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Salud y bienestar

La anorexia nerviosa, el trastorno que interrumpió los estudios de Jimena Labrador en Cáceres: "Cuando quieres darte cuenta, ya lleva mucho tiempo formando parte de tu vida"

La joven de 19 años relata los desafíos invisibles de la recuperación, como la soledad y la falta de comprensión, así como la dureza de ver a niños en tratamiento

Jimena Labrador

Cedido

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Esteban Valero Vizcano

Esteban Valero Vizcano

Cáceres

Con tan solo 19 años, Jimena Labrador, natural de Llerena (Badajoz) y residente en Cáceres, se encuentra inmersa en el proceso de recuperación de una anorexia nerviosa. Hace dos años decidió comenzar terapia para hacer frente a este trastorno de la conducta alimentaria, una enfermedad mental que continúa cobrando numerosas vidas cada año tanto en España como en el resto del mundo.

La enfermedad también alteró su proyecto de vida. Jimena comenzó sus estudios universitarios en Granada, pero el avance del trastorno la obligó a interrumpirlos y regresar a Cáceres, un parón que supuso un duro golpe tanto a nivel personal como académico. Ahora, inmersa en su proceso de recuperación, ha retomado el grado de Periodismo en modalidad online.

"La verdad es que, por mucho que intente buscar el momento exacto en el que todo empezó a torcerse o cuándo decidí que necesitaba ir a terapia, no soy capaz de identificarlo. Los trastornos de la conducta alimentaria son muy sutiles, aparecen poco a poco, casi sin que te des cuenta, y saben camuflarse muy bien entre hábitos y pensamientos que, al principio, parecen normales. Por eso, ponerles un punto de inicio es muy complicado. Cuando quieres darte cuenta, ya llevan mucho tiempo formando parte de tu vida", explica.

Un episodio que marcó un antes y un después

Jimena asegura que siempre ha tenido la suerte de contar con un entorno cercano en el que la comunicación ha sido abierta y en el que nunca le ha resultado difícil expresar cómo se sentía. Sin embargo, reconoce que no fue ella quien dio el paso de pedir ayuda. Todo cambió tras un episodio en el que, mientras se encontraba en un entorno social, su cuerpo, debilitado por la falta de fuerza, se desplomó. Aquel momento hizo que sus padres y sus amigas fueran plenamente conscientes de la gravedad de la situación y decidieran intervenir para buscar ayuda profesional. Fue entonces cuando comenzó a acudir a una psicóloga y entró en seguimiento por la Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria del hospital. Ese fue el verdadero punto de partida de su proceso de recuperación. Hasta ese momento, pese al apoyo de quienes la rodeaban, Jimena no había sido capaz de pedir ayuda por sí misma.

Los retos invisibles del día a día

Para ella, la parte más difícil del proceso de recuperación no ha sido únicamente asumir la enfermedad, sino aprender a convivir con ella día a día. Explica que, una vez toma conciencia de que la recuperación es un camino largo y alejado de soluciones inmediatas, son los pequeños retos cotidianos los que más pesan. Hablar de lo que pasa por su cabeza, pese a saber que muchos de esos pensamientos pueden resultar difíciles de comprender para quienes no han vivido un trastorno de la conducta alimentaria, supone un esfuerzo constante y, en ocasiones, genera bloqueos en la comunicación.

A ello se suma un profundo sentimiento de soledad y de incapacidad. Hay días en los que incluso gestos tan cotidianos como salir a tomar algo con amigos o familiares se convierten en un desafío emocional que le exige un enorme desgaste. Según reconoce, esa carga es la que termina haciendo más mella durante la recuperación. Además, admite que la falta de comprensión por parte de algunas personas de su entorno puede intensificar esa sensación de aislamiento, haciéndole sentir que afronta gran parte del proceso en soledad.

La dureza de ver a niños en tratamiento

En la actualidad, su evolución es notablemente más positiva que la de hace unos meses o un año. Desde esta posición, ofrece una reflexión sobre el impacto del trastorno en niños y niñas de menor edad. "Tengo 19 años y una de las cosas más difíciles de sobrellevar es escuchar comentarios de personas que llevan años a mi lado preguntándome cómo es posible que siga así, que aún continúe con esta enfermedad. Me dicen que el tiempo pasa, que me estoy perdiendo etapas importantes de la vida, y eso duele porque, aunque intento dar lo mejor de mí cada día para recuperarme, no siempre depende únicamente de mi esfuerzo. A veces, las dificultades de la vida hacen que todo resulte aún más complicado y, en esos momentos, el trastorno de la conducta alimentaria intenta imponerse y tomar el control de nuevo. También es muy duro acudir a la unidad del hospital y comprobar que no soy la única persona que está pasando por esto. Sin embargo, lo que más me impacta es ver que muchas de las personas ingresadas o en tratamiento son niños y niñas mucho más pequeños que yo. Verlos allí hace que tome conciencia de hasta qué punto este trastorno puede aparecer a cualquier edad y del enorme daño que provoca".

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