Cacereñeando (XXII)
La historia de Granadilla y el legado de Eugenio Jiménez, el defensor del pueblo abandonado de Cáceres
“En 1955 todos los habitantes de Granadilla tuvieron que dejar atrás su casa, huertos, propiedades por el pantano de Gabriel y Galán y salir con la maleta migratoria, sufriendo, donde buenamente pudieran”
Juan de la Cruz Gutiérrez
Un día de 1955 Luisa y Urbano, vecinos del pueblo de Granadilla, le comentaron a su hijo, Eugenio, con tan solo siete años de edad, que tenían que abandonar el pueblo en el que vivían. Eugenio, aquel chiquillo de Granadilla, a caballo entre la escuela, los juegos, el pueblo y el campo atravesaba su recorrido de la infancia cuando miró a sus padres con los rasgos de expresión de la tristeza y la pena, lo que tantos años después denominaría como "un fortísimo dolor de alma". Sus padres se compungieron con él, sí, pero se vieron en la obligación de trasladarle queiba a construirse un embalse, cuyas aguas anegarían las calles, las casas y todo el municipio. Eugenio se asió al mandil de su madre, comenzó a llorar y el riachuelo de sus lágrimas se unían, poco después, junto al de sus amigos, sus compañeros, su familia sus vecinos. Un manantial de lágrimas de todo el paisanaje del pueblo, 1264 habitantes, que más pronto que tarde tenían que abandonar el pueblo. Así se había determinado desde el Gobierno.
Ni las riadas de las lágrimas de los pequeños y mayores, ni la larga cantidad de quejas, ni la perplejidad más absoluta, ni todas las historias familiares juntas a través de largas generaciones servirían para nada. Ni las tierras de su vida y sustento. Una cruel decisión. El pueblo, desde la primera comunicación, que llegara tiempos atrás, fue todo un clamor de severidades humanas, adversidades políticas, crudezas marcadas a sangre y fuego, que se manifestaba en todas sus gentes. Hombres, mujeres y niños, que no asimilaban ni en lo más profundoni tan siquiera en lo más liviano, bajo ningún concepto ni argumento, bajo ninguna razón ni cualquiera que fuese la justificación, lo que les negaba el Estado con la construcción del embalse Gabriel y Galán.
Un propósito unitario que se sustentaba, tan solo, en continuar con su marcha habitual y su vida. Aunque tuvieran que seguir pendientes de un hilo amenazador, pero, sin embargo, también, un día más en el pueblo. "Sencillamente, por lo que ustedes quieran, que se retrase esta determinación y se nos alargue nuestra estancia en la tierra en la que nacimostodo lo que buenamente pudiera ser…", se atrevía a clamar algún paisano, con la gorra en la mano ante algún alto cargo llegado de Madrid. Un grito valiente, aunque humilde, pero firme y en nombre del pueblo, anteel que se imponían los oídos sordos del Gobierno. Todo un fuerte clamor de mil doscientas sesenta y cuatro personas que, evidentemente, no representaban absolutamente nada, qué lástima, ante un decreto del Gobierno.
El largo éxodo contra la voluntad de todo Granadilla
Todas las quejas, reclamaciones, protestas, reivindicaciones, peticiones de justicia, que se expandían desde Granadilla, se perdían con el eco de la paulatina salida del pueblo por parte de parte de sus gentes dejando atrás su vida,sus pasiones, su historia, su propia existencia. Todo el patrimonio del pueblo. Hasta que comenzó a iniciarse ese largo éxodo migratorio de todo un pueblo, Granadilla, que se unía, en definitiva, a las decenas de miles de extremeños que, paulatinamente, se iban marchando de sus pueblos con una maleta de soledades, al otro lado de la linde regional, donde buenamente pudieran hacer frente a la vida.Los selectivos procesos industriales acuchillando a la fuerza histórica del campo.
La crudeza más extrema de aquellas décadas de los años cincuenta, sesenta, setenta, que se llevaron por delante decenas de miles de paisanos, por diferentes circunstancias, que hoy están cifrados entre seiscientos mil y ochocientos mil, en una de las encrucijadas e injusticias sociales contra Extremadura, con miles de hombres y mujeres que no encontraban más salida que la emigración.
La mayoría del paisanaje que conformaba el patrimonio humano de Granadilla, junto a sus anteúltimas lágrimas, se marchaban, ya casi definitivamente, en carros agónicos tirados por burros o mulas, otros en camiones. Incluso hubo quienes emprendieron ron la marcha con vientos acaso desconocidos transitando sin rubo fijo por esos caminos desconocidos del mañana.
