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Una historia de Cáceres a través de sus objetos

El palacio de Cáceres desde el que Franco dirigió la guerra

El general sublevado estableció su cuartel general en la capital cacereña, convirtiendo el palacio de los Golfines de Arriba en el centro neurálgico de las operaciones militares

Franco en el balcón de los Golfines de Arriba.

Franco en el balcón de los Golfines de Arriba. / E. P.

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Jorge Rodríguez Velasco

Jorge Rodríguez Velasco

Cáceres

Uno de los episodios más trágicos de nuestra historia reciente comenzó hace ahora noventa años, en el caluroso verano de 1936. El 18 de julio, una parte del Ejército español se sublevó contra el Gobierno constitucional de la Segunda República. El golpe de Estado no triunfó en todo el país y derivó en una Guerra Civil que se prolongaría durante casi tres años.

En Extremadura, la provincia de Cáceres quedó prácticamente desde el primer momento bajo el control de los sublevados, mientras que buena parte de la de Badajoz permaneció inicialmente fiel al Gobierno republicano.

Las tropas del Ejército Español de África, trasladadas a la península con el decisivo apoyo de la Alemania nazi y la Italia fascista, iniciaron desde Sevilla, bajo el mando del general Francisco Franco, su avance hacia Madrid. Para ello eligieron la denominada campaña de Extremadura, cuyo objetivo era enlazar los territorios controlados por los sublevados en el norte y en el sur de la península. Aquella ofensiva, conocida como la «columna de la muerte», dejó tras de sí una durísima represión sobre la población civil. Su episodio más trágico tuvo lugar tras la toma de Badajoz el 14 de agosto, cuando cientos de prisioneros fueron ejecutados, muchos de ellos en la plaza de toros de la ciudad, en una de las matanzas más conocidas de la Guerra Civil.

En la capital cacereña, la situación era muy distinta. El 19 de julio las fuerzas militares habían ocupado el Ayuntamiento, el Gobierno Civil y la Diputación Provincial, proclamando el estado de guerra y tomando el control de la ciudad prácticamente sin resistencia organizada. Tan solo unos días después de la toma de Badajoz, Franco decidió trasladar su Cuartel General desde Sevilla a Cáceres. La elección respondía a razones estratégicas. La ciudad ocupaba una posición privilegiada en la red de comunicaciones del oeste peninsular, en el cruce de las principales carreteras que enlazaban el sur con el centro y el norte de España, además de contar con conexiones ferroviarias. A ello se sumaba la existencia de un aeródromo militar, que durante aquellas primeras semanas de la guerra adquirió una intensa actividad logística y operativa. Lejos ya de la línea de combate y convertida en una retaguardia segura, Cáceres reunía las condiciones idóneas para dirigir desde ella las operaciones militares que debían conducir al avance sobre Madrid.

El edificio elegido para albergar el Cuartel General fue el palacio de los Golfines de Arriba, propiedad de Gonzalo López-Montenegro, descendiente de una de las familias más destacadas de la aristocracia cacereña, que había sido alcalde de la ciudad y presidente de la Diputación Provincial. Franco llegó a Cáceres el 26 de agosto y estableció allí su centro de operaciones, permaneciendo en la ciudad hasta el 3 de octubre. Durante aquellas cinco semanas, el histórico palacio se convirtió en el auténtico corazón militar y político de la zona sublevada, desde donde se adoptaron algunas de las decisiones más trascendentales de los primeros compases de la Guerra Civil.

Un corresponsal del Diário de Notícias de Lisboa dejó una de las descripciones más vivas del ambiente que se respiraba en la ciudad apenas unos días después de la llegada del general. Escribía el 4 de septiembre:

“Cáceres hoy tiene un ambiente curioso. Desde que Franco instaló aquí su cuartel general, la fisonomía de la ciudad cambió por completo. Por diez personas que pasean por las calles de Cáceres, nueve son, sin sombra de duda, uniformadas. (…) En la plaza principal, dominada por la mole del Ayuntamiento, la animación excede todo lo que se pueda pensar. De vez en cuando, toca una marcha patriótica -especialmente el himno de la Falange- inmediatamente en la esquina se aglomeran centenas de personas que acompañan la música. Al final, los vivas a España se suceden. Hay entusiasmo y calor en estos saludos a la Patria. Así vive Cáceres estos días de lucha. Cáceres es una ciudad feliz. (…) No hay paredes picadas por las balas ni episodios tristes. Cáceres ve y asiste, interesada al desfile de los soldados”.

Aquel ambiente de entusiasmo descrito por el corresponsal lisboeta tuvo su primera gran expresión pública el domingo 6 de septiembre. Tras asistir a la misa celebrada en la iglesia de Santa María, oficiada por el obispo de Coria, Franco concitó una multitudinaria manifestación de adhesión popular. La comitiva recorrió las calles de la ciudad monumental hasta el palacio de los Golfines de Arriba, donde una nutrida concentración de vecinos reclamó la presencia del general para aclamarlo y celebrar los éxitos militares alcanzados por las tropas sublevadas. A aquella jornada corresponden las fotografías más conocidas de la estancia de Franco en Cáceres, en las que aparece saludando desde el balcón del palacio.

Mientras en el exterior del palacio se sucedían las muestras de adhesión, en su interior se desarrollaban unas negociaciones de enorme trascendencia para el futuro de la guerra y de la propia España. La muerte del general José Sanjurjo, apenas unas horas después del inicio de la sublevación, había dejado al movimiento sin el militar llamado a ejercer el mando supremo. Durante las semanas en que Franco permaneció en Cáceres, los principales generales y colaboradores del bando sublevado mantuvieron intensos contactos para establecer un mando único que unificara la dirección política y militar. Aquel proceso culminaría pocos días después con la designación de Franco como Generalísimo de los Ejércitos y Jefe del Gobierno del Estado.

El acontecimiento que precipitó el desenlace fue la liberación del Alcázar de Toledo el 27 de septiembre. La noticia, difundida desde el propio Cuartel General, desató una explosión de entusiasmo en la capital cacereña. Miles de personas se concentraron de nuevo ante el palacio de los Golfines de Arriba para celebrar la victoria y aclamar a Franco.

Desde el balcón del palacio, el general respondió a los vítores de la multitud que se agolpaba a lo largo de la calle Condes. A su lado se encontraba, entre otros, el general Juan Yagüe, el «carnicero de Badajoz», quien, llevado por la euforia del momento, exclamó unas palabras que resultarían premonitorias:«Ya tenemos a nuestro Generalísimo; ya tenemos nuestro mando único, nuestro Jefe del Estado, nuestro Caudillo».

En efecto, al día siguiente, 28 de septiembre, la Junta de Defensa Nacional, reunida en el aeródromo de San Fernando, en Salamanca, acordó nombrar a Franco Generalísimo de los Ejércitos y Jefe del Gobierno del Estado.

De este modo, aquel balcón del palacio de los Golfines de Arriba quedó incorporado a la memoria histórica del siglo XX español. Desde él se escenificó públicamente el ascenso político de Franco, que, tras la victoria en la Guerra Civil, encabezaría un régimen dictatorial que marcaría el destino del país durante las cuatro décadas siguientes.

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