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Cohesión vecinal

La hostelería que hace que los barrios no se apaguen en Cáceres: "Aquí siempre hay vida"

Establecimientos como Los Palacios, Las Cancelas o Zalacaín funcionan como puntos de reunión y refugio cotidiano para vecinos de toda la vida, familias y clientes de paso en una ciudad cada vez más volcada hacia sus principales zonas de ocio

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Carlos Gil

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Gonzalo Lillo

Gonzalo Lillo

Cáceres

A media mañana, el ruido de las cucharillas contra las tazas marca el ritmo en muchos bares de barrio. No hace falta mirar el reloj: la vida vecinal se reconoce en esos gestos pequeños. En la barra, alguien pide el café de siempre; en una mesa, varios clientes comentan el partido del fin de semana mientras toman unas cervezas; al fondo, una persona entra, saluda y se sienta donde acostumbra. Más que un lugar donde consumir, el bar funciona como una prolongación de la calle.

En Cáceres, esa escena se repite lejos de los principales focos de ocio. Mientras el centro y el casco antiguo concentran buena parte del ambiente de fin de semana, los bares de barrio sostienen una vida más discreta y cotidiana. No tienen la visibilidad de las grandes terrazas ni el tránsito turístico, pero cumplen una función esencial: ofrecen un lugar cercano, reconocible y asequible donde los vecinos pueden quedarse sin tener que desplazarse y contribuyen a que la vida vecinal se apague.

Punto de encuentro

En Llopis Ivorra, Beatriz Infante lleva tres años al frente del bar Los Palacios, aunque su relación con la zona viene de mucho antes. Ha trabajado en otros establecimientos del entorno y conoce bien la dinámica de un barrio tradicionalmente asociado a una población mayor, pero por el que también pasan nuevos residentes, familias vinculadas a los colegios cercanos y clientes que llegan desde otros puntos de Cáceres.

El equipo del bar Los Palacios, en el interior del local.

El equipo del bar Los Palacios, en el interior del local. / Carlos Gil

En esa mezcla, el establecimiento ha terminado ocupando un papel como punto de reunión. No todos entran solo para consumir y marcharse. Muchos se quedan, conversan y forman parte de una rutina que termina dando movimiento a la calle. "A la mayoría de clientes los conozco por el nombre", resume la propietaria.

Esa cercanía es una de las claves de la hostelería de barrio: el cliente no es anónimo y el local tampoco funciona como un espacio indiferente. De ahí que Beatriz sea tan contundente cuando imagina qué supondría su cierre: "Esto se quedaría muerto", afirma con rotundidad.

Fachada de Los Palacios, un punto de reunión en Llopis Ivorra.

Fachada de Los Palacios, un punto de reunión en Llopis Ivorra. / Carlos Gil

Barras con historia

En la plaza de Italia, Las Cancelas pertenece a otra generación de bares: la de los establecimientos que han visto cambiar la ciudad desde la misma esquina. Francisco Vázquez, dueño del local, recuerda que el bar permanece abierto desde 1967 y que por allí ha pasado una clientela muy variada. Algunos acuden a tomar algo y también hay quien simplemente pasa un rato en un espacio que siente cercano. "Hay gente que viene a ver fútbol y a lo mejor ni consume", reconoce.

La frase resume bien el papel que todavía conservan muchos bares de barrio. No son solo negocios donde se despachan cafés, cañas y se sirven aperitivos generosos, sino lugares compartidos en los que a veces basta con sentarse, mirar la televisión, comentar el partido o coincidir con caras conocidas.

Francisco Vázquez, dueño de Las Cancelas, tras la barra del establecimiento.

Francisco Vázquez, dueño de Las Cancelas, tras la barra del establecimiento. / Carlos Gil

La clientela, admite Francisco, ha evolucionado con el paso de los años. Ahora se mueve de una forma "más acelerada", con menos tiempo y otros ritmos de vida. Aun así, Las Cancelas mantiene su papel como referencia en el entorno.

Al imaginar un futuro con la persiana bajada, su responsable prefiere no sobredimensionar el peso del local. "El barrio seguiría, porque es más importante que el bar", admite. Pero su siguiente frase deja claro que no sería un cierre cualquiera para el vecindario: "A mucha gente no le gustaría", subraya.

Clientes en la terraza de Las Cancelas.

Clientes en la terraza de Las Cancelas. / Carlos Gil

Rutina compartida

La misma función se repite, con otros ritmos, en zonas residenciales como Nuevo Cáceres. Allí, el bar Zalacaín ha construido su propio arraigo durante la última década, apoyado en una clientela amplia y en una actividad que se reparte a lo largo de toda la jornada. Ricardo Rodríguez, su propietario, explica que el pasado mes de abril cumplieron el décimo aniversario al frente del negocio "y la verdad es que estamos muy asentados en la zona", señala.

Por el local pasan personas de distintas edades y en distintos momentos del día, desde quienes acuden a desayunar hasta quienes se quedan a comer o cenar. “Tenemos gente de todas las edades. Vienen padres, vienen sus hijos también, porque somos muy homogéneos”, explica. Esa continuidad durante toda la jornada ha convertido el bar en un espacio de encuentro dentro de la barriada.

Ricardo Rodríguez, responsable del bar Zalacaín.

Ricardo Rodríguez, responsable del bar Zalacaín. / Carlos Gil

Zalacaín no se nutre solo de vecinos de Nuevo Cáceres. También recibe clientes de otros puntos de la ciudad y de zonas cercanas como Casa Plata. Para Ricardo, esa capacidad de atracción tiene que ver con la propia oferta del entorno. "Hay muchos negocios de hostelería en el barrio que funcionan bastante bien", destaca.

Esa diversidad, con terrazas amplias y locales más pequeños como el suyo, ofrece alternativas sin necesidad de desplazarse siempre al centro. En su caso, la apuesta no pasa tanto por ofertas vinculadas a la cerveza, sino por una propuesta muy asentada en los desayunos.

Zalacaín ha cumplido diez años como punto de encuentro en Nuevo Cáceres.

Zalacaín ha cumplido diez años como punto de encuentro en Nuevo Cáceres. / Carlos Gil

Una fórmula que, según explica, ha calado entre la clientela y refuerza esa idea de bar de rutina diaria, de parada reconocible y de vida cerca de casa. En esos encuentros cotidianos, estos locales mantienen una parte de la ciudad encendida. No salvan por sí solos los barrios, pero ayudan a que sigan siendo algo más que un lugar donde dormir.

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