Atrás, a cada paso de las mulas, a cada metro de avance del camión, a cada paso humano entre la angustia y resignación más inconsolable, iban quedando, un poco más lejano, las calles empedradas, el castillo, la iglesia de la Asunción, el aliento vital y niño, los ratos jugando al marro, las piedras lanzadas con el tirador a los gorriatos, el aula escolarLa Serrana, donde Eugenio Jiménez aprendió las primeras lecciones e hilvanar las primeras letras, los huertos familiares con pepinos, tomates, lechugas, patatas, el alegre toque de la flauta y el tamboril en las fiestas, las bodas… Todo “un proceso traumático no exento de polémica que aún perdura en el ánimo de quienes lo vivieron y sus descendientes”, tal como se lee en la página web oficial de Granadilla.
El padre de Eugenio, con el desgarro que le crujió el alma a su familia y a él, optó por encaminarse a Alagón del Río, un pueblo de colonización, una de esas vías de salida, por imprimirle un nombre suave, que les ofrecía el Gobierno. El sino del padre de familia y trabajador con tres hijos. Cinco personas de Granadilla, con las otras mil doscientas cincuenta y nueve, que seguirían sin asimilar durante largo tiempo, quizás hasta la muerte, el severo golpe que le había asestado el estado. Pero aquel pueblo al que llegaron les escocía en el alma. Con una vivienda insalubre, como señalaba Eugenio. “Eran de una especie de cartón. En verano nos asábamos de calor y en invierno había que sufrir las goteras".
Un desaliento más que, en muy poco tiempo, llevó a la familia se desplazara a Madrid, como tantos extremeños de la emigración, mientras otros lo hacían a esos otros segmentos industriales que se repartían, además de la capital, entre Cataluña y Las Vascongadas.
Las lágrimas, el pundonor y la defensa de Eugenio por Granadilla
A principios de los ochenta el periodista, vicepresidente del Hogar Extremeño de Madrid, conoció y compartió una larga amistad con Eugenio Jiménez.El Hogar Extremeño se abría como un rincón de la tierra parda donde Eugenio se cobijaba con la frecuencia que le procuraban sus ratos libres, para el esparcimiento de su extremeñismo, la defensa de Granadilla, la lucha reivindicativa de la región. Pero siempre con Granadilla en el alma, en el corazón, en su argumentación principal. ¡Cómo le dolía y escocía aquella salida tan cruel de su pueblo en medio de aquellas riadas humanas de vecinos…!
Hasta que un día, inducido por el penar que le motivaba la ausencia de su pueblo, rompió las amarras de la dureza de la capital madrileña, hizo el hato y se marchó a Jaraíz de la Vera, dando vida de esta manera a una idea que quería darle cuerpo. Formar una asociación, a la que denominó Hijos de Granadilla, y tratar de hilvanar una voz colectiva con una justificada serie de argumentos: había pasado un montón de años desde la construcción del embalse y ni una sola gota de agua cubría Granadilla, tal como les anunciaron. Una forma de aglutinar a la mayor cantidad de paisanos, posibilitar una voz reivindicativa y luchar por el regreso al pueblo. Como señalaba Eugenio, ya en aquel entonces, las aguas ni habían llegado ni habrían de llegar a la tierra en la que vieron la primera luz.
Paradójicamente Granadilla, aquel pueblo destinado a quedar sumergido bajo las aguas, fue declarado en el año 1980 Conjunto histórico-artístico. Cuatro años después Granadilla quedaba incluido en el Programa Interministerial de Pueblos Abandonados. ¡Qué tremendaparadoja…!
Con el paso del tiempo, tal como consta al articulista, Eugenio llevó a cabo una multitud de gestiones. Comenzando con una carta al Rey Juan Carlos, al presidente del Gobierno, a políticos extremeños, que le prometieron una diversidad de gestiones, pero que le defraudaron “completamente todos, y cuanto más alto rango, más decepción, por su falta de palabra, por su carencia de compromiso, porque al final, el cargo tira más que la tierra”, se lamentaba. Un hombre sencillo, profundo, apasionado, comprometido con la firme defensa de Granadilla en todos los lugares y despachos que se hiciera preciso. Hablaba con unos y otros, con políticos, técnicos de la Administración, paisanos de relieve y agricultores, con su hilo argumental centrado en la reivindicación eterna que se decoraba con el sueño de Granadilla, cuyas estampas pintaba en sus cuadros en tiempos de descanso.
Siempre Granadilla…
En la compaginación de sus esfuerzos, en reivindicación de ese impresionante lugar que se alza en Granadilla, Eugenio Jiménez logró que el 15 de agosto, en el día grande de las fiestas, y el 1 de noviembre, un puñado de vecinos se reunieran en el pueblo de su siempre más que lastimosa ausencia, se reencontraran, se abrazaran unos y otros, recordaran a familiares, comentaran incidencias, anécdotas, sentimientos, recuerdos, vivencias y proyectos y que asistieran a una misa.
