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De aquel Cáceres (VIII)

La memoria del Club Deportivo Cacereño: glorias pasadas y la lucha por la permanencia

La crónica narra la pasión de la afición y la historia del club desde 1918, recordando partidos y jugadores que marcaron una época

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Juan de la Cruz

Cáceres

El fútbol representaba uno de los campos de esparcimiento para todos en aquellos tiempos. En la pequeña capital de provincia el Club Deportivo Cacereño, encaramado por lo general en lo alto de la tabla clasificatoria del correspondiente grupo de la Tercera División, se batía el cobre a base de bien, logrando el seguimiento de una afición que se dejaba la voz de aliento y ánimo en la mayoría de los partidos en la Ciudad Deportiva y en el puñado de seguidores que acompañaba al conjunto en los desplazamientos.

También es cierto que la conformación de los grupos dejaba unos difíciles rivales en uno de los grupos del Club Deportivo Cacereño, como es el caso de la Unión Deportiva Salamanca, de a Cultural Leonesa o del Burgos, a nivel nacional, y, también, otros de fuerte rivalidad provincial o regional, como sucedía en todos y cada uno de los encuentros contra la Unión Deportiva Plasencia o el Club Deportivo Badajoz, con sus hinchadas en las gradas. Estos últimos partidos generaban una expectación impresionante por y entre las aficiones, entre pancartas, gritos de ánimo, pitidos, rivalidades, generándose un ambiente de carácter deportivo y presididos, por lo general, por la deportividad convivencial como denominador común, aunque en lo que se refiere a aliento popular, siempre, ganaba y siempre se imponía, claro es, el pulso, el grito y la fuerza de la afición local. Algunas veces, tampoco demasiadas, se incluía tensión y poco más.

Los días previos a un partido de fútbol del C. D. Cacereño en casa ya se incentivaba el partido entre mayores, jóvenes y pequeños, que seguían como fenómenos la marcha del equipo, y cuyo ambiente crecía de día en día. Hasta que ya, en las mañanas dominicales, el eco de ese partido generaba un argumento de gran peso durante el paseo y el aperitivo del mediodía dominical, entre apuestas y pasiones por los colores blanquiverdes que tanto representaban en el panorama argumental de la ciudad y que emocionaban a muchos.

De algún modo los jugadores, nuestros representantes, se conformaban como una especie de talismanes e imanes, reconocidos por todos sus seguidores en las calles, y los más pequeños hasta mirábamos con admiración a aquellos futbolistas que vestían la elástica verde, que representaba ni más ni menos que a Cáceres y hasta el nombre de la ciudad en los resultados de la jornada futbolística y en la clasificación general. Cuando menos por parte de todos los rincones que contaban con un equipo en el mismo grupo.

Ante el partido del Club Deportivo Cacereño en la Ciudad Deportiva

El domingo, día genérico fijado para la celebración del correspondiente partido de liga, el ambiente y el eco de la calle, en medio de los paseos y las chácharas, por el centro de la ciudad, por Pintores, por Cánovas, por los futbolines de Peluca, por las barras de bares como El Sanatorio, Rialto, Leoncio, Amador y otros muchos, en las terrazas del Avenida, en la cafetería La Marina, en el Jamec, en las terrazas del quiosco del Colón o del quiosco de La Música, en el bar el Globo, en Severo, que regía padre del defensa cacereño Bemba, con una excelente cocina y una perdiz esparciendo su cuchicheo por entre la clientela, éramos muchos los que especulábamos sobre la alineación del Club Deportivo Cacereño, la necesidad de la victoria y hasta muchos se atrevían a apostar por el resultado.

De este modo el mediodía del domingo, ante el partido del C. D. en la Ciudad Deportiva era normal saborear vermús con una ración de calamares y tertulias de fútbol, o unas cervezas con un generoso plato de patatas fritas “El Gallo”, marcadamente cacereñas, y parrafadas sobre el partido, con vinos entremezclado con una de prueba de cerdo o unas gambas y dándole a la húmeda con el encuentro que tendría lugar, por lo general, a las cuatro y media de la tarde. Poco a poco se calentaba, pues, el ambiente y, por consiguiente, subía y crecía la intensidad emocional de una especial consideración futbolístico-popular. Cuanto mejor marchaba el equipo cacereño en la tabla clasificatoria, evidentemente más y mejor hinchada y afición.

