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Barrio a barrio

Indalecio: el que vendía los cangrejos en la calle Pintores de Cáceres

Vendía su mercancía frente a Jabato, que se convirtió en un símbolo de modernidad al ser el primer autoservicio de la ciudad

Los cangrejos de Indalecio.

M. A. M

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Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cáceres

Efectivamente la llegada de Jabato a Cáceres causó sensación al tratarse del primer autoservicio que hubo en Cáceres, una ciudad que entonces estaba acostumbrada a comprar fiado en Petra Campón o en los Siriri, donde te apuntaban en una libreta y a la semana siguiente, o al mes siguiente, o cuando te daban un adelanto en el trabajo ajustabas definitivamente las cuentas. Pero con Jabato, llegó la modernidad.

La tienda estaba situada al final de la calle Pintores, en la esquina con la plaza, donde ahora hay una heladería. Tenía dos escaparates. A la derecha estaban los coloniales, con cajones para las legumbres y estanterías donde se colocaban latas, botellas, chocolates, galletas y caramelos. A la izquierda se extendía la ferretería, con ese orden práctico de los comercios en los que cabía casi todo. Entre los dependientes estuvieron Antonio Suárez, Higinio Rodríguez, Antonio Lázaro, Justo y Lucio. El local tenía además un pasillo y dos habitaciones al fondo tan profundas que atravesaban la barbería de Barra, dejaban atrás Mendieta y llegaban hasta Mendoza.

Pero enfrente de Jabato siempre se apostaba un hombre grande, corpulento, que se llamaba Indalecio y que vendía cangrejos. Los cangrejos los compraba en el mercado del Foro de los Balbos y luego los revendía a precio más ajustado. Entonces en el foro vendían mariscos, pero esos iban para Antonio Álvarez, el del Hotel Álvarez, y la Marisquería El Norte, que estaba en la plaza de San Juan y nada más salir de misa de doce había un olor a gamba que quitaba el sentido y el estómago te hacía chiribitas como si de tus ojos se tratase. El resto, los de andar por casa, tenían que ajustar la economía, de manera que acudían al bueno de Indalecio, que tuvo tanta clientela que se hizo muy popular este dicho entre los cacereños: "No seas recio, cómprale cangrejos a Indalecio, son frescos y baratos y están frente a Jabato".

En aquella época en el mercado también vendían churros. Los niños les decían a sus madres: "Mamá cómprame un churro". Y ellas siempre contestaban: "Cuando venga la feria". Había que controlar el monedero y conformarse con las "pescaíllas entrillás o rozás" por alguna púa de las cajas de hielo y que como llegaban defectuosas se vendían más baratas. Pasaba igual con la fruta, "la que estaba picá siempre era más económica".

El mercado del Foro de los Balbos fue un edificio diseñado por el arquitecto municipal Ángel Pérez, al que se deben otras joyas que también corrieron muy mala suerte como la Casa de la Chicuela, se inauguró en 1931 y fue incomprensiblemente demolido en 1970. Aquella joya de tres plantas fue construida en hierro y hormigón, con su majestuosa escalera central que tenía bolos y un bonito pasamanos. La escalera comunicaba los tres pisos, en el bajo la pescadería, en el principal los carniceros y charcuteros, y arriba los hortelanos: los Rebollo, los de Magdalena, Lorenzo, Jacoba... todos los de la Huerta de la Madre hasta llegar a 50 o más.

Cáceres recuerda ese edificio siempre húmedo, lleno de ventanas y con mucha luz en el que hacía tanto frío. Los sótanos servían para almacenar la carne y el pescado, que se guardaba en cajas repletas de hielo. Un mercado bullicioso, con sus inolvidables Navidades, cuando los tenderos llegaban cargados de pollos, gansos y pavos, que campaban en sus jaulas en espera de alguna olla caritativa. 

Junto a Indalecio, la barbería de Fidel Valle Rico en la calle Paneras (que su padre compró al maestro Muñiz) y que se convertió en una de las más conocidas de todo Cáceres, tanto que por ella pasaron rostros famosos como El Cordobés, Camacho o Escalada. Pero además, Fidel Valle compatibilizó esta tarea vendiendo pescado por las mañanas en el Mercado del Foro de los Balbos y por la noche en el bar de Garci, portero del Cacereño en los años 40.

Y muy cerca, el bar El Sanatorio, que abrió Antonio Dionisio Acedo (que luego fundó la actual Ferretería Diosan en Rodríguez Moñino). El Sanatorio estaba en la calle Paneras, frente a Calzados Carpu, que regentaba Corcobado, que se casó con la dueña del Cine Capitol. Antonio llevaba El Sanatorio y a cambio pagaba un dinero a los dueños del edificio: el propio Villarroel, Rosendo Caso y Macario Pérez Andrada, El Polilla, el del Garaje España de Gil Cordero, que fue el primer aparcamiento de Cáceres.

El Sanatorio tuvo tanto éxito que Antonio encargaba a diario 30 docenas de huevos de Luis Plaza (era de Garrovillas y tenía un taxi) y 500 bollos que compraba en la Romualda, (frente a la Audiencia), y en Alfonso Márquez (en Alfonso IX). El vino se lo traían los Higuero de Montánchez. Vendía dos cervezas, Cruz del Campo, del almacén de coloniales que Rincón tenía en la Cruz, y El Águila, que la llevaba Piñero, que tenía el negocio en Aldea Moret, junto a Ramón Criado, el de la empresa de frío industrial.

Las salas

El Sanatorio se dividía en salas. El Quirófano era la cocina, donde estaba Ángela de cocinera, y la Sala de Espera era el mostrador, donde estaban de camareros Antonio, Pedro Picapiedra y El Salivilla, que era de Villafranca de los Barros.

Otros compartimentos eran el Botiquín (la nevera); los Rayos X (la tele); la Sala de Urgencias (el water), y la Sala de Recuperación, que era la habitación contigua con cuatro mesitas en las que se sentaban a comer los clientes que venían de los pueblos.

Antonio recitaba de carrerilla sus 32 platos: "¡¡¡Gambas rebozadas, cocidas, al ajillo, prueba de cerdo, hígado, toro de mar con tomate, calaaaaamaaaaareeeeees...!!!" . Atentos escuchaban la retahíla sus clientes: Borrasca el tratante, Jacinto López el carnicero, Anita la de la pescadería, y su marido Antonio García Congregado. Historias de barrio, de vida, en el Cáceres de Indalecio, el recio de los cangrejos.

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