Barrio a barrio
Los caleros de Cáceres: 74 horas de fuego para sacar 35.000 kilos de cal
El antiguo oficio dio trabajo a decenas de familias en hornos repartidos por la ciudad, desde Maltravieso hasta Las Minas, antes de decaer con la llegada del cemento

M. A. M.

Cáceres también se levantó con cal. Antes de los sacos de cemento, antes de los camiones modernos y de los materiales industriales que acabaron imponiéndose en las obras, hubo un oficio que dejó la piel dorada, las manos abiertas y muchas jornadas sin domingo: el de los caleros. La cal servía para construir, encalar, desinfectar y mantener casas, cuadras y paredes. Era un producto imprescindible en una ciudad que crecía con materiales cercanos, oficios heredados y mucho trabajo manual. Los hornos se alimentaban con roca caliza de canteras próximas y devolvían cal blanca y cal morena tras un proceso largo, peligroso y agotador.
Aquel mundo empezó a apagarse con la llegada de las primeras cementeras, pero durante años fue uno de los grandes motores laborales de Cáceres. En cada horno trabajaban al menos seis obreros fijos, además de eventuales: el carretero, los cocedores y los hombres que acudían a la cantera.
Una de las familias vinculadas a este oficio fue la de Narciso Mangut Gaspar y Vicenta López, que vivían en el número 53 de la calle Caleros. Tuvieron cinco hijos: Baldomero, Eugenia, Antonio, Margarita y Manuel. Narciso fue quien inició el negocio familiar de los hornos de la cal.
El oficio pasó después a Baldomero Mangut, casado con María del Carmen Marcelo Durán. La pareja vivía en San Francisco y tuvo otros cinco hijos: Manuela, Agustín, Baldomero, Joaquina y Pilar. Con el tiempo, Baldomero hijo acabó al frente de la empresa, que cerró hace décadas.
El horno de los Mangut estaba en el camino de Maltravieso, una zona donde había canteras, igual que cerca del Marco. De allí salía la piedra que luego sería llevada a los hornos. Primero en burros, después en carros y, más tarde, en camiones.
Pedreros antes que caleros
El proceso comenzaba en la cantera. Allí trabajaban los pedreros, muchos de Cáceres y también de Arroyo. Entre aquellos nombres de oficio y apodo estaban Los Pintaos, El Cano, El Garrula, El Picardías, Loreto, Emeterio o Eduardo.
Su tarea consistía en abrir la piedra. Para hacer los barrenos utilizaban una barra de acero que se introducía entre las rocas a golpe de martillo hasta lograr un agujero suficiente. Después llegaban la dinamita, el detonador y la mecha. Si la piedra no se partía del todo, se recurría a palancas o incluso al fuego, colocando leña para que el calor terminara de abrirla.
Era un trabajo de fuerza, precisión y riesgo. La piedra podía saltar, la cantera no perdonaba descuidos y cada bloque extraído iniciaba un camino que terminaría en el horno, convertido horas después en cal lista para vender o transportar.
Hornos por toda la ciudad
Cáceres estuvo llena de hornos de cal. Los había de Gómez Saucedo, de la Viuda de Rodríguez, conocidos como los de Plató; El Brigada, El Tranquilo, Juan José, Luis Ávila, los de San Antonio, los de la Labradora, los del ayuntamiento o los de don Emilio Villar, que era jefe de Correos.
En Las Minas funcionaban otros nombres muy recordados: El Miajadeño, Luis El Caimán, Mariño, Salgado, La Higuera, José Albuquerque Da Silva El Portugués, El Peloto en El Marco, El Señorito, El Sapillo en la carretera de Miajadas, Requejo y muchos más.
Aquellos hornos eran estructuras de cantería, con forma de cuba, cubiertas con una "enramá" para evitar la entrada del aire durante la cocción y rematadas por una bóveda de ladrillo a rosca. Dentro se colocaba la piedra casi como si se levantara una arquitectura secreta.
Antes de que el cemento cambiara la construcción, Cáceres tuvo una industria dura, próspera y casi olvidada: los hornos de la cal. Pedreros, cocedores y carreteros trabajaron durante décadas entre canteras, burros, humo y fuego continuo
74 horas sin apartarse del fuego
Las piedras grandes se ponían en el centro. Las pequeñas, llamadas matacanes, se colocaban junto a las paredes. Se levantaba todo en forma casi piramidal y arriba se disponía la grava. En la puerta se preparaba una especie de túnel por el que se introducía la leña: jara, tomillo, retama, lentisco, brezo, albolaga, ramas de olivo, de alcornoque e incluso orujo.
Solo colocar el horno podía llevar entre uno y dos días. Después se sellaba con barro y comenzaba la parte más dura: 74 horas de cocción al pie del fuego. De cada hornada podían salir unos 35.000 kilos de cal.
Los obreros trabajaban de día y de noche, soportando temperaturas extremas. Sudaban hasta dejar la ropa rígida al final de la jornada y regresaban a casa con heridas en los dedos, que había que curar con gasas y esparadrapos. Muchos compaginaban aquel trabajo con las minas de Aldea Moret: salían del pozo de madrugada, desayunaban, iban al horno, descansaban un rato y volvían otra vez a la mina.

