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Aristócratas de la calle

El Riti, el guardián de la plaza de toros de Cáceres: "Manolo Bejarano se merece un monumento en su ciudad"

Carlos Iglesias lleva casi cuatro décadas trabajando en el ayuntamiento y catorce años cuidando la plaza de toros Era de los Mártires, un lugar al que llegó sin venir del toro y que ha terminado convirtiendo en su casa. Ha visto crecer y ha ayudado a jóvenes toreros que ya son toda una realidad como Julio Méndez, David Gutiérrez o Darío Romero

Vídeo | Testimonio de El Riti, el guardián de la plaza de toros de Cáceres

El Periódico Extremadura

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Ángel García Collado

Ángel García Collado

Cáceres

A Carlos Iglesias no hace falta presentarlo demasiado en Cáceres. Basta con decir «El Riti» para que la ciudad sepa de quién se habla. El apodo le viene de lejos, casi como una herencia oral que ha ido pasando de generación en generación hasta quedarse pegada a él con la naturalidad de las cosas antiguas. «Desde mi tatarabuelo», cuenta. Y lo dice sin solemnidad, como quien explica una dirección de toda la vida o recuerda el nombre de una calle que nunca ha cambiado: «A mi tatarabuelo le abandonaron y le criaron en el Hospicio. Allí estaba siempre con Sor Rita, por eso todo el mundo le conocía como El Riti. Nosotros hemos ido heredándolo con mucho orgullo».

Nació en Cáceres hace 62 años. De aquí eran sus familiares por parte de padre; por la rama materna asoma Villa del Rey, pero su biografía, su acento y su manera de estar pertenecen por completo a esta ciudad. Fue alumno del Prácticas, pasó después por el ‘25 Años de Paz’, en el barrio de El Carneril, y dejó de estudiar pronto, cuando la infancia de muchos duraba menos que ahora. A los 13 años ya estaba detrás de un mostrador en una ferretería de la calle Moret. Luego vino la albañilería, los cursos del paro, los tajos, las empresas y esa juventud en la que uno aprende antes a ganarse el jornal que a entender del todo la vida.

Matrimonio y a trabajar

A los 18 años se casó con Antonia Pacheco. Y fue ella, precisamente, quien le abrió la puerta del ayuntamiento sin saber que también le estaba trazando el camino de las siguientes cuatro décadas. Se enteró de que salían plazas para la Brigada de Obras, pagó la solicitud (mil pesetas) y él pensó que aquel dinero se había perdido. Se presentaron 760 aspirantes para nueve puestos. Primero llegó el cribado médico, después el examen, y al final apareció su nombre entre los elegidos. Tenía 23 años.

Emilio de Justo le brindó un toro en la feria de 2024, un gesto muy especial para El Riti

Antes de convertirse en el conserje de la plaza de toros, Carlos Iglesias conoció Cáceres desde un lugar donde casi nadie mira: por debajo. Durante 25 años trabajó en saneamiento, en la red de alcantarillado, junto a Marcelino Pérez Sandoval, conocido como «El Topo». Habla de él con respeto de discípulo. Aquello no era un oficio amable. Pozos profundos, galerías estrechas, botellas de aire, malas posturas, humedad, peso, riesgo y una dureza que el cuerpo termina cobrando. Le salieron hernias, pasó por operaciones y la última avería seria fue en las cervicales. Entonces entendió que no podía seguir bajando a las entrañas de la ciudad. Pidió al consistorio otro destino, algo menos áspero. Había quedado vacante la plaza de toros Era de los Mártires. Lo mandaron allí. Era 2012.

Un lugar complicado

No llegó a un lugar cómodo. Era a un edificio en mal estado. «Esto estaba bien en ruina, muy abandonado», recuerda. Nadie le entregó un manual. Nadie le explicó con detalle qué debía hacer. Así que hizo lo que había hecho siempre: mirar, medir, tocar pared, pensar con las manos. Se inventó el puesto. Adecentó pasillos, recuperó bóvedas, dio uso a dependencias olvidadas y tiró de gente del PER para ir cambiándole la cara al coso.

