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Hostelería cacereña

De las Patatas El Gallo a la comida latina: la sorprendente historia de este local de Cáceres

El espacio de la calle Catedrático Antonio Silva ha pasado por etapas muy distintas: de la histórica fábrica de las "patatinas" a Le Mystique y Borona Bistró antes de iniciar ahora una nueva vida como La Billy Bar

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Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cáceres

Hay locales que forman parte de la historia de Cáceres y este, sin duda, es uno de ellos. Está en la calle Catedrático Antonio Silva de Cáceres y fue durante décadas un establecimiento vinculado a unas patatas que forman parte de la memoria de la ciudad. Ahora, casi un siglo después del nacimiento de aquella marca familiar, se ha transformado en un restaurante de comida latina. El último nombre en incorporarse a esta larga historia es La Billy Bar, una propuesta que refleja también cómo la gastronomía latinoamericana ha ido ganando terreno en Cáceres. Pero para comprender lo que ha sucedido entre estas paredes hay que remontarse mucho más atrás. Antes de restaurantes, sumilleres, franquicias y nuevas cartas estuvieron las célebres Patatas El Gallo.

La historia comenzó incluso antes de que el negocio se instalara en Antonio Silva. El origen de Patatas El Gallo se sitúa en 1927. Nicolás Condón Leal acababa de terminar el servicio militar y comenzó a preparar cacahuetes y cucuruchos de papel de estraza con patatas para venderlos por las calles de Cáceres. Todo el mundo lo conocía como El Gallo. El apodo tenía una explicación: cantaba bien y elevaba tanto la voz anunciando su mercancía por Cánovas que su pregón callejero se convirtió prácticamente en una seña de identidad.

Las primeras patatas se elaboraron en su vivienda, situada en el número 30 de la calle Sande, en una habitación que compartía espacio con la cocina. Su nieto, José Miguel Condón Concha, tercera generación del negocio familiar, ha recordado cómo su abuelo salía después a venderlas con una pequeña cesta. El rudimentario obrador tenía un bidón de gasoil cortado por la mitad, lienzos, tablas y una sartén. El conocimiento para freír aquellas patatas procedía, curiosamente, del servicio militar. Nicolás había sido destinado a la cocina del cuartel y uno de sus superiores insistía en que había que prepararlas muy finas y muy fritas. La fórmula se quedó con él.

Cuando comprobó que la venta funcionaba, el fundador amplió el negocio. En 1957 trasladó la producción a la zona de la Audiencia, donde instaló una pequeña fábrica con dos sartenes en la antigua cochera de la conocida Panadería de la Romualda, después de que esta se trasladara a la calle Peñas. Sus cuatro hijos, Miguel, Gabriel, Nicolás y Concha, participaron en la empresa familiar. Iban incluso hasta el ferrocarril para recoger carbón en sacos y esperar a que se enfriara antes de utilizarlo.

El siguiente gran salto se produjo en 1968, cuando Patatas El Gallo se instaló en la calle Antonio Silva. Allí comenzó a utilizarse gasoil, aunque el proceso de elaboración continuaba siendo fundamentalmente manual. La fábrica permaneció vinculada a esta calle durante décadas, hasta que en 2007 se trasladó al polígono industrial de Las Capellanías, donde continuó la producción. Desde allí, la familia ha mantenido la filosofía que ha acompañado al producto desde sus inicios: El secreto es que no hay secreto, solo ponerle mucho cariño. Estar pendiente y ya está. Sacarla en su momento. La materia prima ha procedido tradicionalmente de lugares como Galicia, Salamanca y Sevilla, mientras que durante el verano la empresa ha recurrido también a la patata de Miajadas.

La etapa de Le Mystique

Tras la salida de la actividad industrial, el inmueble comenzó una transformación marcada por la hostelería. En 2010 entró en escena Le Mystique Restorán, que se presentó entonces como una apuesta de alta gastronomía para Cáceres bajo la dirección de Carmen Ciborro y su equipo. La inauguración tuvo además un marcado carácter solidario. Isabel Gemio, periodista extremeña y presentadora de televisión, ejerció como madrina del establecimiento y recibió una donación para la fundación que presidía.

