Barrio a barrio
Jabato en Cáceres se escribe con 'b'
El emblemático comercio de Cáceres, fundado en el siglo XIX, evolucionó desde una bodega hasta convertirse en un autoservicio pionero en la ciudad

M. A. M

Hubo un tiempo en que comprar no consistía en recorrerte los pasillos de una gran superficie comercial ante decenas de cajas que a través de la inteligencia artificial te hacen esperar número y apenas guardar colas. Antes, comprar era pedir, esperar, fiar, charlar y volver si se te había olvidado el perejil o la sal. En esa ciudad de mostradores, aceite a granel y café recién molido, Jabato ocupó una esquina principal de la memoria de Cáceres: la de la calle Pintores con la plaza Mayor.
La historia de este emblemático local arranca en el siglo XIX, cuando la memoria familiar sitúa allí una bodega abierta por Pedro Jabato, de los Jabato con b, porque en Cáceres, por regla general, Jabato se escribe con 'b'. Terrateniente y hombre de buen comer, su establecimiento se hizo popular entre los vecinos, aunque no se conserva con claridad el motivo por el que nació aquel negocio.
La bodega habría permanecido abierta hasta aproximadamente 1900. A partir de ahí, el rastro se vuelve más impreciso. Durante dos décadas, el local pudo estar arrendado para una carnicería o una panadería, aunque no hay constancia exacta de su uso. Lo que sí aparece ya con nitidez es el año 1920, cuando Isidro Jabato Candela, sobrino de Pedro, recuperó el establecimiento y abrió un comercio de coloniales y ferretería.
Isidro Jabato tenía tres hermanos: Félix, el mayor, que fue juez; Andrés, que permaneció soltero; y Pedro, dentista con consulta en la plaza Mayor, en el lugar donde después estaría El Puchero. Isidro se casó con Elisa Bustamante Oyuelo, de familia santanderina aunque nacida en Trujillo.
Elisa también procedía de una familia con nombres propios en aquella Cáceres de vínculos estrechos. Tenía tres hermanas: Carmen, que más tarde vivió en Ciudad Real; Joaquina, que se quedó soltera; y Petra, que contrajo matrimonio con Manuel Rubio Rosado.
Fue precisamente Manuel Rubio quien se asoció con Isidro en 1920 para poner en marcha el comercio de Pintores. La división del trabajo era clara: Isidro se encargaba de los coloniales y Manuel, su cuñado, llevaba la ferretería.
En Jabato era muy típico comprar café. Isidro tenía un almacén en la plaza de las Piñuelas, donde llegaba el grano. Allí se molía, se trasladaba después a la tienda y se vendía a granel. También se despachaba aceite con un aparato del que salía medio litro, un cuarto o lo que permitieran las perras disponibles en el monedero.
La tienda tenía dos escaparates. A la derecha estaban los coloniales, con cajones para las legumbres y estanterías donde se colocaban latas, botellas, chocolates, galletas y caramelos. A la izquierda se extendía la ferretería, con ese orden práctico de los comercios en los que cabía casi todo.
Entre los dependientes estuvieron Antonio Suárez, Higinio Rodríguez, Antonio Lázaro, Justo y Lucio. El local tenía además un pasillo y dos habitaciones al fondo tan profundas que atravesaban la barbería de Barra, dejaban atrás Mendieta y llegaban hasta Mendoza.
Quizá por esa profundidad, durante el bombardeo del 23 de julio de 1937, el establecimiento sirvió de refugio a muchos cacereños. Aquella tienda de compras ordinarias se convirtió entonces, aunque solo fuera por unas horas, en un lugar donde buscar protección.
La nevera que trajo el yogur
Entre 1952 y 1954, Manuel Rubio decidió dejar el negocio. Isidro se quedó al frente y cambió el rumbo del establecimiento. Él era un clásico de sombrero, chaqueta y corbata. En verano vestía trajes de mil rayas, frescos para el calor; en invierno, abrigo largo.
Isidro y Elisa tuvieron cuatro hijos: Ascensión, María Jesús, José María y Ricardo Javato Bustamante. Todos Javato con v, porque en el registro hubo un desliz y la b familiar acabó cambiada.
Con su cuñado fuera del negocio, Isidro convirtió Jabato en una mantequería. Y aquello causó sensación en Cáceres porque llegó acompañado de un elemento poco común entonces: el frigorífico. Gracias a aquella nevera entraron en la ciudad productos que muchos vecinos apenas conocían. Llegaron los yogures y llegó el foie gras, ese hígado graso que aquí, por puro instinto popular, terminó siendo "fográs".
Isidro quiso montar la tienda por todo lo alto. Incorporó a sus hijos Ricardo y José María y encargó la decoración a Gilardi, un diseñador valenciano casado con Paquita, propietaria de la sala Yuca. El nuevo Jabato tuvo rollos traídos expresamente del Tajo, mostradores con luces y fluorescentes en el techo, una novedad en aquellos años.
La mantequería funcionó hasta 1962. Para entonces, Isidro ya había visto que en otros países de Europa triunfaba el autoservicio. Cáceres tampoco quería quedarse atrás. Ese año, el obispo Manuel Llopis Ivorra bendijo el nuevo autoservicio de Jabato ante las principales autoridades de la ciudad.
