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Crítica

José Manuel Villafaina, sobre el Clásico de Cáceres: Excelentes funciones de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y de Els Joglars

Escena de ‘La vengadora de las mujeres’, una de las obras del Festival de Teatro Clásico de Cáceres

Escena de ‘La vengadora de las mujeres’, una de las obras del Festival de Teatro Clásico de Cáceres / Cedida

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José Manuel Villafaina

José Manuel Villafaina

Cáceres

Hay festivales que programan espectáculos y hay festivales que construyen una identidad cultural. Este Festival de Teatro Clásico de Cáceres se ha consolidado como la cita escénica de mayor prestigio en Extremadura, gracias al rigor de su organización y a la calidad de una programación que no ha dejado de crecer.

La renovación emprendida durante la dirección de Silvia González (2015-2023), ha encontrado continuidad con Marisa Caldera, cuya potente edición XXXVII reúne destacadas compañías y una cuidada oferta de actividades paralelas. En esta página me detendré en dos de los espectáculos más sobresalientes.

'La vengadora de las mujeres': Cuando Lope de Vega se adelanta cuatro siglos

Hay clásicos que envejecen con dignidad y otros que parecen escritos para el mañana. 'La vengadora de las mujeres' pertenece a esa rara estirpe de obras que sorprende al comprobar cómo una comedia escrita hace más de cuatro siglos sigue interpelándonos con una lucidez que muchos textos contemporáneos apenas alcanzan.

En esta espléndida obra de madurez, Lope de Vega despliega un verso de extraordinaria musicalidad, una impecable arquitectura teatral y unos personajes llenos de vida. Pero, además, imagina una sociedad donde las mujeres reclaman el lugar que la historia les había negado. Lo hace sin discursos grandilocuentes, únicamente con la inteligencia y la belleza del teatro.

Laura, princesa de Bohemia, es mucho más que la protagonista de una comedia de enredos. Culta, lúcida y dueña de su destino, convierte la escuela que funda en un símbolo de libertad y conocimiento. Lope parece recordarnos, con cuatro siglos de anticipación, que la inteligencia nunca ha entendido de géneros.

Y, sin embargo, jamás sacrifica el placer del espectáculo en favor de la idea. Aquí conviven la reflexión y la risa, la crítica social y el juego amoroso, los disfraces y los equívocos. El amor irrumpe como un viento inesperado que desordena las certezas y obliga incluso a los personajes más firmes a replantearse sus convicciones.

La adaptación de Alfonso Plou y María L. Insausti, realizada para Teatro del Temple en coproducción con la Compañía Nacional de Teatro Clásico, comprende con admirable inteligencia que los clásicos no necesitan ser actualizados, sino escuchados. La dramaturgia conserva intacta la esencia de Lope mientras ilumina matices que el paso del tiempo había relegado a un discreto segundo plano.

La dirección de Carlos Martín demuestra un profundo respeto por el verso y una clara sensibilidad escénica que acerca al espectador mediante un montaje ágil, elegante y lleno de ritmo. La acertada ambientación en los años veinte del siglo pasado establece un sutil paralelismo con el despertar de las reivindicaciones femeninas, sin convertir la propuesta en una lectura forzada. Todo fluye con la ligereza de quien sabe que la mejor modernidad consiste en dejar hablar al clásico.

En las actuaciones, brilla Silvia de Pé, que compone una Laura de extraordinaria riqueza interpretativa. Su presencia escénica combina firmeza y delicadeza, inteligencia y emoción, construyendo un personaje tan convincente como humano. Frente a ella, igualmente brilla con gran autoridad escénica José Vicente Moirón dando vida a un Lisardo lleno de elegancia y verdad. Alejado del héroe convencional, entiende que amar no consiste en conquistar, sino en aprender a mirar al otro desde el respeto. Entre ambos nace una complicidad escénica de admirable naturalidad. El resto del elenco —Gabriel Moreno, Héctor Carballo, Xavi Caudevilla, Nacho Rubio, Chavi Bruna, Lorena Verdún e Itziar Miranda— completa un sólido trabajo coral donde la comicidad, el ritmo y el rigor interpretativo sostienen la función con excelente equilibrio.

