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Cacereñeando (XVII)

La extraordinaria vida de José Antonio Frade, el cacereño que nunca se rindió

Huérfano desde niño y con una grave pérdida de visión desde los 16 años, impulsó equipos deportivos, defendió al colectivo de vendedores y desarrolló una intensa labor social en Cáceres

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Juan de la Cruz

Cáceres

José Antonio Frade Martín (San Martín de Trevejo, 1946) es un cacereño, conocido de aquellas generaciones, que arrastró en su tiempo una vida vertiginosa y, siempre, al azar, con personalidad y constancia.

Hijo de Elvira, de origen portugués, y de Marco, que atendía una taberna en la localidad gateña y cuidando, al tiempo, de su campo y de sus cabras, se quedó huérfano de padre y madre en poco menos de un año, que fallecieron por la tuberculosis.

Mientras todos los muebles, ropas, colchones y enseres de la casa paterna son quemados en el trascorral, para evitar cualquier infección y contagio, José Antonio pasó a la Casa Cuna del Hospital, con las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, mientras sus hermanas, Jacinta, con once años, y Josefa, con cuatro, eran ingresadas en el Colegio de la Inmaculada, en la Plaza de Caldereros, donde se servía también a numerosos cacereños la conocida como Gota de Leche. Una especie de biberón que se obtenía para los más pequeños y humildes a través de una ventanilla ovalada.

Al alcanzar la edad escolar, coincidiendo con la llegada de los Salesianos al Colegio de San Francisco, Frade pasó al mismo, donde crecía entre estudios, juegos, deportes y el compañerismo de chicuelos marcados por la carencia de un hogar familiar.

De este modo, casualmente, gracias a Fernando Grande Navascués, administrador de centros benéficos de la Diputación Provincial, Hospital, Colegio San Francisco y Colegio de la Inmaculada, descubre que tiene dos hermanas, sintiendo la mayor emoción al abrazarse a ellas y recuperar una amplia parcela de su vida. Lo mismo que, por esa época, en su primera visita a San Martín de Trevejo su tía Benita, que le rescató tras el fallecimiento de su madre, procedió a relatarle el desarrollo de aquellos muy severos tiempos en medio de un mar de emociones.

No obstante José Antonio seguía buscando de forma afanosa el anhelo de su progreso y a caballo con los estudios aprendía el oficio de zapatero, llegando a participar en un concurso de Formación Profesional, celebrado en Valencia, proclamándose campeón nacional. Pero a los 16 años, de la noche a la mañana, dejó de contemplar la panorámica que le ofrecía la vida, muy compleja, al caer en un zonche de cal viva que tenía la Diputación Provincial en las dependencias colegiales. Motivo por el que perdió una gran capacidad de visión.

Descargas eléctricas en el Hospital Psiquiátrico de Plasencia

Tras varias consultas y pruebas diversas con un oculista de la capital cacereña, el mismo le expuso, textualmente, que no le encontraba ninguna anomalía, que solo era una obsesión y tontunas del joven paciente. Como consecuencia del dictamen procedieron a ingresarle en el Hospital Psiquiátrico de Plasencia, donde padeció inclusive descargas de choques eléctricos que le aplicaban tumbado en la cama de aquel amplio dormitorio de más sesenta internos, rodeado de seis personas, al tiempo que le colocaban un tubo de goma maciza en la boca para evitar desgarros en la misma.

Lo que José Antonio no podía entender ni comprender porque continuaba careciendo de vista. Pero, afortunadamente, nunca, sin perder su orientación en la vida.

Casualmente, en el transcurso de un encuentro fortuito con una monja auxiliar del hospital placentino, sor María, que más tarde colgaría los hábitos, posibilitó que le recibiera el oftalmólogo Ezequiel de la Cámara, detectándole una artrofia del nervio óptico.

Con el nuevo diagnóstico regresó al Colegio de los Salesianos, atravesando una dura encrucijada, porque los rectores del centro educativo le remitían, día a día, como castigo y desprecio al corredor o pasillo, por el hecho de poseer tan solo un diez por ciento de la visión, mientras José Antonio se desesperaba entre tantas adversidades. Paralelamente el doctor Tomás González, oftalmólogo de la ONCE, le abrió las puertas de la organización al cumplir los dieciocho años.

Al mismo tiempo, con su escasez de visión, juega al baloncesto y otros deportes bajo las órdenes de Josué Mimoso.

Fuga del Colegio San Francisco, ingreso en la ONCE y fundación de equipos deportivos

Un día cualquiera, cansado de tantas desatenciones por parte de los miembros de la comunidad salesiana, harto del trato que le daban, se escapa del colegio y emprende una nueva y desconocida andadura. José Antonio tiene y padece un corto alcance de vista, de escasos metros, y sin distinguir bien a las personas ni aun pasando las mismas en sus proximidades.