Su día a día consiste en que nada falle. Que las puertas abran, que las cerraduras no se agarroten, que los corrales respondan, que el ruedo esté preparado, que las dependencias tengan orden, que quien entre encuentre un espacio digno. Durante años ha sido casi el único punto fijo en mitad de una plaza que se activa con los toros, los entrenamientos, los conciertos y los montajes. Cuando alguien llega, pregunta por él. «Riti por aquí, Riti por allí», resume con ese humor seco de quien ha terminado acostumbrándose al ruido.

Alejado de la tauromaquia

Y, sin embargo, Carlos no venía del toro. Su familia es flamenca y su hijo, conocido como El Niño de la Isla, ha hecho de la guitarra una segunda forma de vida, acompañando a artistas como Tamara Alegre. A los toros iba alguna vez con su mujer, más por el ambiente que por conocimiento. Aplaudía cuando aplaudía el tendido. Sacaba el pañuelo si lo sacaban los demás. Lo cuenta riéndose, sin impostura, como quien confiesa que llegó a este mundo por la puerta lateral. Después aprendió. Escuchando. Viendo. Dejándose rozar por una liturgia que al principio le era ajena y que terminó convirtiéndose en parte de su paisaje diario.

En esa plaza también nació una escuela taurina sin grandes recursos, empujada por Manolo Bejarano y sostenida, en buena medida, por la presencia de Carlos. Bejarano enseñaba. El Riti abría, cerraba, cuidaba, vigilaba y asumía la responsabilidad de que aquellos niños pudieran entrenar. Si había que organizar algo para pagar unas becerras, se hacía. Fueron seis años a pulmón, con más voluntad que presupuesto. «A Manolo Bejarano tenían que hacerle un monumento en Cáceres», reconoce.

Jóvenes que son una realidad

Por allí pasaron chavales que hoy ya no son solo recuerdos. Carlos menciona a Julio Méndez, a Darío Romero y David Gutiérrez (que en unos días van a debutar en la plaza), muchachos que de pequeños le pedían que les arreglara una espada y que ahora caminan hacia plazas mayores. «Nunca me iba a imaginar que los iba a ver toreando aquí», admite. En su voz no hay vanidad, pero sí una satisfacción tranquila. La de quien sabe que ha estado en la base, en ese lugar invisible desde el que también se levantan las carreras.

Con Emilio de Justo ha vivido algo parecido, aunque a otra escala. Le abrió la plaza, le facilitó entrenar, le dio confianza para sentirse allí como en casa. Carlos cree mucho en eso: en no estorbar, en no cortar las ganas, en permitir que quien viene a trabajar encuentre un sitio amable. En 2024, Emilio le brindó un toro en Cáceres. Fue su manera de agradecerle todos esos años de llaves, ruedo y puertas abiertas. Para El Riti, aquel gesto tuvo el peso de las cosas que no se olvidan.

La jubilación asoma

Ahora la jubilación asoma como una sombra todavía lejana. Podría irse pronto. Tiene edad, años cotizados y una vida entera en la casa. Pero no lo ve claro. «Lo malo es que no quieren que me jubile», bromea. Los chavales se inquietan solo con oír la palabra. Y él, en el fondo, tampoco parece saber qué haría lejos de esas paredes.

Carlos Iglesias no ha sido torero, ni empresario, ni maestro. Pero la Era de los Mártires sería otra sin él. Es el hombre que abre antes de que lleguen los demás y cierra cuando ya se ha apagado el eco. El que engrasa, barre, revisa, espera, escucha y guarda. El que ha conocido la ciudad por debajo y ahora la cuida desde un ruedo con 180 años de historia. Todo Cáceres le llama «El Riti». En la plaza, ese nombre suena a llave, a memoria y a casa.

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