Cacereñeando (XIX)
La gesta olvidada del general Margallo, el cacereño que se enfrentó a 18.000 rifeños en Melilla
Comandante general en Melilla en 1893, fue cesado en pleno enfrentamiento bélico por la Reina Regente, y sitiado por 18.000 bereberes, con tan solo 400 hombres, salió del Fuerte de Cabrerizas Altas, blandiendo su sable, recibiendo tres disparos que le causaron la muerte”
Juan de la Cruz
El general cacereño Juan García-Margallo y García (Montánchez, 1839-Melilla, 1893) fue un héroe en toda regla y con el que la historia militar, también de España, se encuentra en deuda. Murió defendiendo la enseña nacional con un valor estremecedor, arriesgó su apuesta y su vida con la mirada en el honor de España y de su responsabilidad como general de brigada y comandante general en Melilla.
Con una impecable trayectoria a lo largo de su carrera, con numerosas responsabilidades de relieve, llegó a Melilla y se entregó al cumplimiento formal de sus obligaciones, y en base a una manifiesta capacidad de diálogo y búsqueda de entendimiento con los rifeños, que la verdad es que le valió poco ante semejante enemigo, a pesar de su aperturismo y confianza, Si bien, al tiempo, desde la duda. Pero en ese proceso, entre las manifiestas adversidades entre los soldados españoles y las fuerzas rifeñas de las cabilas, se encontró con un obstáculo como el de José López Domínguez, a la sazón ministro de la Guerra, que, con la prensa de la época en la mano, tal como se almacena en la hemeroteca, en medio de un manifiesto interés de toda España, en las fechas comprendidas a lo largo del mes de octubre, no paró en su falta de entendimiento con el general cacereño hasta conseguir su cese, como como Comandante General de Melilla, de manos de la Reina Regente María Cristina.

Galería | La gesta olvidada del general Margallo / CEDIDA
Tras un tiempo de convulsiones, de hostilidades, de provocaciones por parte de los bereberes, y de acuerdo con el Tratado de Wad-Ras, firmado entre España y Marruecos, se tomó la decisión de alzar un nuevo fuerte español para completar el círculo proteccionista establecido, en defensa de la población española, en las cercanías del templo de un santón morabita, denominado Sidi Guariah, que se traduce como “Mi señor del río de las plumas”. Unas obras que no avanzaban, que se hacía imposible, a pesar del trabajo del día a día, porque las obras las destruían por la noche los bereberes, por considerar la edificación del fuerte español como toda una profanación que habría de provocar y ampliar el conflicto a la mayor acción. Ya estaba declarada la Guerra de Africa, más conocida como la Guerra de Margallo.
Hasta que en el desarrollo del conflicto una acción de las fuerzas españolas generó la destrucción del templo. Una acción de enfrentamientos ante la que los bajás de las cabilas, los santones que se prodigaban por los alrededores de Melilla y las propias fuerzas bereberes no admitieron, dando comienzo a una serie de enfrentamientos que, de la noche a la mañana, comenzaron a llenar las páginas de la prensa española, y de paso, a movilizar a la población española en solidaridad y defensa de los soldados y las fuerzas españolas. Entonces se comenzaron a llevar a cabo numerosas manifestaciones en toda España, con un amplio eco popular, que incentivó y exacerbó los ánimos de la población española. De un modo relevante en la inmensa mayoría de la prensa y revista, en el estamento militar y en la sociedad que se revolvió de firme contra los ataques de los moros.
Cáceres y toda España con sus soldados en Melilla
De este modo en Cáceres se generó una sensibilización extraordinaria. Hasta el punto de que, durante esos días iniciales del conflicto bélico los estudiantes iniciaron una serie de manifestaciones por toda la ciudad, pelando al espíritu patrio, entrevistándose con las autoridades, como el gobernador civil y el alcalde, Enrique Trujillo Lanuza, recorriendo toda la capital y lugares y dependencias como el Instituto Provincial, el Cuartel de Caballería, el Juzgado de Instrucción, la calle Moros “promoviéndose grande algazara”, el Cuartel de Carabineros y otros, dándose lugar a que en un pleno municipal se llevara a cabo el cambio del rótulo de la calle denominada Moros, que nació para acoger a los moriscos que el rey Felipe II deportó desde Las Alpujarraspor el de general Margallo, en medio de una gran ovación de todos los asistentes. Aunque durante largo tiempo, que se extendió hasta pasada la segunda mitad del siglo veinte, la calle era más conocida como Moros que como General Margallo. Un nombre de relieve en la historia de Cáceres y en la historia del ejército español.
Avanzaba el mes de octubre de 1893 con continuos enfrentamientos y las provocaciones de los bereberes, armados con espingardas y fusiles Remington, gumía en la cintura, traicioneros como nadie, y a los que la prensa española calificaba, con frecuencia, en aquel entonces, como feroces, traidores, falsos, codiciosos, canallas, y otros calificativos.

