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Una vida centenaria

Áurea cumple cien años en Cáceres con Talavera la Vieja todavía en la memoria

La mujer, nacida el 3 de agosto de 1926, celebra el aniversario rodeada de una familia formada por tres hijas, siete nietos y cinco bisnietos

Aurea, con sus tres hijos, durante la celebración de su centenario.

Aurea, con sus tres hijos, durante la celebración de su centenario. / CEDIDA

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Ángel García Collado

Ángel García Collado

Cáceres

Áurea Fernández Jiménez cumple este lunes cien años con una vida marcada por la familia, el trabajo y el recuerdo de un pueblo que ya no existe sobre el mapa. Nació el 3 de agosto de 1926 en Talavera la Vieja, también conocida como Talaverilla, y allí pasó su infancia, creció y formó su familia antes de que las aguas del embalse de Valdecañas obligaran a sus vecinos a abandonar sus casas.

Aurea celebra sus 100 años.

Aurea celebra sus 100 años. / CEDIDA

Centenario

Su centenario reunió este domingo a sus familiares más cercanos alrededor de una mujer que ha atravesado un siglo de cambios. Áurea se casó con Antonio Rubio León, fallecido en 1992, y del matrimonio nacieron sus tres hijos: José Antonio, Socorro y Begoña. La familia se amplió después con nueve nietos y cinco bisnietos, que ahora la acompañan en una fecha especialmente emotiva.

Aurea, en una de sus habituales visitas a la residencia del Losar, abrazaba hace unos años a Silveria Martín, que llegó a ser la mujer más longeva del mundo. Al lado, Santiago Castellano.

Aurea, en una de sus habituales visitas a la residencia del Losar, abrazaba hace unos años a Silveria Martín, que llegó a ser la mujer más longeva del mundo. Al lado, Santiago Castellano. / CEDIDA

Durante buena parte de su vida fue ama de casa y se dedicó al cuidado de sus hijas. Compaginó esa tarea con la elaboración de manteles de Lagartera y con algunos trabajos agrícolas, actividades habituales en una generación acostumbrada a sacar adelante el hogar con esfuerzo y pocas comodidades.

Adiós al pueblo a los 37 años

Áurea tenía 37 años cuando dejó atrás Talavera la Vieja en octubre de 1963. La construcción del embalse para el aprovechamiento hidroeléctrico de Valdecañas provocó el traslado de la población y la posterior desaparición del municipio bajo las aguas. Su territorio fue incorporado legalmente a Bohonal de Ibor y Peraleda de San Román tras la disolución aprobada en diciembre de 1964.

La familia le entrega un ramo de flores, ayer tras la comida.

La familia le entrega un ramo de flores, ayer tras la comida. / CEDIDA

Como otras familias de Talaverilla, la suya fue realojada en uno de los pueblos de colonización levantados en el Campo Arañuelo. Su nuevo hogar estuvo en Tiétar, donde permaneció durante décadas. A los 85 años, por motivos de salud, se trasladó a Losar de la Vera para estar cerca de una de sus hijas. Una vez recuperada, continuó viviendo en su propio piso, atendida y acompañada por su familia.

Un pueblo bajo las aguas

El pueblo que Áurea dejó atrás tenía una historia mucho más antigua. Talavera la Vieja se levantaba junto al Tajo sobre los restos de Augustóbriga, una ciudad romana situada en la vía que comunicaba Mérida con Talavera de la Reina.

Imagen de los Mármoles, símbolo de Talavera la Vieja (Talaverilla).

Imagen de los Mármoles, símbolo de Talavera la Vieja (Talaverilla). / CEDIDA

Antes de que el agua cubriera la zona, algunos de sus elementos monumentales fueron desmontados y trasladados piedra a piedra. Entre ellos se encuentran los restos de los templos conocidos como Los Mármoles y La Cilla, que hoy pueden contemplarse cerca de Bohonal de Ibor.

Sentimiento de pertenencia

La desaparición de Talavera la Vieja no borró, sin embargo, el sentimiento de pertenencia de quienes nacieron allí. Sus habitantes se dispersaron por localidades como Tiétar, Rosalejo, Santa María de las Lomas, Barquilla de Pinares o Pueblonuevo de Miramontes, además de marcharse a otras ciudades españolas.

Áurea llega ahora a los cien años convertida en memoria viva de aquel pueblo sumergido. Su historia personal conserva el recuerdo de una forma de vida, de una familia que tuvo que comenzar de nuevo y de una localidad cuya identidad continúa presente entre sus antiguos vecinos y sus descendientes. Un siglo después de su nacimiento, su cumpleaños es también una celebración de la supervivencia de Talaverilla en la memoria.

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