Placa de la plaza. / Miguel Ángel Muñoz Rubio
Cuando terminaba la cocción, había que sacar la cal, cargarla en burros, carros o camiones y llevarla a su destino. Al principio, los animales hacían tantas veces el camino entre la cantera y el horno que acababan trazando una vereda propia y la recorrían casi solos.
La cal también se transportaba hasta la estación de tren, donde se cargaba en plateas, aquellos vagones sin techo ni laterales en los que se apilaba el material para enviarlo fuera.
El oficio no terminaba en el horno. Había que repartir, servir a domicilio, vender y sostener una red de trabajo que unía cantera, barrio, estación, construcción y campo.
La cal como remedio y desinfectante
La cal no solo era construcción. A los hornos acudían también vecinos que atribuían propiedades curativas al humo, especialmente en casos de tosferina. Otros la utilizaban como desinfectante en viviendas donde alguien había muerto de tuberculosis, cerrando puertas y ventanas después de esparcirla.
Los ganaderos la empleaban para combatir las sanguijuelas de las charcas, peligrosas para las bestias. Y por las calles se vendía asperón, el polvillo de los barrenos, que se usaba con el estropajo para quitar el óxido de sartenes y cazuelas.
Eran otros tiempos, con otros remedios y otras formas de entender la higiene, el campo y la salud doméstica.

San Francisco. / Miguel Ángel Muñoz Rubio
La memoria de los Mangut también pertenece al barrio de San Francisco. Allí vivieron Baldomero Mangut y María del Carmen Marcelo en una casa de dos plantas, con patio, corral y cuadras para las bestias. En torno a aquella casa se movía una vida vecinal intensa, con carpinteros, comerciantes, maleteros, fábricas de harina, bares y la escuela de la señora Josefa en la calle Consolación.
Baldomero hijo fue al colegio San Francisco y al Paideuterion de la Concepción. Era buen estudiante, tanto que uno de sus maestros lo llamaba "el gran Mangut". Pero no pudo seguir estudiando. Su hermano Agustín se marchó a la mili y en el horno hacía falta alguien que llevara las cuentas y escribiera las cartas de los pedidos.
Años después, Baldomero conoció a Celestina García Sierra cuando llevaba la cal a la estación. Ella era hija de Manuel García Moreno, factor de Renfe. Se casaron en la Preciosa Sangre y vivieron también en San Francisco. Tuvieron tres hijos: Vicente e Ignacio, mellizos, y David. En el barrio los llamaban los "calerinos", porque el oficio del padre, del abuelo y del bisabuelo formaba parte de su identidad.
Un oficio que levantó Cáceres
Han pasado varias décadas desde que aquel horno familiar se cerró para siempre. Ya no quedan aquellas jornadas interminables junto a la cuba encendida, ni los burros marcando veredas, ni los cocedores pendientes de que la piedra se transformara en cal.
Pero el oficio de los caleros explica una parte fundamental del viejo Cáceres. Fue industria, sustento, sacrificio y memoria obrera. Detrás de muchas paredes blancas hubo canteras, barrenos, leña, humo, estaciones de tren y hombres anónimos que trabajaron hasta dejarse la piel.
La ciudad que hoy mira hacia su pasado no puede olvidar a quienes la levantaron desde abajo. Y entre ellos estuvieron los caleros: los hombres del fuego, la piedra y la cal.
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