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Muros con historia

La casa de la Duquesa de Valencia, la joya que Cáceres guarda a la vista de todos

El palacio, situado junto a la plaza de los Golfines, conserva una portada renacentista del siglo XVI y los escudos de antiguos linajes cacereños. Tras una profunda reforma, hoy forma parte de la actividad administrativa de la Diputación Provincial

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Gonzalo Lillo

Gonzalo Lillo

Cáceres

Hay puertas que cuentan más de lo que parece. La de la casa de la Duquesa de Valencia sigue siendo una de esas entradas que conectan la Cáceres actual con la ciudad nobiliaria que se levantó entre palacios, linajes y símbolos de poder. Su arco dovelado y los escudos de antiguos propietarios todavía recuerdan el peso de las grandes viviendas en el casco histórico.

La ubicación privilegiada también ayuda a entender su importancia. Situada en la plaza de los Golfines, contigua a la casa de los Moraga y a un paso de Santa María, se integra en uno de los puntos más reconocibles del conjunto monumental. En ese entorno, la casa no se impone a primera vista, pero su presencia refuerza el valor de uno de los rincones más representativos de la ciudad.

Herencia nobiliaria

Su fachada puede pasar más desapercibida entre la riqueza monumental que la rodea, pero guarda claves suficientes para detener la mirada. La portada renacentista del siglo XVI, con el arco formado por dovelas bien visibles, continúa funcionando como puerta de entrada a otra época. Sobre ella aparecen los escudos de los Portocarrero y los Golfín, una forma de identificación que en la Cáceres histórica era algo más que una simple ornamentación: servían para identificar a los propietarios, mostraban su linaje y reflejaban su lugar dentro del orden social.

El inmueble perteneció a una rama segundona de los Golfines, la de los Golfín Toledo, y su historia acabó vinculada a los Duques de Valencia a finales del siglo XIX. Ese paso se produjo a través del matrimonio de María Luisa Pérez de Guzmán el Bueno, hija de los condes de Torre Arias, con José Narváez, III duque de Valencia. Desde entonces, quedó asociado a ese título nobiliario y mantuvo durante décadas un uso residencial.

La casa estuvo habitada hasta los años sesenta del siglo pasado por la Duquesa de Valencia, de ahí el nombre con el que se conoce actualmente, una referencia que la conecta con una memoria mucho más cercana que la de sus piedras renacentistas.

La intimidad del palacio

Puertas adentro, el edificio conserva una lectura más íntima que la que se percibe desde fuera. El acceso conduce hacia un interior encalado, de muros blancos, arcos de piedra y lámparas colgantes. Como ocurre en buena parte de la arquitectura doméstica nobiliaria, el interior se articula en torno a un patio. En este caso, un patio irregular de dos alturas que actúa como eje de la construcción y recuerda que estas casas no se entendían únicamente desde la fachada, sino también desde una forma de habitar marcada por el tránsito y la convivencia.

Las grandes columnas, las galerías superiores y las barandillas de granito mantienen el equilibrio entre sobriedad, sombra y recogimiento tan propio de la arquitectura señorial.

A su alrededor se abren puertas, ventanas y pasos que hoy comunican con dependencias administrativas, aunque la presencia de la vegetación, la madera, la rejería y la piedra suaviza el uso institucional actual y permiten reconocer, detrás de las oficinas, la memoria de una residencia pensada para ser habitada. No todo remite ya a la época nobiliaria, pero todavía se percibe una organización doméstica, hecha de recorridos, estancias y miradas hacia el centro de la casa.

Patrimonio en uso

Ese carácter doméstico convive hoy con una función muy distinta. El palacio pertenece a la Diputación de Cáceres, que, tras una profunda remodelación, ha instalado en algunas de sus estancias áreas de trabajo vinculadas a servicios técnicos y al ámbito jurídico. De esta forma, se ha transformado en un espacio administrativo integrado en la actividad diaria de la institución provincial.

La conversión de este histórico inmueble plantea una cuestión frecuente en el casco antiguo: cómo dar nueva vida al patrimonio sin borrar aquello que lo hizo reconocible. La casa de la Duquesa de Valencia ya no cumple la función para la que fue concebida, pero tampoco ha quedado vacía ni reducida a una pieza inmóvil dentro del conjunto monumental. Ha cambiado de habitantes, de uso y de relación con la ciudad, aunque conserva en la portada, en el patio y en sus detalles de piedra los restos visibles de su pasado.

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