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Memoria cacereña

90 años del 18 de julio: Blanca, la niña de Cáceres que quedó huérfana tras el fusilamiento de sus padres

El golpe militar de 1936 separó a los seis hermanos Vila y llevó a la menor, de cinco años, al colegio de La Inmaculada

Imagen del colegio de La Inmaculada de Cáceres.

Imagen del colegio de La Inmaculada de Cáceres. / El Periódico

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Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cáceres

Antes de que la guerra entrara en su casa, Blanca Vila vivió una infancia de juegos, baños y excursiones familiares. Sus padres, Ricardo Vila Maset y Rafaela Bru Casanova, se habían instalado en Cáceres procedentes de la localidad valenciana de Canals junto a sus seis hijos. Ricardo encontró en la capital cacereña una oportunidad para desarrollar su actividad profesional. Abrió detrás del Gran Teatro un almacén dedicado al hierro, la chatarra y otros materiales reutilizables. El negocio amplió pronto su radio de acción a distintos municipios de la provincia, donde contaba con trabajadores encargados de recoger el material.

La prosperidad de la empresa permitió que otros familiares de Rafaela se trasladaran también a Extremadura. Algunos colaboraron en el almacén y otros abrieron pequeños comercios, como las fruterías que funcionarían posteriormente en Cáceres y Plasencia. Los Vila se instalaron en una vivienda de la calle Hermandad, próxima a la Cruz de los Caídos. Era una casa amplia, con balcones orientados hacia la calle y vistas a una arboleda por la parte posterior.

La memoria infantil de Blanca quedó asociada a una vida familiar alegre. Su padre tenía un coche rojo descapotable en el que llevaba a los niños hasta las huertas de la Ribera. Allí pasaban las tardes entre lechugas, tomates, juegos y paseos al aire libre. Durante el verano, la familia acudía a una piscina situada al final de la calle Antonio Hurtado. Los pequeños aprendían a desenvolverse en el agua con flotadores fabricados a partir de cámaras de ruedas, mientras en el horizonte se distinguía el humo procedente de los hornos de cal.

Blanca compartía aquellos días con sus hermanos y con su primo Lorenzo, prácticamente de su misma edad. Habían crecido juntos y habían pasado de los brazos de sus madres a los de sus tías sin imaginar que la violencia política estaba a punto de separar a toda la familia. Aquella vida terminó con el 18 de julio de 1936. Blanca tenía cinco años.

La detención de sus padres

Ricardo Vila Maset pertenecía a Izquierda Republicana y Rafaela Bru Casanova estaba vinculada, como varios de sus hermanos, al Partido Comunista. Habían participado en actividades políticas y en colectas de apoyo a los mineros de la Revolución de Asturias. Tras el golpe militar fueron detenidos y encarcelados. Ángeles, una de sus hijas, que entonces tenía diez años, acudía a la prisión para llevarles comida siempre que podía.

El 22 de agosto, cuando volvió a presentarse con alimentos, le dijeron que sus padres habían sido puestos en libertad y que ya no necesitaban nada. La familia conocería después una realidad muy diferente: habían sido fusilados. La desaparición de Ricardo y Rafaela dejó a sus hijos expuestos a una cadena de separaciones. Rafaela, la hermana mayor, se marchó a Madrid; Ricardo fue encarcelado y posteriormente enviado al frente; y Asunción ingresó en Las Trinitarias, una institución destinada a jóvenes.

Las menores, Ángeles, Carmen y Blanca, quedaron al cuidado de sus tías Ángeles y Asunción. Junto a ellas permanecía también su primo Lorenzo, cuyo padre había sido detenido y cuya madre formaba parte del pequeño núcleo familiar que trataba de proteger a los niños.

Una Navidad sin respuestas

Los recuerdos de Blanca se volvieron confusos durante los meses posteriores. La familia abandonó la casa de la calle Hermandad y se instaló en la parte superior del almacén de chatarra. Apenas tenían dinero y sobrevivían con lo que encontraban. En la Navidad de 1937, varios hombres acudieron al establecimiento y se llevaron detenidas a las dos tías. Los niños quedaron solos hasta que una vecina apareció con un plato de sopa. Sobre una mesa había un pequeño trozo de turrón.

Poco después, otros hombres trasladaron a los menores hasta el Gobierno Militar, instalado entonces en dependencias de la Diputación. Permanecieron allí durante uno o dos días, durmiendo en habitaciones con catres y fusiles colgados de las paredes. Antes de ser separados definitivamente de las mujeres, permitieron que los niños se despidieran. "Vamos con papá y mamá", les dijeron sus tías durante aquel último abrazo. Las dos mujeres habían sido sometidas a un procedimiento sumarísimo y fueron fusiladas. Era la víspera de Reyes. Mientras los niños contemplaban desde una ventana el paso de la cabalgata bajo la nieve, sus tías ya habían muerto.

