Nuestro pasado
1955, el año en que Granadilla inició su éxodo y Cáceres levantó nuevos barrios
Las expropiaciones por el embalse de Gabriel y Galán provocaron las primeras salidas de familias, mientras la capital estrenaba viviendas, un mercado y nuevos equipamientos

Poblado de Granadilla. / E. P.

El año 1955 marcó el comienzo del final para Granadilla. Aunque la salida definitiva de sus habitantes no se produciría hasta la década siguiente, fue entonces cuando las expropiaciones vinculadas a la construcción del embalse de Gabriel y Galán comenzaron a empujar a las primeras familias fuera de una localidad que durante siglos había desempeñado un papel central en el norte de la provincia de Cáceres.
Así lo recordó El Periódico Extremadura en su edición del 23 de abril de 1998, dentro de un recorrido por los principales acontecimientos de aquel año. La crónica situaba en 1955 el inicio de «un amargo éxodo sin retorno», una expresión que resumía el proceso que acabaría dejando Granadilla sin vecinos.
El entonces ministro de Agricultura remitió aquel año un oficio al Ayuntamiento de la localidad. El documento establecía que los agricultores y medianeros que poseyeran cuatro hectáreas o más debían entregar el 80% de su capital para poder recibir una parcela en el nuevo asentamiento de Alagón del Caudillo, creado para acoger a parte de los afectados por la construcción de la presa.
Las obras en el curso del río Alagón dieron paso a las expropiaciones y a las primeras despedidas. Granadilla todavía conservaría durante algunos años su condición de referencia comarcal, respaldada por un pasado en el que había sido cabeza de partido judicial y capital de arciprestazgo, pero su decadencia ya resultaba inevitable.
Aunque el abandono completo no llegó hasta los años sesenta, el periódico consideraba que fue en 1955 cuando comenzó verdaderamente el éxodo. Familias enteras tuvieron que dejar sus casas, sus tierras y un pueblo que, pese a no quedar cubierto por las aguas, perdió el acceso a buena parte de su entorno y acabó siendo desalojado.
Una capital en expansión
Mientras Granadilla iniciaba su lenta desaparición, Cáceres vivía un proceso de crecimiento urbano. La ciudad levantaba nuevos barrios y equipamientos para responder al aumento de población y a las necesidades de vivienda de una capital que se extendía más allá de su núcleo histórico.
En enero se anunció la construcción de un nuevo edificio para la Escuela de Trabajo en la calle Gómez Becerra. El proyecto contemplaba una superficie aproximada de 2.000 metros cuadrados y una inversión superior a los tres millones de pesetas.
Meses después, en julio, el obispo de Coria, Manuel Llopis Ivorra, visitó las obras impulsadas en El Carmel por la Asociación Benéfica Constructora Virgen de Guadalupe. El 9 de julio colocó la primera piedra de la que posteriormente sería conocida como barriada de Llopis Ivorra, diseñada por el arquitecto Fernando Hurtado Collar.
El acontecimiento movilizó a numerosos cacereños. La Sociedad Mirat cedió autobuses que partieron desde la avenida de España para facilitar la asistencia al acto. La construcción de aquellas viviendas respondía a uno de los grandes problemas de la época: la falta de hogares asequibles para las familias trabajadoras.
También el 18 de julio abrió sus puertas un nuevo mercado en la barriada de Viviendas Protegidas de la Ronda del Carmen. Y el 12 de octubre el obispo bendijo la primera piedra de la Casa de Ejercicios y Hospedería de la Montaña, proyectada por el arquitecto municipal Ángel Pérez.
El amor tras las rejas
La vida cotidiana del Cáceres de mediados del siglo XX también quedó reflejada en un artículo publicado en abril de 1955 por el cacereño León Leal, bajo el título Cómo se hacía, antaño, el amor en Cáceres.
El autor lamentaba que se hubieran perdido «los encantos de pasear la calle con amor y haciendo el amor» y recordaba la antigua costumbre de conversar con la persona amada a través de las rejas de las casas. Según escribía, la reja de los enamorados había dejado de representar la libertad de las almas para convertirse únicamente en un símbolo de prisión.
Aquel 1955 mostró así dos realidades muy diferentes de la provincia. Mientras Cáceres construía viviendas, escuelas y mercados para una ciudad en expansión, Granadilla veía cómo las expropiaciones abrían el camino hacia su despoblación definitiva. Dos caras de una misma época marcada por las grandes obras hidráulicas, las migraciones y una profunda transformación social.
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