Barrio a barrio
La Ribera de Cáceres, el legado natural que fue oasis de los alacranes
El río cacereño es un hilo de agua que nace en la fuente del mismo nombre y desciende entre huertas, caminos estrechos, viviendas y parcelas

E. P. E.

Cáceres tiene un río. Es la Ribera del Marco: un hilo de agua que nace en la fuente del mismo nombre y desciende entre huertas, caminos estrechos, viviendas y parcelas. La Ribera es cauce, pero también barrio. Allí quedan casas bajas, explotaciones agrícolas, viejas cercas, árboles, senderos y rincones en los que la ciudad se detiene. Su paisaje no se entiende sin el Calerizo, la gran formación caliza que guarda bajo tierra parte de la historia natural de Cáceres. El agua ha marcado este entorno durante siglos. Permitió cultivar, abastecer a la población y desarrollar actividades vinculadas a las huertas. También ayudó a explicar por qué la ciudad comenzó a asentarse en este lugar.
Durante la primavera, la Ribera aparece cubierta por una vegetación espesa. Los cardos, los pastos y las plantas que crecen junto al cauce se levantan con rapidez gracias a la humedad. El paisaje parece entonces protegido por su propio verdor. El cambio llega en pocas semanas. El calor seca los tallos, amarillea las laderas y convierte la vegetación acumulada en un manto frágil. Uno de los lugares que mejor representa esa transición es el Cerro de los Pinos. La ladera se levanta junto a la entrada del antiguo paisaje minero y sobre la roca del Calerizo. Es un territorio próximo a viviendas, caminos y espacios frecuentados por vecinos.
Los incendios han visitado este cerro en más de una ocasión. Después de las llamas queda el suelo ennegrecido, el olor a hierba quemada y la impresión de que el fuego ha borrado en minutos lo que la primavera tardó meses en levantar. Alrededor de estos episodios se mantiene una antigua explicación vecinal. Hay quienes cuentan que algunos fuegos se provocaban para eliminar alacranes, culebras y garrapatas. Es una versión transmitida durante años en el entorno, pero no permite explicar ni atribuir el origen de ningún incendio concreto sin una investigación.
La historia muestra, en cualquier caso, una forma antigua y peligrosa de relacionarse con el campo. Quemar el pasto para librarse de los animales suponía confiar al fuego una tarea que podía descontrolarse con un cambio de viento.
Los habitantes del Calerizo
Los alacranes forman parte de este paisaje. Durante los meses fríos permanecen ocultos bajo piedras, grietas y cavidades. Con la subida de las temperaturas aumentan sus movimientos nocturnos y también los encuentros con los vecinos.
Su presencia ha alimentado temores, remedios domésticos y relatos transmitidos entre generaciones. En la memoria de la Ribera aparecen junto a las culebras y las garrapatas, animales vinculados a las noches calurosas, las paredes de piedra y los terrenos sin limpiar.
Pero el fuego no distingue entre especies consideradas molestas y el resto de la vida del entorno. Las llamas destruyen refugios, eliminan vegetación, afectan al suelo y ponen en peligro a quienes viven cerca.
El problema no son únicamente los animales que salen de sus escondites. También lo es la acumulación de vegetación seca, los residuos abandonados, los accesos difíciles y la tardanza en actuar antes de que las temperaturas alcancen sus valores más altos.
La Ribera necesita mantenimiento, aunque esa tarea no consiste en eliminar todo cuanto crece. El corredor mantiene una biodiversidad y una humedad que lo diferencian de otros espacios urbanos. Una limpieza indiscriminada podría convertirlo en un terreno desnudo y alterar el equilibrio del cauce. La prevención exige seleccionar. Retirar los pastos secos junto a las viviendas, despejar caminos, eliminar residuos, controlar las especies invasoras y conservar los árboles y plantas que proporcionan sombra y humedad.
Los vecinos y colectivos vinculados a la Ribera han reclamado durante años que los trabajos se realicen antes de que el calor convierta los cardos y rastrojos en combustible. El calendario resulta tan importante como la actuación: desbrozar cuando el verano ya está avanzado reduce el margen de prevención. Las huertas y los caminos necesitan además una atención continua. No basta con una limpieza puntual ni con intervenir después de cada incendio. La vegetación vuelve a crecer, el cauce acumula materiales y las parcelas cambian de estado de una temporada a otra.
Un barrio detrás del agua
La Ribera suele presentarse como uno de los espacios naturales de Cáceres, pero esa definición se queda corta. También es un barrio, aunque carezca de la forma compacta de otras zonas de la ciudad. Sus residentes conviven con caminos estrechos, parcelas agrícolas, problemas de iluminación y puntos donde la vegetación invade los accesos. El agua forma parte de su identidad, pero también condiciona la conservación del entorno y el riesgo de inundaciones.
En verano, la preocupación cambia. Los vecinos miran los pastos, observan el cielo cuando huele a humo y reconocen a lo lejos el sonido de las sirenas. El incendio deja de ser una noticia de otra provincia cuando existe vegetación seca a pocos metros de una casa. La experiencia de los grandes fuegos demuestra que las llamas ya no pertenecen únicamente al monte remoto. También recorren cunetas, solares, barrancos y espacios periurbanos. Es allí, en el límite entre la ciudad y el campo, donde la prevención adquiere mayor importancia.
Debajo del Cerro de los Pinos y de los terrenos de la Ribera continúa el Calerizo. Bajo la roca circula el agua que ayudó a sostener las huertas y la vida de Cáceres. Sobre ella crece un paisaje que cada verano se vuelve más vulnerable. El fuego deja una imagen inmediata: ceniza, troncos oscurecidos y tierra desnuda. Pero también amenaza una memoria más profunda. La de las familias que cultivaron estas parcelas, los niños que se bañaron en el entorno, los caminos recorridos durante generaciones y el cauce que acompañó el crecimiento de la ciudad.
La Ribera no es solamente un paraje que deba limpiarse cuando llega junio. Tampoco un río pequeño al que se presta atención cuando se desborda. Es una parte de Cáceres que reúne naturaleza, patrimonio, agricultura y vida vecinal.
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