A medida que se acercaba la hora del encuentro desde la avenida de la Montaña, desde la calle Colón, desde la Ronda del Carmen, desde la calle Antonio Reyes Huertas, se iban acumulando poco a poco los aficionados allá por la Plaza de los Conquistadores; muchos hacían un alto para un café y una parrafada en el bar Béjar, en la calle Colón, de marcado carácter ambiental futbolístico; otros se llegaban desde la Plaza Mayor en aquellos autobuses de morado y amarillo pálido, salvo error en la memoria, que salían a la altura del bar La Parada y, hala, todos al fútbol.

Un rato antes del encuentro Julio Melchor comenzaba con sus anuncios por la megafonía, entre una retahíla de tiendas y comercios por la ciudad de Cáceres, sus ofertas y sus muestras, salpicados de unos segundos de música, mientras se iban ocupando de forma paulatinalas gradas del campo de fútbol de la Ciudad Deportiva, si bien algunos aguardaban hasta última hora en el bar, que se encontraba detrás de la portería, y bajo el marcador. Hasta que, por fin, se abría unos metros el túnel metálico, con el protagonismo de la salida de los jugadores, mientras Julio nos facilitabala alineación de los componentes y jugadores del conjunto visitante, que no nos preocupaba demasiado, y de los jugadores titulares cacereños, que pronunciaba casi de modo silábico, con la entonación debida, alargando la última sílaba de los jugadores locales, por ejemplo, con el número 2, “Ta-teeeee”. Lo que sin dudainducía y generaba el aplauso de apoyo por parte de los aficionados y espectadores. De este modo casi todos estábamos pendientes de todos y cada uno de los once componentes que defenderían los colores del equipo cacereño, respondiendo colectivamente, tras el anuncio del nombre del jugador, con un “bieeeeen” y una salva de ovaciones.

Ya se incentivaban las voces decalor y aliento desde el graderío, preparando y calentando el ambiente, al que nuestros jugadores correspondían desde el círculo central del campo, agradeciendo al cariño como a la confianza que los seguidores cacereños depositaban en sus jugadores.

En cualquiera de esos momentos se gritaba por una voz que se alzaba desde cualquier lugar del campo y a pleno pulmón:

-- Un re-pi-ri-pi-piiiiií….!

Y todos, con la mayor fuerza arrancada de los pulmones, gritaban entusiásticamente:

-- ¡Rá…!

El grito retumbaría, a buen seguro, por todo El Rodeo. Volvía el primero de ellos, como buen director de la orquesta futbolística, a alentarnos con el grito de guerra:

-- ¡Un re-pi-ri-pi-piiií…!

Otra vez todos a desgañitarnos:

-- ¡Rá…!

Y de nuevo, un tercer y último grito del aliento para el equipo blanquiverde del conjunto del Club Deportivo Cacereño, cuyos once jugadores ya andaban calentando motores, y tocando el balón. Aunque en esta ocasión con mucho más impulso y vehemencia: 

-- ¡Un re-pi-ri-pi-piiií…!

Y todos, cargando las pilas de los pulmones, aunábamos la voz coral, y voceábamos con toda la fuerza:

-- ¡Rá, rá, rá…! ¡Alabí, alabá, alabín, bom, bá, Cacereño, Cacereño y nadie más…!

Una ovación colectiva atronaba por todo el campo que, igualmente, a buen seguro, se expandirían por las campas del Rodeo. Nos frotábamos las manos, nos sonreíamos, con cara de optimismo, y, hala, a por el partido.