Casualmente, Camino Llano arriba, se lo encuentra la señora Victoria, pinche de cocina del centro. José Antonio, entonces, le comenta sus desdichas, sus pesadillas, sus sufrimientos, así como su voluntad decidida de no regresar al Colegio, ante lo que su interlocutora decide darle acogida en su casa en la calle San Benito.

Tras todo un tiempo de reflexión no solo no se amilana ante la encrucijada de la travesía que quedaba en su camino, sino que toma nuevos impulsos. De tal forma que inicia su trabajo en la ONCE y, tras la marcha de los salesianos,con la dirección de Juan Muñoz Sobrado en el colegio, forma varios equipos de baloncesto, fútbol y minibasquet, a los que prepara, entrena y dirige, logra la participación de los mismos en diversas competiciones y obtiene una serie de trofeos con sus conjuntos que iban adornando las vitrinas del centro. En tales equipos deportivos se forma, al tiempo, una amplia cantera destacando en su trayectoria entre otros los futbolistas Plaza y Pedrito, que defendieron los colores del Club Deportivo Cacereño.

Una etapa deportiva que le lleva a obtener el título de entrenador provincial de baloncesto.Más tarde se desliga del San Francisco, crea el Club de Deportes La Unión, bajo el lema "La unión hace la fuerza", logrando la afiliación de setecientos asociados y poniendo en marcha, inclusive, un equipo femenino.

Sus siguientes pasos le llevan a colocarse al frente del Centro-Hogar de la Organización Juvenil Española, en la calle Parras, gracias a la confianza que le otorga José María Saponi, consigue el trofeo al mejor Club de Deportes de la Provincia y forma un equipo de ciclismo con Joaquín Hormigo, organizando la I edición de la Vuelta Ciclista a Cáceres.

En 1971 contrae matrimonio con Claudia Vieira Pereira, pasa a residir en la calle Cuesta de la Reina, Barrio de Aguas Vivas, imprime un giro a su vida, participa activamente en diversos planteamientos de la ONCE: Negociaciones, reivindicaciones, defensa del colectivo cacereño, forma parte de una comisión nacional para el estudio de la plantilla de la Organización de Ciegos… Entre otras inquietudes, organiza una manifestación en Cáceres contra la venta de boletos en los bares que tanto les dañaba.

Aun así encuentra un hueco para formar parte del coro de la parroquia de San José, con un párroco de la talla como Severiano Rosado, en el que permanecería durante la friolera de cuarenta años, del mismo modo que participó activa y largamente con la Conferencia de San Vicente de Paúl ayudando a los más necesitados…

Presidente Consejo Territorial de la ONCE en Extremadura

Un poco más adelante a pasa a ostentar la Presidencia del Consejo Territorial de la ONCE en Extremadura, implantando los primeros quioscos en Cáceres, También fue el primer presidente del Comité de Empresa de la ONCE en Cáceres, Delegado Provincial y otras funciones y tareas.

Al mismo tiempo se forma en otras características, como son el ajedrez y el dominó, llegando a obtener diversos títulos regionales y nacionales.

En medio de esa densidad de inquietudes y de esfuerzos, en ocasiones de carácter sobrehumano y con capacidad de superación guarda en la memoria del alma, en el corazón, una multitud de acontecimientos en el marco de Cáceres. Siempre confluyendo en las vías de su forma de ser, en el escenario de sus honduras y de sus múltiples reflexiones y determinaciones entre tantos senderos como los que iba abordando. Como, por ejemplo, aquel día, pleno de luz, en el que consiguió sentir la mano y la voz del Papa Juan Pablo IIsobre su persona, en un día que reserva con emoción especial en sus adentros y en el álbum de su una vida tan densa e intensa como la de nuestro personaje.

Al compás del repaso del tiempo, con un trabajo encomiabley esforzado, luchando siempre como un jabato, como un verdadero jabato, José Antonio Frade pasa revista, al cabo de un tiempo que refleja toda una vida, con una inmensa multitud de secuencias, de hilos y recuerdos que se agolpan por una vida entre el azar, el coraje, el sentido humano, y, ante todo, la capacidad de superación de los obstáculos que se le presentaban ante sí… Con una memoria privilegiada, con una capacidad inagotable de recursos, como le exigía la vida, se esforzó en su proceder e inquietudes un modo notable…

En un salto en el tiempo atrás queda su quiosco de cupones de la ONCE en la Plaza de América hasta alcanzar una merecida jubilación, tras 47 tantos años, tanto de lucha como de sobrepasar inconvenientes, mientras comparte su tiempo entre Cáceres y su localidad natal de San Martín de Trevejo, donde hoy es concejal del PP, con significativos problemas, que califica como de persecución, señala, tras una toda una vida repleta de inquietudes, de anhelos y de esa minusvalía que, sin embargo, le impulsó una gran capacidad de estímulo y esfuerzos, tal como se concluye siguiendo los pasos de su trayectoria.

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