Latinos en Cáceres
De vender helados en Perú a abrir su propia empresa en Cáceres: la historia de Ginnie, la venezolana que nunca dejó de empezar de nuevo
Tras sufrir xenofobia y ansiedad en Perú, Ginnie Fuenmayor busca estabilidad en Cáceres a través de su propio negocio de limpieza

Ginnie, en la puerta de este diario. / E. P.

Ginnie Noeli Fuenmayor ha aprendido varias veces a empezar de nuevo. Primero dejó Güigüe, una localidad cercana a Valencia, en el estado venezolano de Carabobo. Después reconstruyó su vida en Perú y, desde 2024, trata de hacerlo en la provincia de Cáceres. En cada lugar ha cambiado de casa y de oficio, pero siempre ha mantenido una misma idea: ganarse la vida con el trabajo de sus manos.
En Venezuela tenía un pequeño negocio de cotufas acarameladas, como se conoce allí a las palomitas de maíz. La falta de alimentos, trabajo y oportunidades terminó empujándola a emigrar. Tenía 37 años cuando viajó a Perú, donde ya se encontraba su marido. Lo hizo durante la pandemia y recuerda un recorrido difícil, atravesando diferentes "trochas" o pasos informales hasta llegar a Nazca.
Helados artesanales
Allí comenzó vendiendo helados artesanales en un carrito preparado por su marido, que es soldador. Ginnie aprovechó su formación como cocinera y pastelera para elaborar los productos. Cuando llegaba el invierno añadía café, chocolate y porciones de bizcocho. En verano preparaba raspadillas, hielo triturado acompañado de chicha morada y siropes de diferentes sabores.
No era un único negocio, sino una sucesión de actividades con las que se adaptaba a cada temporada. "Siempre he sido emprendedora y siempre he querido hacer algo", explica.
El miedo a salir
Su estancia en Perú también tuvo un lado mucho más difícil. Ginnie asegura que sufrió episodios de xenofobia y una presión constante en la calle que terminaron afectando a su salud mental. Fue diagnosticada, según relata, de un trastorno de ansiedad generalizada y llegó a sentir pánico ante la posibilidad de salir de casa.
Para continuar obteniendo ingresos convirtió parte del salón de su vivienda en una tienda de ropa de segunda mano y vendía las prendas a través de TikTok. Sin embargo, su estado no mejoraba. Acudió a profesionales de la psicología y la psiquiatría, que le aconsejaron cambiar de entorno.
Su madre, ya en España
Su madre ya residía en España y seguía con preocupación su situación. Ginnie regresó temporalmente a Venezuela para tramitar la documentación y en 2024 viajó a Extremadura. Su primera parada fue Santa Ana, una pedanía de Trujillo, donde empezó a limpiar viviendas y a cuidar a personas mayores.
Después se trasladó a Ibahernando. Allí encadenó varios trabajos de atención domiciliaria y algunas jornadas comenzaban a las siete y media de la mañana. Pasaba de una casa a otra para ayudar a los mayores a levantarse, asearse o vestirse.
Habla de ellos como "sus abuelos" y recuerda que, además de asistencia, necesitaban conversación y cariño. "Les cambiaba el pijama, les ayudaba con los pañales, pero también les daba besos y abrazos", señala. No eran necesariamente personas abandonadas por sus familias, aclara, sino mayores que querían seguir viviendo en sus casas y necesitaban apoyo diario.
Una nueva etapa en Cáceres
El traslado a Cáceres estuvo relacionado con sus hijas adolescentes. La familia consideró que la ciudad podía ofrecerles mayores oportunidades educativas y personales. Para Ginnie, sin embargo, la búsqueda de empleo supuso otro choque.
Comprobó que muchas ofertas exigían formación específica. La experiencia acumulada en Venezuela, Perú y los pueblos cacereños no siempre podía acreditarse mediante un título. Por ello realizó un curso de limpieza de superficies, mobiliario, edificios y locales, con prácticas en el hospital.
Exigencia del sector
La experiencia le permitió conocer el ritmo y la exigencia física del sector, pero también reforzó su intención de trabajar por cuenta propia. A finales de mayo comenzó a ofrecer servicios de limpieza en Cáceres. Se encuentra todavía en una fase inicial y reconoce la dificultad de abrirse paso en una ciudad en la que apenas tiene contactos.
Su historia no es la de un éxito inmediato, sino la de una mujer que intenta reconstruir su estabilidad después de dos migraciones, varios cambios de residencia y un problema de salud mental.
Antepasados europeos
En ese empeño están muy presentes sus abuelas. Sus antepasados europeos también emigraron a Venezuela y sobrevivieron elaborando dulces, vendiéndolos en bicicleta, cosiendo muñecas de trapo o limpiando viviendas. Una de ellas siempre animaba a Ginnie a realizar cursos y aprender oficios.
"Me decía que lo que ella había aprendido le había servido para levantar a sus hijos", recuerda. Cuando era pequeña, su abuela la vio preparando una receta venezolana y le dijo una frase que todavía conserva: "Te vas a ganar la vida con las labores de tus manos".
Falleció hace pocos meses. Ahora, cada vez que inicia una actividad distinta, Ginnie siente que prolonga aquella enseñanza. No sabe todavía si su nuevo proyecto se consolidará. Por el momento vuelve a hacer lo que lleva años haciendo: observar el lugar al que ha llegado, aprender sus reglas y buscar una manera de continuar.
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