Ya solo se esperaba el pitido del árbitro y el inicio del encuentro para seguir la película del choque futbolístico, con un apoyo permanente a los jugadores del Cacereño

Aquellos jugadores del Club Deportivo Cacereño

El escritor y periodista siempre gustó del fútbol, desde cuando participaba en un “fío” (partido, en lenguaje infantil de la calle) o cuando nos dábamos cita en aquellas irregulares explanadas del Rodeo. Allí ubicábamos unos montones de pedruscos a modo de porterías, cada quién con su indumentaria personal, los capitanes echaban un pie, para elegir uno a uno a los componentes de su equipo, y, hala, a soñar con emular a aquellos nuestros ídolos, aunque ninguno pasaríamos más allá de aquellas ilusiones de los sueños sabatinos.  

La relación de goles que hemos cantado desde aquellas gradas, como si nos fuera una parte de la vida, o el sufrimiento cuando las galopadas de los delanteros contrarios y dejando atrás a nuestra defensa, solo es comparable al sentimiento de afición que se remonta a aquellos lejanos años. Con la disputa de los partidos una relación inmensa de jugadores y de entrenadores que dejaron grabados su nombre en ese testimonio de su buen hacer cuando estamparon su firma por el Club Deportivo Cacereño posibilitando muchas tardes de aliento y de gloria a la afición y, por tanto, o viceversa, a Cáceres. Aquellos jugadores, que siempre se entregaron a tope y siempre dieron lo mejor de sí, significaban y representaban una simbología y una especia de talismán para todos. Tal cual era y se escenificaba imagen de la ciudad de Cáceres a través de su presencia en la Tercera División del fútbol español.

Mas allá de esas tardes, dejando atrás el campo de la Ciudad Deportiva con cierta afonía y el sabor del fútbol local, avanzábamos hacia la ciudad rememorando las jugadas, los goles. la ingente cantidad de “uy”, cuando los tiros de nuestros delanteros rozaban la portería contraria. También éramos muchos los que aguardábamos a la noche para, a falta de transistores, acercarnos hasta el bar Correos, enfrente, justo, de la faz del león como buzón de la correspondencia, y conocer lo antes posible los resultados de la primera y segunda división, así como la correspondiente a todos los partidos del grupo del Club Deportivo Cacereño, gracias a las tablillas amarillas que colocaba, según se entraba a la izquierda, el ex futbolista Trellas.

Por ahí quedan las crónicas de la hemeroteca periodística, como testimonio de una pasión y de una afición que soñaba con esa imagen de un ascenso, mientras nos impregnaban de emoción a todos los espectadores.

Y si echamos mano de la memoria sacamos a colación toda una larga serie de nombres que están vinculados al sabor, al inmenso sabor del Club Deportivo Cacereño: Escalada, Tate, Valero, Mandés, De Santos, Nandi, Fabio, Palma, Ibarreche, Ribón, Pedrito, Santiago, Moreno Baeza, Vera Palmes, Urruchurtu, Carmelo, Moscoso, Fernández, Navarro, Salva, Adolfo, Epi, Villar, Bemba, Palma, Cantalapiedra, Cela, Olmedo, Borrego, Aragón, Camacho, Borrell, Carrasco, Jaspe, Asenjo, entrenadores como Camilo Lizo Busquets o Pepe Herizt… Así, con un poco de entretenimiento y dándole vueltas al magín del recuerdo, hilvanando nombres, podríamos seguir tirando de ese hilo de un montón años que, ya, quedan atrás, no; muy atrás… Pero que, al tiempo, conforman unas páginas de la historia de Cáceres, hilvanando un recorrido de buenos ratos, que protagonizaban comidillas, charlas, tertulias y debates en el patio de los colegios y centros de enseñanza, como en el Instituto “El Brocense”, en las barras de los bares, en los pasillos de las administraciones, en las tertulias de los mayores, mientras ya se perfilaba el siguiente partido. 

También, claro es, la impaciencia por adquirir el lunes, a primera hora, el semanario “Cáceres”, que tanto bien prestó al deporte y a la actualidad e información cacereña, como lo hacía, ya el lunes por la tarde el periódico “Extremadura”, como cual voceaba la señora Leoncia, ubicada en su emblemático espacio de la plaza de San Juan, delante de “Mirón” y “Pozas”.

