Barrio a barrio
Cáceres tuvo su Segundo Requeté: esta es la historia de Higinia
La empresaria cacereña comenzó vendiendo dulces caseros en el palacio de la Isla para mantener a sus seis hijos tras enviudar

M. A. M

Higinia Gutiérrez llegó a Cáceres tras casarse con un maestro de obras apellidado Remedios, procedente de Brozas. La pareja se instaló en el palacio de la Isla, cuando aquel edificio, hoy vinculado a la memoria cultural de la ciudad, estaba dividido en viviendas de alquiler donde convivían varias familias. Allí residían, entre otros, los Bravo, uno de cuyos miembros fue fotógrafo de El Periódico Extremadura, y los Casares, relacionados con una funeraria. Aquel palacio no era todavía un espacio institucional, sino una casa grande, habitada, viva y llena de historias domésticas.
El marido de Higinia murió pronto. A ella, mujer "echada palante", no le quedó más remedio que buscarse el jornal para sacar adelante a sus seis hijos: David, Gregorio, Juana, Eliodora, Elia y Santiaga. Entre las pocas opciones que ofrecía la época, eligió una que conocía bien: vender dulces caseros. Los hacía en aquel palacio de habitaciones grandiosas, donde la planta baja se reservaba para bailes organizados por los propietarios. Los de Carnaval tenían fama en Cáceres. Acudía mucha gente y en La Isla abundaban los baúles repletos de trajes, prohibidos para los niños desde que uno de ellos encontró un violín y casi lo destroza.
También estaban prohibidos los barreños donde Higinia guardaba sus dulces, almacenados debajo de las camas. Los vendía en casa, en el mercado del Foro de los Balbos, por la plaza e incluso de forma ambulante. Aquella primera actividad, sencilla y dura, fue el origen de una historia familiar de comercio, trabajo y supervivencia.
El negocio de los dulces prosperó, pero Higinia no se conformó. En un momento en el que Cáceres tenía poca oferta hotelera, se hizo una pregunta que cambió el rumbo familiar: por qué no abrir una pensión en aquel palacio.
A los pocos meses, la Pensión La Isla era ya una realidad. Higinia mantenía una buena relación con Antonio Álvarez, dueño del hotel Álvarez, y ese vínculo resultó decisivo. Cuando su establecimiento se llenaba, Antonio enviaba a La Isla viajantes y representantes que llegaban a una ciudad donde, salvo el Álvarez, el Jamec o el Castilla, escaseaban los hoteles.
La intuición comercial de Higinia era poco habitual para la época. Entendió que el negocio podía crecer, pero también que cualquier día podían abandonar el palacio. Por eso empezó a buscar una finca en Cánovas. A punto estuvo de comprar el local de Ordiales, aunque finalmente, por prudencia económica, se quedó con un edificio en Obispo Segura Sáez.
Estaba situado entre el actual Triángulo (el Acuario de toda la vida) y la casa de Valeriano Martín, conocido salchichero cacereño, y junto a don Eulogio Mogollón, representante de tejidos muy famoso en la ciudad. En uno de los pisos de aquel inmueble vivía de alquiler Eugenio González Pérez, interventor de la Diputación y padre de Talo, jugador de fútbol.
El edificio tenía dos plantas y allí Higinia refundó su pensión, enfrente de un terreno aún sin edificar al que llamaban El Campino, donde los muchachos jugaban al balón. Ya mayor, siguió gestionando el negocio con ayuda de sus hijas.
Gregorio, Prudencia y el café que atraía a los médicos
Mientras la pensión continuaba, uno de los hijos de Higinia, Gregorio Remedios Gutiérrez, empezó a trabajar como dependiente en la ferretería de los Sobrinos de Gabino Díez, en la calle Pintores. Aquella vía reunía parte de la actividad comercial de la ciudad: la ferretería de Abad, los tejidos de El Paraíso, el bar Molano con sus tencas y la célebre dulcería La Estila.
Cuando los Sobrinos de Gabino Díez se separaron y nació la tienda de Patricio Fernández, los tres dependientes más antiguos, Gregorio Remedios, Rosado y Gutiérrez, pasaron al nuevo negocio. La ferretería se instaló en San Pedro, donde estuvo La Meca de los Pantalones, aunque a Gregorio lo destinaron a la Cruz, donde se encontraba el almacén.
Gregorio se casó con Prudencia Alonso Galeano, llegada de Monroy. Ella había trabajado en la casa de don Julián Murillo, médico, en la plaza Mayor, sobre la Farmacia del Quebrao, y allí se convirtió en una magnífica cocinera. Gregorio y Prudencia se conocieron en un baile del palacio de la Isla.
Tuvieron seis hijos: Ángel, Andrés, José María, Gregorio, Francisco y María del Carmen. Vivieron primero en la calle San José, después en Peña Redonda, en uno de los chalets de los Sánchez, frente a un terreno donde estaba Tabacalera, con entrada por la calle Nueva.
Hasta aquella casa acudía todas las mañanas don Julián Murillo en su coche negro. "Prudencia, que vengo a tomarme el café", decía. No era el único que cayó rendido ante aquella cafetera. Con los años, don Emilio Cardenal, otro médico casado con una hija de don Julián, adoptó la misma costumbre y pasó también a tomar el café de Prudencia.
