de las preguntas que Cáceres debería hacerse sin nostalgia fácil: ¿por qué cuesta tanto continuar negocios que todavía funcionan? Hay miedo a endeudarse, burocracia, alquileres, incertidumbre y una relación distinta con el trabajo. También hay menos vocaciones de oficio. Durante décadas, muchas familias han salido adelante a base de jornadas interminables, puertas abiertas desde primera hora y vacaciones aplazadas. Aquello levantó casas, pagó estudios y sostuvo barrios enteros, pero no siempre resulta un modelo deseable para quienes vienen detrás.

No se trata de culpar a los jóvenes ni de repetir que antes todo era mejor. Un negocio pequeño exige hoy casi lo mismo que antes, pero ofrece muchas menos certezas. Y cuando alguien mira desde fuera un taller, una tienda o un bar familiar, no ve solo una oportunidad. También ve horas, riesgo, soledad y facturas.

El cierre de estos negocios deja huecos que no siempre se rellenan. A veces llega otra actividad. A veces el escaparate se queda en silencio. Y otras aparece una franquicia, correcta, limpia, intercambiable, igual aquí que en cualquier otra ciudad. No es necesariamente malo. Pero tampoco es lo mismo.

Cáceres perdería mucho si sus calles acabaran pareciéndose demasiado a todas las demás. Lo propio de una ciudad también está en esos comercios que han dado continuidad a los barrios, en los oficios aprendidos sin manual, en los mostradores donde se han cruzado generaciones.

Por eso la despedida de Fernando, cuando llegue, será algo más que una jubilación. Detrás quedarán herramientas, motores abiertos y 48 años de vida. Pero también una pregunta: qué está haciendo Cáceres para que sus negocios de siempre no desaparezcan sin más.

Porque cuando baja una persiana así, no se pierde solo un servicio. Se pierde una forma de estar en la ciudad.

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