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Memoria cacereña

Cáceres confirma la calle con el nombre de Ricardo Hurtado, el sacerdote que desveló las leyendas de San Francisco

El homenaje distingue al antiguo director del colegio de San Francisco, que permaneció 35 años vinculado al centro y recogió en un libro algunos de los episodios más misteriosos del monasterio

Ricardo Hurtado de San Antonio.

Ricardo Hurtado de San Antonio. / E. P.

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Ángel García Collado

Ángel García Collado

Cáceres

Cáceres incorporará al callejero el nombre de Ricardo Hurtado de San Antonio, sacerdote, profesor y antiguo director del colegio de San Francisco, cuya trayectoria estuvo estrechamente ligada durante más de tres décadas al histórico monasterio cacereño. El reconocimiento ha quedado oficializado tras su publicación este miércoles, 5 de agosto, en el Boletín Oficial de la Provincia.

El nombre de Ricardo Hurtado de San Antonio se asignará al tramo de la actual calle Miguel Cordero del Campillo que discurre paralelo a la calle Manuel Redondo Felipe, en el entorno de Residencial Universidad. El resto de la vía conservará su denominación actual, desde la calle Juan Manuel Rozas hasta la glorieta de entrada a la urbanización. La modificación, además, no afectará a ningún número de gobierno, por lo que no obligará a los residentes a cambiar sus direcciones.

El acuerdo fue aprobado por el pleno municipal en su sesión ordinaria del pasado 16 de julio, dentro del procedimiento establecido en el Reglamento de Honores y Distinciones de la ciudad.

Una vida unida a San Francisco

Ricardo Hurtado nació en la calle Hornos, aunque algunos de sus primeros recuerdos estaban ligados precisamente al antiguo hospicio de San Francisco. Durante su infancia jugaba al fútbol en los campos de El Rodeo y participaba con sus amigos en partidos frente a los jóvenes que vivían en el centro.

Años después, la vida lo situó al otro lado de aquellos muros. Primero ejerció como sacerdote, después como profesor y finalmente como director del colegio de San Francisco, cargo que asumió en 1963 y que desempeñó durante 35 años. Su figura quedó así vinculada a varias generaciones de alumnos y a una etapa fundamental de la historia educativa del edificio.

Esa relación personal y profesional con el antiguo monasterio también alimentó su interés por recuperar los relatos, sucesos y leyendas que habían circulado durante siglos por sus dependencias.

Los misterios del monasterio

Hurtado recogió parte de ese legado en el libro Leyendas del Monasterio de San Francisco, una obra compuesta por seis relatos inspirados en hechos históricos, tradiciones populares y episodios misteriosos relacionados con el actual Complejo Cultural San Francisco, sede de la Institución Cultural El Brocense.

El volumen mezclaba personajes y acontecimientos reales con elementos de ficción para divulgar una parte menos conocida del pasado de Cáceres. Entre sus relatos figuraban La moneda de oro, Las ambiciones de una dama, El comunero confeso, A hierro, sangre y fuego, El cuadro y La calavera prodigiosa.

El primero se remontaba a la construcción del monasterio en 1483. Según la leyenda, el franciscano Fray Pedro Ferrer logró vencer la oposición inicial de la nobleza cacereña después de que aparecieran unas misteriosas monedas de oro en la faltriquera de uno de los nobles contrarios al proyecto.

Otro de los relatos recreaba la supuesta aparición de una pintura de Francisco de Godoy en los muros del monasterio poco después de su muerte. Hurtado defendía que la historia de Cáceres no podía entenderse completamente sin conocer la de San Francisco, que había funcionado durante siglos como espacio religioso, educativo, cultural y escenario de reuniones políticas.

El secreto de la calavera

Una de las historias más conocidas estaba relacionada con un episodio ocurrido en 1965, durante unas obras en la antigua sacristía, situada junto al actual auditorio. Según relató Hurtado, los trabajos sacaron a la luz una calavera que se atribuyó a Fray Pedro Ferrer, fallecido casi cinco siglos antes y enterrado en un lugar desconocido.

La leyenda sostenía que varios alumnos introdujeron las manos en agua bendita depositada en la calavera para curarse los sabañones. Las heridas desaparecieron, pero los jóvenes aseguraron después que habían salido corriendo perseguidos por ella.

Tras aquellos sucesos, la calavera fue enterrada nuevamente en un lugar secreto de la iglesia. Hurtado afirmó que únicamente él y los dos albañiles que participaron en los trabajos conocían su ubicación. Los trabajadores fallecieron sin desvelarla y el antiguo director mantuvo siempre el misterio.

La nueva calle reconocerá ahora a quien dedicó buena parte de su vida a enseñar dentro de San Francisco y a rescatar los relatos ocultos tras sus muros. Su nombre quedará incorporado al callejero de la ciudad en un área próxima al complejo en el que desarrolló gran parte de su trayectoria.

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