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Nuestro pasado

Carlos Callejo, el investigador que convirtió Cáceres en el centro de su legado cultural y científico

Destinado a Cáceres en 1943 como jefe de Telégrafos, acabó dejando una huella decisiva en el conocimiento y la conservación del patrimonio extremeño

Carlos Callejo Serrano.

Carlos Callejo Serrano. / DIPUTACIÓN DE CÁCERES

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Esteban Valero Vizcano

Esteban Valero Vizcano

Cáceres

Hablar de Carlos Callejo Serrano es hacerlo de una de las figuras imprescindibles para comprender la historia, el patrimonio y la arqueología de Extremadura en el siglo XX. Investigador autodidacta, periodista, conservador del Museo de Cáceres y descubridor de las pinturas rupestres de la cueva de Maltravieso, dedicó buena parte de su vida a estudiar y difundir el pasado de la región.

"Cánovas es el jardín botánico de Cáceres", escribió en una de sus muchas crónicas sobre la ciudad, una frase que refleja la mirada con la que observaba el patrimonio y los espacios cotidianos de la capital cacereña.

Antes de convertirse en referente

Nacido en Barcelona, Carlos Callejo pasó allí su infancia antes de continuar sus estudios entre la ciudad condal y Orduña (Vizcaya), donde cursó el bachillerato como alumno interno en el Colegio Nuestra Señora de la Antigua, de los jesuitas. Aquella formación dejó una profunda huella en sus convicciones religiosas. La muerte de su madre cuando apenas tenía siete años y las limitaciones económicas familiares marcaron también sus primeros años.

La imposibilidad de acceder a la universidad le llevó a preparar las oposiciones al Cuerpo de Telégrafos. En 1933 obtuvo su primer destino en Tárrega (Lérida) y, tras varios años de servicio y especialización en telecomunicaciones, consiguió el título de Jefe de Líneas de Telégrafos, equivalente entonces a una ingeniería técnica. En 1943 fue destinado a Cáceres, una ciudad en la que fijó definitivamente su residencia y donde desarrolló la mayor parte de su trayectoria profesional e intelectual.

Mucho más que un telegrafista

Aunque su trabajo estaba vinculado a las telecomunicaciones, Callejo encontró en Extremadura el escenario perfecto para cultivar su verdadera pasión. De forma completamente autodidacta profundizó en disciplinas como la Historia, la Arqueología, la Numismática y la Epigrafía, además de interesarse por la literatura, el arte, el periodismo, la naturaleza o el ajedrez. Su integración en la vida cultural cacereña fue inmediata. En 1944 se incorporó a la tertulia literaria Alcántara, origen de la revista homónima que años después llegaría a dirigir. Paralelamente inició una intensa actividad periodística como colaborador de los diarios Extremadura y Hoy, además de ejercer como corresponsal en Cáceres para diversos periódicos nacionales.

El hombre que descubrió Maltravieso

Su vinculación con el patrimonio dio un paso decisivo en 1955, cuando fue nombrado conservador del Museo de Cáceres, cargo que desempeñó durante quince años. En ese periodo impulsó importantes incorporaciones a los fondos de la institución, entre ellas los tesoros de Berzocana y Serradilla, además de reunir más de 10.000 piezas numismáticas que enriquecieron notablemente la colección del museo. Sin embargo, el gran hito de su carrera llegó en 1956 con el descubrimiento de las pinturas rupestres de la cueva de Maltravieso. Las improntas de manos halladas en la cavidad supusieron un hallazgo excepcional, ya que demostraban la existencia de este tipo de manifestaciones artísticas en el suroeste de la península ibérica, contradiciendo una teoría ampliamente aceptada por la comunidad científica de la época.

La trascendencia del descubrimiento obligó a Callejo a dedicar años de trabajo para defender su autenticidad. Correspondencia con especialistas, viajes y numerosas gestiones marcaron un proceso que culminó en 1969, cuando su participación en el IX Congreso Nacional de Arqueología consolidó definitivamente el reconocimiento científico de Maltravieso. Con el paso de los años, se convirtió en uno de los grandes referentes de la investigación histórica y arqueológica extremeña. Su labor permitió ampliar el conocimiento sobre el pasado de la región y dejó una huella que todavía hoy permanece en instituciones como el Museo de Cáceres y en uno de los yacimientos prehistóricos más importantes de Extremadura.

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