El espacio del lector
La carta de Diego, Emma y Alejandro, tres jóvenes de Garrovillas (Cáceres), tras el inolvidable mensaje del Papa
Los jóvenes de Garrovillas de Alconétar relatan la emotiva experiencia vivida durante la visita del Papa León XIV a Madrid
Emma, Diego y Alejandro
Somos Diego, Emma y Alejandro, y queremos compartir con todos vosotros, vecinos, amigos y familia de nuestra parroquia de Garrovillas de Alconétar, lo que hemos vivido en estos días tan especiales. Hemos tenido la inmensa suerte de viajar a Madrid para participar en la visita del Papa León XIV y de poder haberlo tenido a escasos metros de nosotros, representando a los jóvenes de nuestra parroquia. Y lo primero que nos nace es dar las gracias.
Gracias a nuestro párroco y amigo, D. Martín, porque sin él nada de esto habría sido posible. Gracias por confiar en nosotros, por impulsarnos y por acompañarnos siempre. También queremos agradecer de corazón a la Pastoral de Juventud de nuestra diócesis de Coria-Cáceres. Desde el primer momento nos acogieron como unos más, con cercanía, con alegría, haciéndonos sentir en casa. Nos llevamos algo muy bonito: descubrir que hay muchos jóvenes como nosotros, con ganas de creer, de compartir, de vivir la fe. Y saber que la Pastoral está ahí, abierta a cualquier joven de nuestros pueblos, con actividades, encuentros y un lugar donde sentirse acompañado.
Durante nuestra estancia en Madrid, dormimos en el Colegio de Nuestra Señora de la Paz, donde fuimos acogidos de una forma increíble por sus párrocos y voluntarios. Pequeños gestos que dicen mucho y que nos hicieron sentir cuidados en todo momento. Una de las cosas que más nos marcó fue poder escuchar al Papa directamente, en nuestro propio idioma. No hizo falta traducción, no hubo distancia. Sus palabras salían de su boca y llegaban directamente a nuestro corazón. Y eso hizo que todo se viera con mucha más fuerza, como si nos hablara a cada uno personalmente.
Pero si hay algo que nos llevamos grabados para siempre fue en la Vigilia de los jóvenes en la plaza de Lima. Más de 500.000 personas… y un silencio impresionante. Un silencio real, profundo, lleno de oración durante la exposición del Santísimo. En un mundo donde todo va tan rápido, donde los jóvenes vivimos con tanta presión –estudios, trabajo, futuro, preocupaciones constantes-, allí entendimos algo muy importante: para escuchar a Dios hay que parar. Hay que hacer silencio. Porque en ese silencio llegan respuestas, consuelo y paz. Y a la vez, esa vigilia fue también una fiesta. Porque la fe no es solo rezar en silencio, también es alegría, es compartir, es celebrar. Recordamos con mucha emoción cuanto todos juntos cantábamos “El Único Rey” del grupo Hakuna: “Y es que no hay nadie como Tú...”, “Mi vida es para Ti...” Imaginaros: miles y miles de jóvenes cantando, abrazados unos a otros, sintiendo lo mismo, unidos por algo tan grande como el amor de Dios. Fue un momento difícil de explicar, pero imposible de olvidar.
El testimonio
También nos impactó mucho el testimonio de una chica que compartió su historia. Desde pequeña se le había alejado de Dios porque en su familia habían vivido la muerte de un hermano pequeño y dejaron de creer. Pero años después, tras perder a un amigo, volvió a encontrar la fe. Necesitaba creer que la muerte no es el final, que su amigo, al que consideraba una buena persona, seguía en un lugar mejor. Su historia nos recordó que incluso en el dolor, Dios sigue ahí, esperando, sosteniendo, dando sentido.
Para Emma y Diego, que se casan en unos meses, fue especialmente importante el momento en el que el Papa habló del matrimonio y bendijo a los futuros matrimonios. Sentir esa bendición fue como recibir una confirmación, un respaldo. Como saber que el camino que están a punto de comenzar es bueno, que formar una familia es también una vocación, un camino de amor querido por Dios. También nos quedó grabado su mensaje en Cibeles: “Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”. Estas palabras nos interpelan directamente. No basta con creer, hay que vivir lo que creemos. No podemos separar la fe de nuestras acciones. El Cristo que adoramos es el mismo que se hace presente en el pobre, en el que sufre, en el que está solo. Como dijo el Papa: “El Cristo que pasa por las calles en la custodia es el mismo que se identifica con los pobres, los abatidos, los que están solos y desamparados”.
También nos dijo: “También nosotros estamos llamados a estar presentes en las situaciones y en los desafíos de la sociedad, a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien común”. Es una llamada clara, especialmente para nosotros los jóvenes: no quedarnos al margen, no vivir una fe cómoda, sino implicarnos, ayudar, estar cerca de quien lo necesita, a construir el bien común, a ser luz en medio de la sociedad. Nos llevamos también una idea muy importante: la Iglesia necesita a los jóvenes. Pero no como espectadores, sino como protagonistas.
Como dijo el Papa, la religiosidad histórica de España no puede quedarse como un museo del pasado, sino que debe ser una escuela de fe viva. Una fe que se viva, que se comparta, que se transmita. Hemos vuelto a Garrovillas y Cáceres con el corazón lleno. Con una sensación muy fuerte de que Dios está con nosotros, de que nos acompaña y de que nos anima a seguir adelante, incluso cuando las cosas no son fáciles.
Esa bendición del Papa la sentimos como un impulso, como una fuerza para seguir caminando y confiando, incluso en medio de las dificultades. Y queremos terminar con un mensaje para todos, especialmente para los jóvenes de nuestro pueblo: No tengáis miedo para parar. No tengáis miedo del silencio. No tengáis miedo de buscar a Dios. Porque en Él encontramos respuestas. En Él están las respuestas, la paz y la alegría que el mundo no puede dar. Miremos al futuro con esperanza. Sigamos construyendo entre todos una Iglesia más cercana, más viva, más acogedora. Una iglesia donde todos tengan sitio. Y que nunca olvidemos estas palabras que desde estos días resuenan en nuestros corazones: “¡Buscad siempre la verdad! ¡Dios es verdad! ¡Si te lleva lejos de Dios, no es verdad! ¡No lo olvidéis!”.
Con cariño y gratitud, Diego, Emma y Alejandro.
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