Sorprende que una comedia escrita en plena Contrarreforma aborde con tanta naturalidad la educación femenina, la igualdad entre hombres y mujeres o la libertad de amar. ‘La vengadora de las mujeres’ ha regresado aquí para recordarnos que los clásicos siguen dialogando con nosotros.

Un 'retablo de las maravillas' donde seguimos mirándonos

Hay clásicos que se representan y otros que se revelan. Este 'Retablo de las maravillas' pertenece a los segundos. Cervantes escribió un entremés sobre el engaño colectivo; Albert Boadella lo rescata cuatro siglos después para recordarnos que la credulidad sigue siendo una de las grandes pasiones humanas. Cambian las épocas, cambian los disfraces, pero permanece intacto el temor a reconocer, delante de los demás, que uno no ve aquello que todos aseguran contemplar.

Los intérpretes de ‘El retablo de las maravillas’, durante la función.

Los intérpretes de ‘El retablo de las maravillas’, durante la función. / Cedida

La dramaturgia y dirección de Boadella vuelven a demostrar que el teatro puede ser un ejercicio de inteligencia sin renunciar al humor. Su mirada convierte el texto cervantino en una sátira de nuestro tiempo, donde los nuevos retablos adoptan la forma de dogmas, modas pasajeras o verdades aceptadas sin discusión. Porque el verdadero protagonista de la obra no es el embaucador, sino quien prefiere fingir antes que admitir que no ve nada. Esa pequeña cobardía, tan antigua como el ser humano, sigue respirando entre nosotros bajo disfraces contemporáneos: discursos incuestionables, certezas repetidas hasta convertirse en consigna o entusiasmos colectivos donde nadie desea ser el primero en discrepar.

Hay algo profundamente hermoso en este diálogo entre Cervantes y Boadella. Más que una adaptación, parece una conversación sostenida a través de los siglos. El escritor observa desde el XVII; el director responde desde el XXI. Ambos coinciden en una verdad tan incómoda como divertida: cambian los decorados, cambian los trajes, pero el ser humano continúa representando la misma comedia. Nada resulta gratuito; cada escena está construida con la precisión de un reloj y el ritmo no concede tregua a la distracción.

Los siete magníficos del elenco de Els Joglars —Ramón Fonseré, Pilar Sáenz, Dolors Tuneu, Javier Villena, Bruno López, Rafa Blanca y Pep Muñoz— sostienen la representación con un admirable trabajo coral. Aquí no existen protagonismos individuales, sino un conjunto perfectamente ensamblado en el que cada actor, a través de sus múltiples desdoblamientos, aporta una pieza imprescindible. Los personajes, más cercanos al símbolo que al retrato psicológico, encarnan las eternas debilidades humanas: la vanidad, la obediencia, el miedo al ridículo o la necesidad de pertenecer al grupo. El gesto, la expresión corporal y una impecable vis cómica convierten cada escena en un pequeño prodigio de precisión teatral. El público ríe, pero pronto descubre que esa carcajada también habla de él.

La puesta en escena responde a la elegancia sobria que siempre ha distinguido a la compañía. Sin excesos ni artificios innecesarios, la escenografía deja el espacio justo para que la imaginación complete lo invisible; la iluminación acompaña con discreción el desarrollo dramático; el vestuario dialoga con el espíritu cervantino y con la Commedia dell’arte sin renunciar a lo actual, mientras la música actúa como un hilo invisible que enlaza las escenas y sostiene su respiración. Todo contribuye a que la palabra, el cuerpo y la sátira convivan en un equilibrio de admirable naturalidad.

Con este montaje, Els Joglars celebra 65 años de trayectoria, fiel a una forma de entender el teatro como espejo incómodo de la sociedad. Al concluir la función, el público abandonaba las gradas de la plaza de San Jorge con la satisfacción que deja la buena comedia, pero también con una duda difícil de acallar. Porque quizá el verdadero retablo estaba en la vida cotidiana. Y la mayor maravilla consista, todavía hoy, en encontrar a alguien capaz de romper el hechizo y decir, con la serenidad de los hombres libres: "Yo no veo nada". Porque es justamente en ese instante cuando termina la representación y comienza el ejercicio de la conciencia.

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