Obituario
Luto y dolor en Cáceres y en el Gran Teatro por la muerte del bueno de Ramón Castela
La familia Castela, conocida por su legado en la carpintería y su arraigo en Cáceres, lamenta la partida de Ramón, un hombre de gran corazón

Ramón Castela Osuna. / Cedida a El Periódico

Pocos se van de esta vida llevándose bajo el brazo el título honorífico de buena persona. Una de ellos es, sin duda, Ramón Castela Osuna. 62 años. Se nos ha ido. Y su voz sigue retumbando en el Gran Teatro junto a la de su inseparable hermano Antonio. Cuántos escenarios montaron y desmontaron, cuántas alegrías nos daba Castela. Su alegría, su talante, su talento, su educación, sus buenas maneras. Te veía y te decía: "Amigoooooo, ¿cómo estás?". Y te daba un abrazo de esos gigantes, porque Ramón era así: un cacereño de corazón, de los que dejan huella.
La bombonera cacereña está de luto. Y el barrio de las Casas Baratas también. Ramón era hijo de otro de los grandes: Ramón Castela Expósito, casado con María. Fueron padres de cinco hijos, el pequeño Ramón, el pequeño Antonio, Manolo, Francisco Javier y Montaña. Las Casas Baratas alumbraron a esta gran familia. El patriarca dedicó su vida a la carpintería en Cáceres tras abandonar la carretera y el transporte. Era, como sus hijos, un auténtico artesano, amante de la familia, de los toros, del Cáceres que llevaba dentro y que supo inculcar como valor a toda su prole.
Era inolvidable aquella carpintería de la calle Independencia, en la que Ramón y Antonio aprendieron el oficio. Un taller donde olía a madera y a serrín. Lamentan profundamente su adiós sus hermanos, sus cuñados José Manuel, Antonia, Toñi y Ana, sus sobrinos, sus amigos... Y todos recuerdan su alegría y la alegría del padre, del primer Castela, aquel que estudió en El Perejil y La Montaña, que condujo camiones de pescado desde Algeciras y pasó años en la carretera hasta que, según siempre nos solía contar en las tertulias, "el achuchón" y la angina de pecho le obligaron a dejar aquella vida para regresar definitivamente a la carpintería.
El templo
El pequeño negocio en las Casas Baratas era mucho más que un espacio de trabajo. Allí convivían bancos de carpintero con décadas de historia, herramientas antiguas y paredes cubiertas de carteles taurinos y fotografías. Entre las piezas que más apreciaban los Castela se encontraba una garlopa centenaria que, según explicaba Ramón Castela padre, le regalaron cuando tenía apenas 15 años. También conservaba muebles antiguos, viejos útiles de carpintería y numerosos recuerdos familiares que contribuían a dibujar el retrato de un hombre profundamente ligado a la memoria popular de Cáceres.
En aquel lugar, donde Ramón hijo se fogueó en el oficio, no olvidamos las fotografías colgadas de la pared en las que aparecía su padre junto a toreros como El Cordobés y Palomo Linares, la pasión que el patriarca sentía por el ciclismo, por el fútbol y el baloncesto. Se nos ha ido Ramón Castela Osuna, amante de hacer kilómetros a lomos de su moto y que desde hace años era tramoyista de los palacios de congresos, que lo fue igualmente del Auditorio de Cáceres, o de los Festivales de Teatro Clásico de Cáceres y de Alcántara y muchas veces de los carnavales de Mérida, cuando se hacían en el palacio de Congresos de la capital extremeña.
La capilla ardiente quedó instalada el pasado jueves en el tanatorio San Pedro de Alcántara y la misa funeral tuvo lugar este viernes, 22 de mayo de 2026, a las once de la mañana, en el mismo tanatorio. Su adiós, tan rápido, tan repentino, tan para muchos de nosotros inesperado, nos vuelve a dar la peor bofetada, la señal inequívoca de la brevedad de la vida. Descansa en paz, vuela alto, querido Castela. La tramoya no para de llorar. Tempus fugit.
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