Galería | La gesta olvidada del general Margallo / CEDIDA
Un conflicto con visos de poca solución. A lo que se añadía, como señalamos líneas atrás, el actitud inconsecuente, insolidaria y perversa de las maniobras de un ministro de la Guerra tan cuestionado por la prensa diaria, y sobre todo por la prensa militar, como José López Dominguez.
De tal modo que en la tarde del 27 de octubre de 1893 una ingente cantidad de bereberes proceden a perseguir hasta la extenuación de una expedición militar con el general Juan García Margallo al frente. En esa indefensión el militar cacereño procede a dirigir a sus hombres hasta el fuerte español de Cabrerizas Altas, donde encuentran el refugio para la salvación ante la persecución, el griterío y los continuados disparos de la tropa bereber.
La noche de esa jornada se presenta cuajada de enigmas y de salidas. Escasea el agua, tan necesaria; faltan víveres; se necesita munición a la espera del convoy previsto para la mañana del 29 de octubre. Al tiempo, paulatinamente, los bereberes van aumentando en un número inmenso, mientras van sitiando desde las colinas cercanas el fuerte español desde el que solo se divisan bereberes y más bereberes, aullando. El griterío de la impresionante superioridad numérica resulta ensordecedor.
El espíritu militar de Margallo se cobija en la enseña nacional
El espíritu militar de los soldados y de las fuerzas españolas se debilita ante la panorámica de bereberes que ven sus miradas desde la fortaleza, donde se albergan unos cuatrocientos soldados españoles. La prensa ya ha publicado el cese del general Margallo como Comandante Militar de Melilla, que no había hecho más que luchar contra la falta de ayuda y de consideración militar del ministro de la Guerra. Juan García-Margallo guarda el silencio de su duda, el misterio de sus reflexiones, el pensamiento que se le revuelve en su personalidad militar con el conocimiento de su cese y hasta la soledad y desamparo en que le dejó un ministro innoble e insolidario de pleno. El segundero del reloj corre deprisa, demasiado deprisa.
Se alza el telón del día. El cansancio y los nervios aprietan en una guarnición que se mantiene firme y esperando la llegada de la ayuda, tan necesaria.
El general cacereño, al frente de la tropa, ya ha tomado una decisión por el pesar inaudito de su cese en plena confrontación militar. Cuatrocientos hombres ante una multitud de quince o dieciocho mil bereberes…
De repente Juan García Margallo, tras un largo período de dudas y decisiones, sale a alentar a los soldados españoles desplegados, se monta en su caballo, y da la orden a los hombres de guardia del fuerte de Cabrerizas Altas para que le abran la puerta del fuerte, convertido en un todo hervidero de fusiles apuntando hacia la misma. Grita con una voz potente:
-- ¡A la bayoneta…!
Juan García Margallo, sable en mano, espolea a su caballo. En tan solo unos segundos, en medio de una verdadera nube de balas, una de ellas se le incrusta en el pómulo derecho y el siempre pundonoroso militar cacereño cae herido de muerte a las puertas del fuerte en el que se refugió para salvar a todos los militares que le acompañaron la tarde anterior inspeccionando los posicionamientos y perspectivas por si fuera necesario establecer nuevas dinámicas estratégicas para un combate decisivo, aunque quedando a la espera de la ayuda desde el ministerio de la Guerra.
Margallo, un héroe en la historia militar de España
Un héroe extremeño de una cualificada dignidad y cuya figura, según se avanza con el rigor de los corresponsales españoles de guerra en los periódicos diarios y revistas de aquellos tiempos, allá en Melilla, dejaron constancia de la personalidad de Juan García-Margallo, a quien el cese al frente de sus responsabilidades militares en plena acción de guerra, llevó al gesto de la muerte.
De este modo cabe señalar que el diario “El Correo Militar” subrayaba en sus páginas que el general Margallo pereció “víctima de todas las torpezas y todos los delitos de lesa Patria cometidos por los políticos españoles, así civiles como militares”. Un titular profundo y que resume, tan solo a título de muestra y de ejemplo, todos los numerosos elogios, apoyos y obituarios que distinguieron sobremanera el coraje del valiente soldado extremeño, muy elogiado, tras su fallecimiento en acción de guerra, y por tantas circunstancias, que dignifican la semblanza, la vida y la trayectoria del general de brigada Juan García-Margallo.
Una figura de relieve, que cuenta en su haber, con numerosas y merecidas condecoraciones como la Medalla de Alfonso XII, la Cruz de San Fernando o la Cruz de Carlos III del Mérito Militar, que se merece la mayor dignidad en el conocimiento por parte de todos los cacereños y sus gentes.
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