Latinos en Cáceres
Yajaira Rosa, la peruana que llegó a Cáceres y no ha parado de reinventarse: "La vida me llevó por un camino que nunca había planeado"
Yajaira Rosa, originaria de Lima, encontró el amor en Salamanca y decidió establecerse en Cáceres, donde desarrolló su carrera profesional

Yajaira Rosa, la peruana que llegó a Cáceres y no ha parado de reinventarse. / Ángel García Collado

Hay historias que parecen escritas con tiralíneas. La de Yajaira Rosa no es una de ellas. La suya ha ido tomando forma a base de giros inesperados, decisiones valientes y miles de kilómetros recorridos. Nació en Lima, estudió Ingeniería Pesquera y Alimentaria en Perú, cruzó el Atlántico para seguir formándose en España, encontró el amor en Salamanca junto a un joven húngaro y acabó instalándose en Cáceres.
A sus 31 años, Yajaira recuerda con cariño su vida en la capital peruana. Allí comenzó estudios mientras disfrutaba de una rutina universitaria que poco tenía que ver con la imagen que muchas veces se proyecta de Latinoamérica. "Mi vida era estudiar y estar con mis amigos", resume.
Su llegada a España se produjo en 2017. Tenía familiares en el país y decidió aprovechar la oportunidad para continuar su formación. Primero pasó por Valencia y Málaga. Más tarde estudió Nutrición en Salamanca y posteriormente se especializó como protésica dental en la ciudad charra. Su intención inicial era desarrollar una carrera relacionada con sus estudios, pero la vida tenía otros planes.
Un amor inesperado y una ciudad para quedarse
Fue en Salamanca donde conoció al que hoy es su pareja. La historia tiene algo de novela contemporánea: una joven peruana y un joven húngaro que se encuentran lejos de sus países de origen y terminan construyendo un proyecto común en Extremadura. Cuando llegó el momento de decidir dónde vivir, valoraron varias opciones. Mérida, Plasencia o Cáceres estaban sobre la mesa. Finalmente eligieron la capital cacereña. "Me gusta más Cáceres", explica con sencillez Yajaira.
Aquí comenzó una nueva etapa marcada por la búsqueda de empleo como protésica dental. Sin embargo, paralelamente fue cobrando fuerza una afición que la acompañaba desde la infancia. Porque mucho antes de los títulos universitarios y los cambios de país, ya había una niña en Lima que pasaba las tardes dibujando diseños sobre uñas de plástico.
La afición que venía de la infancia
Mientras otros niños jugaban en la calle, Yajaira pedía a su madre revistas y manuales sobre decoración de uñas. Con palillos de dientes improvisaba dibujos, puntos y líneas. Era un entretenimiento que parecía pasajero, pero que nunca desapareció. Incluso durante la universidad seguía cuidando sus uñas con especial dedicación. Profesores y compañeros le preguntaban por qué siempre las llevaba impecables. Ella simplemente sonreía.
Aquella afición permaneció latente durante años hasta que, ya instalada en Cáceres, decidió convertirla en una profesión. Hace tres años abrió su propio negocio en el centro de la ciudad. "Las cosas funcionan porque se trabaja", afirma convencida cuando le preguntan por el éxito de su proyecto.
La aventura más extraña: viajar a Bielorrusia para aprender
Su afán por seguir aprendiendo la ha llevado incluso a recorrer media Europa. Una de las experiencias más sorprendentes la vivió hace poco más de un año, cuando decidió viajar a Bielorrusia para formarse y ampliar conocimientos. El viaje no fue sencillo. Recuerda especialmente la sensación de extrañeza al cruzar la frontera y comprobar las diferencias con la vida cotidiana en España. Aun así, considera que aquella experiencia le permitió crecer tanto profesional como personalmente. También estuvo antes en Ucrania, antes del estallido de los ataques rusos: "En Europa del Este, las uñas se trabajan de otra manera", sentencia.
Porque si algo define a Yajaira es la curiosidad. La misma que la empujó a dejar Perú siendo muy joven y que todavía hoy la lleva a buscar nuevos conocimientos.
La distancia y el precio de empezar de nuevo
Desde que salió de Lima apenas ha podido regresar. La pandemia frustró varios intentos de volver y el tiempo ha seguido pasando lejos de los suyos. Echa de menos a su padre, a su abuela, a sus amigos y también la comida de su país. Sin embargo, cuando mira atrás no parece arrepentirse.
Nunca imaginó que acabaría dedicándose al mundo de las uñas. Tampoco que tendría un negocio propio ni que llegaría a contratar a otra persona. Pero reconoce que, en algún momento del camino, empezó a sentir que aquel podía ser su lugar. Quizá por eso, cuando habla de futuro, no menciona grandes planes empresariales ni cifras. Habla de seguir creciendo, de continuar aprendiendo y, si las cosas marchan bien, de poder ofrecer oportunidades a otras personas.
La niña que dibujaba sobre uñas de plástico en Lima acabó encontrando su sitio en Cáceres. A veces los caminos más improbables son precisamente los que terminan llevándonos a casa.
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