En aquel momento, la Fundación Isabel Gemio llevaba dos años apoyando la investigación de distrofias musculares y otras enfermedades raras, con el objetivo de impulsar avances frente a patologías para las que la investigación científica constituye una herramienta esencial.

Le Mystique realizó además otra aportación a Mensajeros por la Paz, cuyo presidente, el padre Ángel García, participó también en aquel estreno. La organización, declarada de utilidad pública y con proyectos nacionales e internacionales dirigidos especialmente a colectivos desfavorecidos, había recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia.

Tras aquella primera jornada dedicada a invitados, autoridades y representantes de diferentes ámbitos, el restaurante abrió sus puertas al público.

Borona Bistró y la cocina extremeña

Años después llegó otra etapa completamente diferente. El 11 de agosto de 2021 abrió en el número 6 de la calle Catedrático Antonio Silva Borona Bistró. El proyecto apostó por recuperar el recetario tradicional extremeño y combinarlo con técnicas gastronómicas contemporáneas y una carta concebida para cambiar con frecuencia. Al frente se situaron Rocío Rey, sumiller y maître, y Víctor Corchado, cocinero, pareja también fuera del establecimiento. Ambos habían trabajado juntos durante años en diferentes proyectos hosteleros por España antes de apostar por su propio negocio en Cáceres, ciudad de origen de Corchado. Rey, por su parte, es cordobesa.

El concepto volvió a modificar la personalidad de un espacio que ya había demostrado su capacidad para adaptarse a diferentes épocas de la restauración cacereña. Terminaron trasladándose, en 2024, a la calle General Ezponda, a un paso de la plaza Mayor.

De Malvasía a la cocina americana

La trayectoria de la calle Antonio Silva ha venido marcada por otra propuesta culinaria en otro local junto al antiguo DNI. Allí estuvo el Restaurante Malvasía y posteriormente Foster's Hollywood. La propuesta de inspiración americana inició su última etapa en octubre de 2024, pero terminó cerrando sus puertas a finales de mayo de 2026. Tras servir sus últimos menús un sábado, los responsables recogieron al día siguiente fotografías, sillas y otros recuerdos del establecimiento.

Vídeo | Cierra Foster's Hollywood en Cáceres

Miguel Ángel Muñoz

El cierre supuso además que nueve trabajadores perdieran sus puestos. Los responsables llegaron a plantearse una reforma para mantener el establecimiento, pero la inversión necesaria rondaba los 500.000 euros. La operación resultaba especialmente arriesgada ante los planes de la franquicia de instalarse también en el Centro Comercial Ruta de la Plata, ya que mantener dos establecimientos de la misma marca en Cáceres hacía difícil la viabilidad del situado en Antonio Silva. Finalmente se optó por cerrar.

La Billy Bar abre una nueva etapa

Pero el local de lo que fueron las Patatas El Gallo no ha tardado en encontrar otro destino. Ahora su historia continúa con La Billy Bar, un restaurante latino que introduce un registro gastronómico completamente diferente de los que han ocupado este espacio durante los últimos años.

Su llegada también sirve como ejemplo del peso creciente de la cocina latinoamericana en la oferta hostelera de Cáceres, donde este tipo de propuestas ha ido encontrando espacio junto a la cocina tradicional extremeña, los conceptos internacionales y los formatos de franquicia.

La transformación resulta especialmente llamativa si se mira hacia atrás. En esas mismas coordenadas de Antonio Silva se frieron durante décadas algunas de las patatas más conocidas de Cáceres. Después llegaron la alta cocina de Le Mystique, la reinterpretación extremeña de Borona Bistró y las propuestas vinculadas a Malvasía y Foster's Hollywood.

Ahora son los sabores latinos los que ocupan el escenario. Casi un siglo después de que Nicolás Condón saliera por las calles con una cestina cargada de "patatinas", y 58 años después de que Patatas El Gallo se instalara en Antonio Silva, este rincón de Cáceres continúa estrechamente ligado a la comida. Solo han cambiado los fogones, las recetas y los nombres que aparecen sobre una puerta que, inevitablemente, nos devuelve a la nostalgia.

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