La inauguración fue todo un acontecimiento social. La expectación fue tanta que se formaron largas colas que pasaban la sucursal de Caja Extremadura en la plaza Mayor y llegaban hasta Gran Vía. No era solo una tienda nueva. Era una forma distinta de comprar.
En el autoservicio trabajaban Ángela Cortés, que era cajera; Felipe García Monge; y muchos aprendices. El local tenía estanterías a ambos lados, un mostrador al fondo para los embutidos y, a la entrada, la caja registradora y aquellas cestas de plástico que al principio muchos clientes no se atrevían a coger. Después, como tantas cosas nuevas, terminaron pareciendo normales.
Una calle llena de vida
Frente a Jabato estaba La Muñeca, tienda de ropa de don Rosendo Caso, que tenía una muñeca como figurín en una época en la que los maniquís no eran habituales en los escaparates. También estaban Gozalo, Correa, Pérez, Foto Javier, la ferretería de los Sobrinos, Juanito García con su tienda de telas y Calzados Martín, de los hermanos Antonio y Alfredo.
Pintores era entonces una arteria comercial viva. La plaza Mayor mantenía también sus nombres reconocibles, como la sombrerería de Terio o la droguería de Castel. Cáceres compraba en esos establecimientos, pero también se encontraba, se informaba y se miraba a sí misma en sus mostradores.
La historia de Jabato no puede separarse de esa ciudad que todavía medía el aceite por cuartos, el café por grano molido y la confianza por años de trato.
La familia, Gil Cordero y los niños por Cánovas
Los Jabato vivieron primero en Camino Llano, en la esquina que sube al Paideuterion. Allí bautizaron al pequeño Ricardo y aquel día la casa terminó convertida en una batalla campal cuando los invitados empezaron a lanzarse los merengues preparados para la fiesta y almacenados en un baño grande.
Más tarde, la familia se trasladó a Virgen de la Montaña, más allá de Figueroa, y después al número 7 de Gil Cordero. Entonces aquella calle tenía mucho campo y pocos edificios, porque Cáceres acababa en la Cruz de los Caídos. Por allí estaban los Sobrinos de Gabino Díez y más allá un montículo donde después se levantaría el colegio de Las Josefinas.
Los muchachos del barrio echaban agua sobre aquel cerro y lo usaban como resbaladero. Una tarde, Ricardo cogió tanta carrerilla que acabó empotrado contra un árbol y se puso la cara como un san Lázaro. Poco después desmocharon el cerro, instalaron un circo y, con el tiempo, llegaron Las Josefinas.
La familia vivía en una casa de tres pisos. Arriba residía Ascensión; en el segundo, Manuel Rubio; y en la primera planta, Isidro. Ricardo estudiaba en los franciscanos, el San Antonio, con los hermanos Muro, Andrés Velayos o Ángel Cervantes. Entre los frailes estaban Foronda, prefecto, y el padre Lucio, que jugaba de maravilla al frontón y tenía unas manos de hierro.
Eran años en los que los niños iban andando al colegio y atravesaban un Cánovas sin coches, desde la Chicuela hasta la Cruz, lanzándose el balón de un extremo a otro sin pensar en semáforos ni atropellos. Ricardo era amigo de Juanito Milán, Antonio Rincón, Manolo Motellón, Pedro Camello, José Manuel Chapado y Eulogio Rincón.
Guateques, cines y una boda en la Montaña
Ricardo conoció a María del Pilar Lucas en los guateques que organizaba con sus amigos. A veces se celebraban en su casa, porque sus padres tenían jardín en Gil Cordero. Pilar era hija de Fermín Lucas, propietario de La Providencia, la fábrica de hielo de Aguas Vivas, y de Antonia Parra.
Iban al cine al Capitol, al Norba, al Astoria o al Coliseum, y paseaban por Cánovas. Se casaron en el santuario de la Montaña, en una boda oficiada por don José Tomás. No hubo celebración porque Isidro, el padre de Ricardo, había fallecido poco antes, aunque sí viajaron de luna de miel a Palma de Mallorca.
Ricardo, que hizo la mili en Alcalá de Henares, se compró el traje de novio en Rafael, el sastre de Cáceres, que tenía el taller en la plaza de la Concepción. La pareja tuvo cuatro hijas: María del Pilar, María Jesús, Ana Elisa y María del Carmen.
Cestas de Navidad y productos extremeños
Ricardo estuvo siempre vinculado a Jabato. El comercio fue una de las primeras tiendas de Cáceres en ofertar cestas de Navidad. Cuando llegaban las fiestas, pasaban días y noches montándolas. Tenían una exposición permanente en su almacén de La Conce y los sábados y domingos las colocaban en Pintores.
En 1985, José María, hermano de Ricardo, dejó el negocio. A partir de entonces, Ricardo orientó Jabato hacia una tienda especializada en productos extremeños. Fue la última gran etapa del establecimiento, que pervivió hasta su jubilación en el año 2000.
Después, el local fue ocupado por una tienda de móviles y hoy es una heladería. Pero hay sitios que no desaparecen del todo aunque cambien de rótulo. Para muchos cacereños, aquella esquina sigue siendo Jabato: la tienda donde se compraba café, se medía el aceite, se montaban cestas y se descubría que el foie gras, en Cáceres, también podía llamarse "fográs".
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