Peña Redonda era entonces un barrio castizo y familiar. Vivían allí el señor Larrúa y la señora Catalina, el señor Gazapo, el señor Rico, vinculado a la oficina de Campillo, Chevi, relacionado con las grúas, y el taller de Plá, donde se arreglaban motos y coches. En unos almacenes que daban a la calle Diana se instaló la primera sucursal de Cerveza El Gavilán, donde los muchachos organizaban bailes hasta que la policía los echó y los mandó a hacer puñetas.
La última etapa de la pensión
La Pensión La Isla siguió funcionando como un pequeño hotel familiar. Las hijas de Higinia la regentaban, pero pensaron que Prudencia era la persona idónea para continuar el negocio. Tenía dotes culinarias, trato cordial y una manera afable de recibir a quienes pasaban por allí.
Prudencia gestionó la pensión hasta que su delicada salud la obligó a traspasarla. La asumió Paquita, familiar de Pedro Borrega, del ayuntamiento, y trabajadora durante muchos años en el Toledo de la plaza Mayor, propiedad de don Amadeo de San Eugenio Pavo. Paquita fue la última persona que llevó aquella pensión antes de su cierre.
Pero la memoria de los Remedios no quedó ligada solo a La Isla. Su nombre acabaría asociado a otro negocio, uno que los cacereños bautizaron a su manera y que se hizo popular por vender telas a precios económicos.
El origen del Segundo Requeté
El germen de El Segundo Requeté estuvo en Ignacio García Polo, casado con Elia, una de las hermanas de Gregorio. Ignacio trabajaba junto a Marcelino Galán Arias en Los Muchachos, una tienda de tejidos de la calle Pintores situada cerca de la zapatería de Martín, de los tejidos de Juan García y enfrente de Lux.
Un día, ambos dependientes decidieron dejar aquella tienda y abrir una propia en el mismo edificio de Lux. Mantuvieron el negocio durante años, hasta que los dos socios se separaron. A Ignacio le correspondieron muchas telas y entonces apareció de nuevo el carácter familiar heredado de Higinia.
Elia, su mujer, buscó un local cercano a San Juan para instalar el nuevo negocio. Supo que don Valentín Acha, que tuvo una pastelería por San Pedro, alquilaba un local con entrada por la calle Parras. Elia fue al ayuntamiento para intentar que le dieran acceso por Felipe Uribarri, frente al bar El Norte, y lo consiguió.
A la tienda le pusieron por nombre Tejidos García Polo. Empezó con tres empleados: Elia, Ignacio y Gregorio, uno de los sobrinos, que entró con solo 13 años. El negocio funcionó pronto. Después se incorporó Francisco, otro sobrino, que trabajaba en Gozalo, frente al estanco del Pica. Más tarde llegó Andrés, también sobrino, tras terminar el servicio militar en Madrid.
Andrés Remedios se casó con Guadalupe Lasso Romero, hija de Francisco Lasso, cuya familia tenía la cerrajería en las naves de Aldea Moret. La vida familiar y laboral seguía cruzándose en cada esquina. Ángel, hermano de Andrés, llevaba la contabilidad de la fábrica de chocolates que don José María Campillo Iglesias tenía en Hernán Cortés. Una noche pidió ayuda a Andrés y, al terminar la jornada, este se encontró con Guadalupe, que vivía por el 18 de julio. Tuvieron tres hijos: José Ángel, Javier y Andrés.
Tan barato como El Requeté
La tienda de Felipe Uribarri avanzaba, pero Elia quería clientela. Todas las mañanas se colocaba en San Juan y, cuando veía pasar a la gente que llegaba de los pueblos, les decía: "Entren a esa tienda, que vende tan barato como El Requeté".
El Requeté, del señor Getulio Hernández, estaba en Cánovas y era conocido por sus telas de bajo coste y sus bobinas de hilo baratas. A sus puertas se formaban largas colas. Como la tienda de Elia e Ignacio apostó por precios parecidos, Cáceres no tardó en rebautizar aquel comercio como El Segundo Requeté.
El nombre cuajó más que el oficial. Todo artículo que entraba en el negocio se vendía bien. Por allí pasaban representantes de mucha categoría, como Julio Pulido, don Miguel Castro, Eulogio Mogollón o Enrique Polo. Era un comercio popular, de esos que formaban parte de la vida diaria antes de que las grandes cadenas cambiaran para siempre la manera de comprar.
Andrés Remedios aprobó unas oposiciones de Telefónica y dejó la tienda. En ella siguieron Gregorio y Francisco, ya con el nombre de Tejidos Remedios, aunque para los cacereños continuó siendo El Segundo Requeté.
El negocio cerró con el nuevo siglo. Detrás quedaba una larga historia de esfuerzo que había empezado mucho antes, cuando Higinia Gutiérrez, viuda y madre de seis hijos, decidió vender dulces en el palacio de La Concepción. Aquel lugar de habitaciones enormes, disfraces de Carnaval y violines prohibidos acabó siendo el primer escenario de una saga familiar que cosió, con dulces, pensión y telas, una parte de la memoria comercial de Cáceres.
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