El golpe militar del 18 de julio de 1936 quebró la infancia de Blanca Vila en Cáceres: sus padres fueron fusilados, sus hermanos quedaron separados y ella ingresó con cinco años en La Inmaculada, donde permaneció hasta que parte de su familia pudo reunirse

Una familiar acogió temporalmente a los pequeños, pero el temor a sufrir represalias hizo que finalmente fueran enviados a centros diferentes. Lorenzo ingresó en el Hospicio de San Francisco, mientras las tres niñas fueron trasladadas al colegio de La Inmaculada, situado en el espacio que posteriormente ocuparía el Colegio Mayor Francisco de Sande (actual Charo Cordero). Blanca llegó asustada y aterida de frío. Con el paso de los años recordaba tanto la dureza de algunas cuidadoras como la bondad de varias maestras y religiosas que trataron de protegerla. Una profesora se sorprendió al comprobar que ya sabía leer gracias a las letras de colores con las que le había enseñado su tío Antonio.

Las niñas dormían en grandes galerías, con camas colocadas a ambos lados y una pequeña cabina para la religiosa de guardia. Cuando alguna enfermaba, podía permanecer sola durante horas en aquel espacio. Las condiciones de higiene y alimentación eran precarias. El mismo babi debía durar toda la semana y los castigos incluían humillaciones públicas para quienes mojaban la cama. La comida era escasa y estaba acompañada con frecuencia por aceite de hígado de bacalao. Carmen, hermana de Blanca, se convirtió en su principal protección. Evitaba que otras niñas se burlaran de ella, le lavaba la ropa y entraba a escondidas en la cocina para llevarle por las noches un vaso de leche.

El abrazo en el Rodeo

Las niñas salían ocasionalmente a pasear en fila por El Rodeo. Durante una de aquellas salidas se cruzaron con los niños del Hospicio de San Francisco. Entre ellos se encontraba Lorenzo. Al reconocer a sus primas, el pequeño abandonó la formación y corrió para abrazarlas. Un adulto terminó separándolos mientras él lloraba sin comprender por qué ya no podían vivir juntos. La guerra también se encontraba al otro lado de las puertas del colegio. Cuando Blanca tuvo que ser atendida por un flemón en el Hospital Provincial Nuestra Señora de la Montaña, encontró los pasillos llenos de camillas y soldados heridos procedentes del frente.

Nunca olvidó las batas manchadas de sangre de los médicos, el olor a éter, las muletas y el rostro vendado de uno de aquellos pacientes. Era una imagen demasiado difícil para una niña que todavía trataba de comprender la ausencia de sus padres. Entre sus compañeras había otras menores marcadas por historias semejantes. Blanca trabó amistad con niñas cuyos padres también habían sido asesinados. Una de ellas, Antolina, enfermó posteriormente de tuberculosis y murió tras ser trasladada a Piornal, donde se encontraba el Sanatorio de San José, que fue construido en plena Guerra Civil para el tratamiento y la recuperación de pacientes con tuberculosis. Hoy alberga la Hospedería La Serrana.

Blanca y sus hermanas permanecieron alrededor de tres años en La Inmaculada. Su salida fue posible cuando Ricardo regresó del frente, Asunción abandonó Las Trinitarias y otros miembros de la familia recuperaron la libertad. El tío Lorenzo logró sacar a su hijo del Hospicio de San Francisco. Poco a poco, los supervivientes regresaron al almacén que había sostenido a la familia antes de la contienda.

El establecimiento seguía lleno de chatarra, un material cuya demanda había aumentado durante el conflicto armado. Con la ayuda de los adultos que fueron regresando, Ricardo y Asunción consiguieron reactivar el negocio y reconstruir una vida devastada por la violencia. La familia se trasladó posteriormente a la avenida de Hernán Cortés. Blanca pudo retomar sus estudios en Las Carmelitas y recuperar algunas de las costumbres propias de una joven cacereña: pasear por Cánovas, acudir a los cines Norba y Capitol, montar en bicicleta y bañarse en la piscina de las mujeres de la Ciudad Deportiva.

De Cáceres a la Universidad de Salamanca

En los años cincuenta, Blanca se marchó a Salamanca para estudiar Ciencias Químicas, un paso extraordinario para una mujer de su generación y, especialmente, para alguien que había pasado parte de su infancia en una institución benéfica. Su trayectoria profesional la llevó hasta Vinaròs, donde conoció a Enrique, con quien tuvo tres hijos: Enrique, Ernesto y José Miguel. Después vivió en distintos lugares, entre ellos Madrid, Sevilla y Chile.

La historia de Blanca terminó regresando a Cáceres, la ciudad donde había conocido primero la felicidad familiar y después la persecución, la orfandad y el miedo. Noventa años después del 18 de julio de 1936, su vida permite observar la guerra desde la mirada de una niña. No desde los frentes ni desde los grandes discursos políticos, sino desde una casa vacía, un plato de sopa, un trozo de turrón herido sobre una mesa, un colegio de beneficencia y un abrazo interrumpido en El Rodeo.

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