Descifrando la realidad
Domingo Barbolla, sociólogo de Cáceres: "Sobre el bailarín cacereño, merece nuestra justicia"
La imposibilidad de actualizar la potencia en acto por finitud de recursos deja a muchos jóvenes sin poder ser fieles a su destino

Álvaro Payo, el bailarín cacereño que pretende cumplir su sueño internacional, en el Palacio de Carvajal. / Gonzalo Lillo

En la medida en que las sociedades humanas se organizan para facilitar la vida y escenificar un terreno fecundo en el que cada individuo pueda desarrollar lo que dentro ha en sí, aquellas que no lo consigan puede considerarse, en cierta medida, un fracaso. En su Ética, Spinoza asegura que "cada cosa, en cuanto está en ella, se esfuerza por perseverar en su ser" (III, P6). Si la esencia misma del hombre es esta, perseverar en su ser (es decir, alcanzar la plenitud de lo que le distingue del prójimo), aquello que tienda a desvirtuar este objetivo podrá considerarse como viciado o erróneo. Si admitimos también que la idea del grupo es que el esfuerzo colectivo sea superior a la suma de esfuerzos individuales, aquel grupo que impida que sus individuos puedan permanecer fieles a su ser (esto es, actuar con fidelidad a aquello que uno mejor pueda aportar), debe entenderse como, cuando menos, susceptible de mejora.
Nos encontramos estos días, aunque en cualquier otro momento puede relatarse una historia similar, con la noticia de un chico que, en esos años pertenecientes a la plenitud de la potencia de su vida, muestra unas habilidades excepcionales en su ámbito de elección. Se le presenta, entonces, la oportunidad de completar sus estudios en un centro de alto prestigio en el extranjero, consciente de que el que quiera ser algo en este mundo debe pasar por instituciones parecidas. Un escollo aparece en el camino: las condiciones económicas de su familia (usuales, por otra parte) no permiten que la potencia devenga en acto. No podrá el chico ser fiel a su destino: el nosotros se la ha impedido.
Se ha propuesto una beca para solucionar la matrícula: sigue sin ser suficiente, la familia no puede hacerse cargo de los gastos de manutención. Habiendo ya resuelto los problemas fundamentales de perpetuación de la vida en nuestra civilización (comida, techo y vestido), es este el drama mayor de hoy: la frustración del deseo de plenitud del individuo por las condiciones materiales específicas de su circunstancia. En términos religiosos, no podrá verificar (refiriéndonos aquí en términos de capacidad, no de situación económica) las palabras de los evangelios: “a todo el que se le dio mucho, mucho se le pedirá”.
Se nos pedirá solución: no la tenemos, la finitud de recursos existente quizá no permita que toda potencia actualice en acto. ¿Cómo hacer, entonces?
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