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Descifrando la realidad

Domingo Barbolla, sociólogo de Cáceres: "El Santo Padre en el Parlamento nos recuerda lo que somos como aspiración"

El líder de la Iglesia Católica visita Madrid para conectar con los ciudadanos y reflexionar sobre los valores que sustentan la convivencia social

El papa hace historia en el Congreso de los Diputados

Sara Fernández

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Ángel García Collado

Ángel García Collado

Cáceres

En estos días nos visita el Santo Padre, cabeza de la Iglesia y del testamento vivo de Jesucristo. Madrid ha sido el primer encuentro con la fe de nuestro pueblo, lo hizo con los jóvenes, con los desfavorecidos, con los representantes de la cultura y de la sociedad civil para, finalmente, dirigirse al Parlamento en sus dos representaciones: el Congreso y el Senado. Siete minutos de ovación al finalizar su discurso aplaudidos por todos, por casi todos hasta el final de ese histórico tiempo. Cabe preguntarnos el porqué de tal entusiasmo en una representación laica de la ciudadanía española.

Intentaré explicarlo. El Papa no es tan sólo un jefe de estado más es, sobre todo, la representación espiritual de lo que subyace en el convivir humano de nuestra civilización, es la expresión meta política que organiza y dirige nuesta cultura, es la expresión de nuestros máximos anhelos, es el fundamento que organiza nuestra realidad como seres humanos creadores de nuestra realidad. En términos antropológicos sería el deber ser, la aspiración máxima a la que podemos aspirar como grupo humano en nuestra necesaria convivencia en sociedad. Los aplausos son ese inconsciente desde el que nace nuestro ser social, nuestro fundamento en la moral, en la ética compartida desde la que nace todo aquello que deseamos: paz, justicia, solidaridad, libertad, amor, esperanza.

Si bien no todos estos valores se llegan a vivir en totalidad, sí es el lugar al que aspiramos, de ahí que el Santo Padre nos lo recuerde como ese despertar necesario en el que ya estamos fundamentados. Nos recuerda cual es nuestro horizonte, hacia dónde nos tenemos que dirigir en lo que ya somos. Algunos buscan veredas, caminos apartados de lo común y prefieren sus idiomas locales, sus miedos ancestrales a no llegar y ver al otro como enemigo, o sus propias identidades apartadas del sustrato que las alimenta. Más allá de esas pequeñas anécdotas de algunos de nuestros representantes en la gestión de lo común, los demás, todos podemos decir, reconocen que ese señor de blanco es sus mismas aspiraciones y profundos deseos y en ese espacio compartido reconocen en sus aplausos lo que él y ello representa. Un todo que siendo nuestro necesitamos verlo en el rostro de un hombre concreto: en el Santo Padre hoy mismo.

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