"Los 7 magníficos": El nombre de una pancarta a los jugadores del Club Deportivo Cacereño

En los anales de la historia del Club Deportivo Cacereño y de quienes seguimos en aquellos tiempos todos los partidos, guardamos en la memoria aquel encuentro, con fecha 1 de marzo de 1964, entre el Club Deportivo Cacereño y el Club Deportivo Badajoz, que trajo consigo a unos centenares de aficionados, con sus pancartas. Un partido de aquellos tiempos, Club Deportivo Cacereño y Club Deportivo Badajoz, de la máxima rivalidad, con el campo repleto de aficionados. Un encuentro que agrió todo lo que pudo y más la descarada parcialidad del árbitro, que desgarró el partido con su manifiesta e indigna hostilidad contra el conjunto local, provocando una tensión y una bronca descomunal con sus arbitrariasy perturbadoras decisiones, perjudicando severamente al conjunto blanquiverde, que estaba arrollador desde el comienzo del encuentro. Pero el árbitro, un tal García Camarero, convertido en un jugador más del Badajoz, provocó todo lo que pudo y más.

Una pésima actuación arbitral, en poco más de media hora de partido, que culminaba con un gol del Badajozen un escandaloso fuera de juego de los pacenses, de un montón de metros, pero que subió al marcador por el criterio fantasmal del árbitro. De esta forma el partido se detuvo en medio de una marejada de protestas desde el graderío, silbidos locales, insultos al árbitro, de inmenso cabreo por parte de los jugadores titulares cacereños, de la directiva, mientras el árbitro expulsaba a un puñado de jugadores. Algo inenarrable. Hasta el punto de que un jugador de la talla del delantero local Ibarreche, no pudo contenerse ante tanta animadversión arbitral, que procedió a arrearle un par de cates a García Camarero, que dirigía el partido, en medio de una más que tensa discusión a la altura del túnel de vestuarios. Como consecuencia se procedió en esos momentos a la suspensión del partido con la expulsión de seis jugadores, cuatro del Club Deportivo Cacereño, Borrego, Fabio, Santiago e Ibarreche, y dos del Badajoz.

El partido se reanudó escasos días después. Sobre Cáceres llovía a manta de Dios, pero las gradas se llenaron como nunca, porque la hinchada futbolística y todo Cáceres, ante el agravio arbitral, se volcó con su equipo. Una respuesta extraordinaria ante un complejo partido de cincuenta y tres minutos. El Club Deportivo Cacereño saltaba al campo con tan solo siete jugadores, y el defensa Tate, nuestro querido Tate, de portero, por primera vez en su vida; el Badajoz, contaba con nueve jugadores en el césped. Mucha diferencia, pues. Con el reinicio continuidad del encuentro, el marcador registraba un 2-1 a favor del conjunto local. Un panorama, pues, complicado.

Así, pues, todo hacía prever lo peor. Incluido el inconveniente de cómo atizaba y arreciaba con extrema fuerza la lluvia en aquel campo, aún, de tierra, donde avanzar con el balón pareciera más tarea de héroes en su lucha contra el barro, además de la superioridad numérica adversario. La lluvia era impetuosa. Una nube inmensa de paraguas. Pero el coraje, el entusiasmo, el esfuerzo, el ambiente y el empuje de la afición se entremezcló con el equipo, y viceversa, se posibilitó un gran partido por parte de nuestros jugadores, un puñado de héroes, bajo aquella pancarta gigante y anónima de la afición que se desplegó al principio del partido en la que se leía: “¡Vivan los 7 magníficos!”. Una pancarta y un grito de coraje, por parte de esa afición en comunión con sus jugadores. Al final, un empate a tres dejó constancia del genio y la capacidad de superación de los jugadores cacereños.

El Club Polideportivo Cacereño lucha por seguir en su categoría

La larga e intensa trayectoria del Club Deportivo Cacereño, ahora denominado Club Polideportivo Cacereño, continúa adelante en el transcurso del tiempo, temporada a temporada desde que un día, allá por el año 1918 se fundara el mismo, siendo decano del fútbol en la región extremeña.

Un equipo que en estos dos últimos partidos que quedan pendientes para la finalización de la actual competición liguera tiene que volcarse en sus respectivos encuentros para salvar la categoría actual en la que milita. ¡Aúpa. Cacereño…!

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