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Aventuras y desventuras

La historia de la ermita de la Magdalena, enterrada bajo el Cáceres monumental

El templo, construido en el siglo XIII, habría quedado bajo el convento de San Pablo tras servir de cimiento a sus nuevas dependencias

Imagen del convento de San Pablo.

Imagen del convento de San Pablo. / Turismo de observación

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Alonso Corrales Gaitán

Alonso Corrales Gaitán

Cáceres

Tal y como venimos apuntando desde hace tiempo, en los últimos cincuenta años nos hemos sentido un privilegiado, pues gracias a la generosidad de la gente local, además de la discreción de nuestras actuaciones, hemos podido acceder a la totalidad de las torres de nuestra Ciudad Monumental, además de haber entrado en la práctica totalidad de las casas y palacios que en su interior existen. Ello ha hecho posible que conozcamos y visitemos determinadas bibliotecas privadas o familiares. Además de conocer variados espacios subterráneos, la mayoría de las ocasiones olvidados por los propios propietarios de algunos de estos edificios históricos.

En el tiempo estival que estamos viviendo, parece que existe un importante interés en conocer "curiosidades" de nuestra ciudad, para así pasar el tiempo lo mejor posible, además de adquirir conocimientos que no siempre aparece en los libros.

La información que hemos conseguido en todos estos años es amplia y variada, y seguro que mucha de la misma nunca saldrá a la luz por muy diferentes motivos. Sin embargo, mientras que podamos contar con esta "ventana divulgativa", aprovecharemos y compartiremos estas crónicas para general disfrute.

Dentro de la veintena de temas que hasta este preciso momento hemos presentado, uno de los que más nos ha atraído, quizás por la gran variedad de contenido, o por la antigüedad de sus orígenes, sea el referido a las Ermitas Cacerenses.

Imagen del Convento de San Pablo.

Imagen del Convento de San Pablo. / Miguel Ángel Muñoz Rubio

Recordamos que en el año 1998 la Cámara de Comercio e Industria solicitó nuestra colaboración para conmemorar el Centenario de su Fundación, con la realización de una publicación sobre un tema atractivo para nuestra ciudad. Así presentamos un trabajo monográfico sobre este tipo de construcción tan presente en nuestra ciudad desde siempre. Dicha obra fue el producto de una tarea de investigación llevada a cabo durante varios años, tanto de campo como de consulta en determinados archivos y bibliotecas públicas y privadas.

En aquella ocasión tratábamos de 44 ermitas, repartidas en cuatro importantes apartados: Ermitas desaparecidas, transformadas, actuales y de los alrededores. Dicha obra se iniciaba con el Prólogo del señor obispo don Ciriaco Benavente Mateos:

“Con gozo, porque, aunque la ermita aparezca, en general, como un edificio menor del patrimonio histórico y religioso, no es del género menor su importancia como hecho cultural y religioso. Y con gratitud porque teníamos una deuda pendiente con nuestras ermitas.

Cuanto nos podría decir la antropología religiosa, en general, y la antropología cristiana, en particular, sobre las ermitas y los santuarios. Ha una experiencia humana tan densa alrededor de esos espacios religiosos que van desde las actuales ermitas a las viejas grutas paleolíticas, los primeros santuarios conocidos….

La antropología, al estudiar la ermita desde el punto de vista espacia, ha adivinado, en su ubicación y estructura, simbolismos riquísimos. Una metáfora frecuente para deletrear la experiencia del santuario o la ermita como lugar sagrado es la del “umbilicus”. A semejanza del embrión humano, alimentado mediante el cordón umbilical que le une a su raíz nutricia, el hombre religioso ha visto en lo sagrado y en sus mediaciones la fuente de la vida.

La ermita es expresión de lo más hondo y vital, y, a la vez, de lo más alto y trascendente. ¿No veía el hombre primitivo en las grutas paleolíticas la expresión del seno materno en el que se refugiaba durante los largos inviernos de la época glaciar, mientras pensaba y esperaba en una tierra que, llegado el momento, se cubriría de vida? ¿Y no es la ermita, construida en lo más alto del monte como penacho místico, expresión de la permanente búsqueda del hombre por lo absoluto, manifestación de su impagable sed de trascendencia?"

Y creemos que, como curiosidad, dentro de su variado contenido es oportuno que recordemos aquí lo referente a una de dichas ermitas, por lo poco que de su historia ha llegado hasta nuestros días. Nos referimos a la ermita de la Magdalena. Sus restos deben estar debajo del Convento de San Pablo.

Fue edificada en la segunda mitad del siglo XIII, una vez destruido el alcázar musulmán, por iniciativa del mecenas local don Fernán Pérez Gallego, Maestre de la Orden de Alcántara, fallecido en el año 1296, siendo nombrado en dicho templo en 1335 en acto solemnísimo y multitudinario don Gonzalo Martínez Oviedo, como nuevo Maestre.

“En el arco de la bóveda que es de fábrica muy antigua, se ven tres tarjetas al lado del evangelio, una que dice el nombre del maestre, con dos cruces a los lados que son las armas de la Orden, y al lado de la epístola otra con la insignia ancestral que era capaceta y cogulla, y en medio otra que contiene el escudo de una banda entre dos bocas de serpientes”.

El tamaño de la ermita era más bien reducido, situada en el actual jardín, cerca del cementerio del convento. Seis metros por cuatro, de una sola nave, presidiendo una rudimentaria representación de María. Con la presencia de cuatro pequeñas columnas de origen muy antiguo (¿romano?). Estaban presentes sillares y elementos del desaparecido Alcázar. Y una tosca pila de agua bendita.

Los muros estaban convenientemente adornados con pinturas que representaban a los símbolos propios de los primitivos cristianos, tales como: peces, panes, cruces y JHS.

Hasta nosotros han llegado todos estos detalles y otros tantos, gracias a que un matrimonio que en la primera mitad del siglo XX vivían como trabajadores de las religiosas del convento, tuvieron que bajar al pozo del patio (sobre la ermita) dado que como consecuencia de una gran sequía habían quedado a la vista muchos de los objetos anteriormente mencionados. Hallazgo que fue trasmitido a las propias religiosas y estas lo han ido trasmitiendo a las sucesoras.

En años posteriores según discretos testigos se produjeron importantes movimientos de tierra, en todo aquel espacio lo que provocó a que se vertiera gran cantidad de tierra y piedras para dar seguridad a todo aquel terreno donde se encuentra el pozo, el cementerio de las religiosas y un bello y cuidado jardín.

Información que obtuvimos en la década de los años ochenta gracias a la generosidad de varias personas.

Corta, pero intensa fue la vida de esta ermita, que fue cayendo en el abandono al surgir en la villa otros templos mas amplios, así en el año 1449 quedaba constituido en sus inmediaciones el primer beaterio de hijas nobles cacerenses, primer paso de lo que en el año 1469 se convertiría en el Monasterio que en la actualidad se conoce como Convento de San Pablo. Es decir que a finales del siglo XV y principios del XVI comienzan a realizarse en toda aquella amplia zona toda una serie de obras de construcción de las dependencias que hoy podemos ver.

Nuestra olvidada ermita de La Magdalena, según parece, no desapareció por guerra, epidemia, especulación humana o terremoto, fue sencillamente por el paso inexorable del tiempo y la necesidad de utilizarla como cimiento para algo de mayor dimensiones y más amplia finalidad.

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