Pegó gritos desgarradores de compromiso moral y humano. De señero componente moral. Levantó su voz en una serie de medios de comunicación y que comenzaban a visitar a Granadilla, fundado por los musulmanes, en una zona estratégica ubicada en la Ruta de la Plata, que alcanzó el rango de villa por decreto del rey Fernando II de León, con fortaleza medieval, y que hoy figura, de forma manifiestamente significativa y emblemática, como “uno de los más bonitos de Cáceres”. ¡Qué cambio más sorprendente…! El experimentado por la Granadilla año mil novecientos cincuenta y cinco, forzando la salida de sus todos sus habitantes, y el del pueblo de aquellos años y hoy, con presencia frecuente en medios dedicados al turismo y a los viajes.
El pueblo se hizo todo uno, gracias al esfuerzo, decisióny arrojo de un hombre sencillo “pero de Granadilla hasta el tuétano”. Entre entrevistas, artículos, reportajes, palabras de pesar, argumentos “tan reales como la vida misma, porque aquí el agua no anega el pueblo y se puede vivir, que también tenemos derecho a regresar al lugar en el que nos parieron”, me comentaba en su larga lucha, como consta en mis apuntes. Hasta la televisión inglesa BBC emitió un amplio reportaje con Eugenio como interlocutor, como siempre, de la queja colectiva. Tenía sus ideas muy claras. Hoy, si el lector busca información sobre Granadilla a través de internet, se encontrará con reportajes sobre “el pueblo fantasma”, en el que no vive nadie, cuajado de belleza, tal cual lo dejaron hace un montón de años sus gentes, desfilando de familia en familia y buscándose las lentejas donde les llevara el azar, donde les condujera la suerte.
Eugenio, la voz de la Granadilla del exilio
Eugenio era, siempre, el informador de y ante tamaña injusticia, el entrevistado, a disposición de todos, siempre que le necesitaran y dejar su voz, sangrando pena “porque nadie sabe lo que es esto, más que quien lo padece” y legando la constancia de que “se trata de un pueblo expropiado y no, como se cuenta por ahí, abandonado por sus gentes”. Lo que, evidentemente, no es lo mismo. Una lucha admirable, esforzada, generosa, sentimental, popular, humana, justa.
Hace unos años Eugenio sufrió un ictus que le paralizó la parte derecha del cuerpo, numerosos viajes médicos a Plasencia y a Mérida, consultas, pruebas, ingresos, pero sin mayor evolución, mientras pilotaba en el jardín de su casa jaraiceña, con gran fuerza de voluntad, con el objetivo único de abrir las puertas de Granadilla y poner fin a aquel destierro humano causado por un embalse. Aun así, quejándose de la sanidad extremeña, aguantaba el tipo y se superaba como un jabato.
Un nuevo ictus, esta vez en la parte izquierda, le dejó inmóvil por completo. Hablamos tres veces, creo recordar, en ese tiempo de tanto desgarro humano. Siempre presididos por su capacidad de superación, su sentido católico, su esperanza en Dios… En medio de las conversaciones, claro es, se alzaba, como siempre, el pueblo de Granadilla. Pero su vida se apagaba palpando en brazos de los familiares la luz, la vida, el nombre de Granadilla, manifestando su voluntad de ser enterrado en su pueblo, tal como dejó constancia.
Unas semanas después, luchando ejemplarmente por la vida, se despidió con serenidad. En la madrugada del 14 de noviembre de 2023 me llegaba un mensaje al teléfono: “La familia Jiménez anuncia con pesar el fallecimiento de Eugenio Jiménez Rodríguez. Hoy día 14 de noviembre, se encuentra en el tanatorio de la localidad de Jaraíz de la Vera (Cáceres). Posteriormente, el día 15 de noviembre será enterrado en su amado pueblo de Granadilla (Cáceres)».
¿Para qué negar que el mensaje me arañó el alma?
En una de las numerosas entrevistas que concedió exponía: “Nos echaron alegando que la presa iba a inundar el pueblo, lo que era imposible, porque el pueblo está más alto que la presa. Pero lo que de verdad me frustra es que en tiempos democráticos he estado luchando por la recuperación de Granadilla, con la Asociación y ningún gobierno nos ha escuchado”.
Como reflexión: Eugenioocupa y debiera ocupar por méritos propios un espacio abierto en la historia de Granadilla y Extremadura, en el capítulo del grito desgarrador en defensa del pueblo, entre luchas, amarguras, avatares y muchos desencantos, pero nunca de rendición, en la gran batalla que abordó por su pueblo.
Una personalidad de significativo coraje al que la historia que queda pendiente de escribir sobre él, siempre alrededor de sus afanes por Granadilla, debiera de reconocer con el tributo del agradecimiento. Al tiempo, un homenaje de recuerdo a quien supo alzar el amor propio, desde su corazón, ante todos. Tanto por su empeño y justificada razón, como por su labor de casi treinta años en esa ímproba y continuada defensa de Granadilla, su pueblo.
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