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Descifrando la realidad

Domingo Barbolla, sociólogo de Cáceres: "Ganar para poder soñar jugando al fútbol"

La pasión desatada por la victoria de la selección nacional se explica por el fútbol como un juego que crea una realidad compartida con reglas establecidas

Ferrán Torres durante la rúa de celebración de la Selección Española por el triunfo en el Mundial 2026, a 20 de julio de 2026, en Madrid (España). El combinado español se convirtió ayer en campeón del Mundial 2026 de fútbol, tras vencer por 1-0 a Argentina con gol de Ferrán Torres. FÚTBOL;CELEBRACIÓN;VICTORIA;MUNDIAL José Oliva / Europa Press 20/07/2026. Ferrán Torres;José Oliva;category_code_sho

Ferrán Torres durante la rúa de celebración de la Selección Española por el triunfo en el Mundial 2026, a 20 de julio de 2026, en Madrid (España). El combinado español se convirtió ayer en campeón del Mundial 2026 de fútbol, tras vencer por 1-0 a Argentina con gol de Ferrán Torres. FÚTBOL;CELEBRACIÓN;VICTORIA;MUNDIAL José Oliva / Europa Press 20/07/2026. Ferrán Torres;José Oliva;category_code_sho / José Oliva / Europa Press

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Domingo Barbolla Camarero

Domingo Barbolla Camarero

Cáceres

Ante la evidencia incontestable del fervor desatado el pasado domingo con la victoria de la selección nacional de fútbol, cabe la pregunta más natural: ¿Por qué esta pasión?

El filósofo alemán Eugen Finck entendía que existían cinco dimensiones repetidas en toda sociedad humana pasada y presente. Entre ellas se encontraba el juego, entendido no solo como juego de azar, sino como cualquier manifestación que implicara la creación de una realidad distinta y compartida por distintos sujetos con unas reglas establecidas. Es el fútbol, por tanto, a lo que hoy nos toca jugar en todo el mundo, en el Occidente y en el resto del orbe que asume todavía sus pautas. Juego iniciado en la Inglaterra del Imperio y asimilado por el resto, el fútbol permite imaginar una realidad cambiante en la que los perdedores en la vida real pueden, durante noventa minutos, embriagarse del triunfo de la victoria; el triunfo de la habilidad, la técnica, la táctica y la fuerza. El triunfo, también, de la suerte. Se une a este anhelo de los menos por ser más el carácter nacional de la contienda de la semana pasada: no quedaba el juego en pasiones individuales o anhelos de prosperidad, el orgullo de la nacióndebe prevalecer.

En el enfrentamiento de un país frente a otro se muestran vidas contrapuestas, dos historias que resultan en dos concepciones de esto que es el vivir. La particularidad propia debe triunfar sobre la ajena: simulamos la guerra en tiempos supuestos más pacíficos y simulamos, de nuevo, que una identidad debe permanecer sobre otra. El poeta Miguel Hernández identificaba la patria propia con la madre a la que uno ha parido. En Madre España, declama “decir madre es decir tierra que me ha parido: / es decir a los muertos: hermanos, levantarse: / es sentir la boca y escuchar bajo el suelo / sangre”. Uno, naturalmente, legitima y desea la supervivencia de su propia madre (en estos términos, léase de su propia nación). Alejados ya de la idea de la guerra, este enfrentamiento continúa en el campo y deseamos, cómo no, que mediante el juego se imponga nuestra historia compartida frente a la ajena. Propondremos, entonces, como tesis la defensa de esta identidad mediante el juego, desechada ya la idea de la guerra, como explicación de los festejos por el triunfo de la Selección y nos veremos en ella reflejados como uno más.

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