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Obituario

Muere Manuel Montero Arias, primer médico del hospital San Pedro de Alcántara de Cáceres, a los 97 años

El facultativo, colegiado en Cáceres desde 1957, fue el médico más antiguo de la provincia y dedicó 44 años al servicio de Anestesia y Reanimación

Manuel Montero Arias, médico anestesista.

Manuel Montero Arias, médico anestesista. / Cedida

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Cáceres

Manuel Montero Arias ha muerto en Cáceres a los 97 años. Con él desaparece una figura estrechamente ligada a la historia de la medicina cacereña y, especialmente, a los primeros años de la actual asistencia hospitalaria en la ciudad. Fue el primer médico que llegó a la entonces Residencia Sanitaria de Cáceres, actual hospital San Pedro de Alcántara, para hacerse cargo del servicio de Anestesia y Reanimación, donde permaneció vinculado al centro durante 44 años, hasta su jubilación en el año 2000.

Pero reducir su vida a una trayectoria profesional sería quedarse corto. Para sus cinco hijos, sus nietos, sus amigos y quienes compartieron con él décadas de profesión, Manuel Montero fue, sobre todo, un hombre de principios muy firmes, trabajador incansable y profundamente ligado a su familia. "Ha tenido una vida absolutamente plena", resume su hijo Francisco Javier Montero, fiscal superior de Extremadura.

Nacido en 1929 en San Vicente de Alcántara, Manuel Montero creció entre Madrid y Extremadura. Su padre, jefe de telegrafía en la Dirección General de Seguridad, trabajaba en la capital, pero la familia mantenía sus raíces en la localidad pacense. Allí estaba el origen familiar al que siempre permaneció unido.

Estudió Medicina en la Universidad Complutense de Madrid y realizó su especialidad en Anestesia en el Hospital Provincial de Madrid, el actual Museo Reina Sofía. Su carrera, sin embargo, terminaría ligada para siempre a Extremadura. Antes de instalarse definitivamente en Cáceres ejerció como médico rural en Logrosán, donde conoció a quien sería su mujer.

El médico colegiado más antiguo

En 1956, con apenas 26 años, llegó a Cáceres. Fue el primer médico residente de la nueva Residencia Sanitaria y, tras aproximadamente un año, pasó a dirigir el equipo de Anestesia y Reanimación. En aquellos primeros tiempos aquel equipo estaba formado únicamente por dos profesionales. Las condiciones distaban mucho de las actuales: comenzó cobrando unas 800 pesetas mensuales y, al asumir la jefatura, pasó a unas 3.000.

Durante las siguientes cuatro décadas, el hospital se convirtió en una parte fundamental de su vida. En una entrevista concedida a este diario hace 20 años recordaba cómo había cambiado la medicina desde aquellos primeros años. "La actividad médica se reducía entonces a la quirúrgica y fue con el paso de los años cuando se fue haciendo extensiva a todas las especialidades", explicaba.

También guardaba memoria de un hospital mucho más pequeño y cercano. "Los trabajadores de la residencia éramos entonces como una gran familia", recordaba, al tiempo que destacaba que "la relación con los pacientes era muy directa".

Colegiado en Cáceres desde 1957, era, hasta su fallecimiento, el médico colegiado más antiguo de la provincia. Su relación con el Colegio de Médicos se mantuvo prácticamente hasta el final de sus días.

En los últimos años seguía acercándose por las mañanas a la sede colegial de la avenida Virgen de Guadalupe. Allí se encontraba con antiguos compañeros, muchos de ellos amigos desde hacía décadas, para compartir un café y mantener una de esas conversaciones que se prolongan cuando detrás hay toda una vida compartida.

Una vida entera detrás de la bata

Francisco Javier recuerda a su padre como un hombre perteneciente a una generación acostumbrada al esfuerzo. Creció en una España marcada por la guerra y la posguerra y sacó adelante sus estudios gracias, en buena medida, al sacrificio familiar y personal.

"Era una persona evidentemente trabajadora", cuenta. Tanto que resulta difícil separar al Manuel Montero médico del hombre que fue en su vida cotidiana. Trabajaba mañana y tarde y acudía también por las noches a las urgencias hospitalarias, atendiendo partos y otras intervenciones que requerían su presencia.

Pero junto a esa faceta profesional había otra mucho más íntima. "Era una persona absolutamente seria, rigurosa, honesta, incapaz de mentir ni faltar al respeto a los demás", recuerda su hijo. Y, por encima de todo, alguien "muy amante de su familia, de sus aficiones y de sus amigos".

La familia ocupó siempre un lugar central. Tuvo cinco hijos, aunque uno de ellos, Manuel, falleció de forma súbita cuando se encontraba terminando sus estudios de Medicina en Salamanca. Los otros cuatro siguieron caminos profesionales vinculados, en buena medida, al Derecho y la Medicina. Francisco Javier es fiscal superior de Extremadura; José María y Jesús son médicos forenses, y José María dirige además el Instituto de Medicina Legal de Cáceres; Carlos ejerce como abogado y es decano del Colegio de Abogados de Cáceres.

Una trayectoria familiar que, lejos de haber sido impuesta, parece haber nacido de la convivencia cotidiana con una profesión que su padre ejerció durante décadas.

Del hospital al campo

Cuando llegó la jubilación, en el año 2000, se produjo para Manuel Montero un cambio importante. Después de pasar prácticamente toda su vida con una agenda ocupada por el hospital, de repente apareció algo que durante décadas había sido escaso: tiempo. Y supo llenarlo.

El campo se convirtió entonces en uno de sus grandes refugios. Tenía una parcela en la Montaña que cuidaba con especial dedicación, con su huerta, sus árboles y sus macetas. También encontró más espacio para otra de sus pasiones, la pintura, que practicaba como aficionado.

Y estaba, por otro lado, el Madrid. El fútbol fue otra constante de su vida. "La principal afición era su Real Madrid", cuenta su hijo. Durante años leyó el Marca prácticamente a diario e, incluso con una edad muy avanzada, las conversaciones con sus amigos seguían pasando por los resultados, los fichajes y los jugadores.

Hasta hace apenas unos meses mantenía una rutina que dice mucho de su manera de entender la vida: salir cada mañana, encontrarse con sus amigos y compartir un café y una conversación. "Hablaban del Madrid, de Mbappé, de los fichajes...", recuerda su hijo.

También sorprende otra cifra: condujo hasta los 95 años. Son detalles aparentemente pequeños, pero que ayudan a dibujar al hombre que quedó detrás del médico. Alguien que, pese a haber superado ampliamente la esperanza de vida de su generación, mantuvo durante mucho tiempo sus costumbres, sus amistades y sus aficiones.

"Vivió una vida plena"

Francisco Javier habla ahora de su padre desde el recuerdo, pero también desde la admiración. "Ha tenido una vida absolutamente plena, muy dedicada al trabajo, muy entregado a sus pacientes, muy entregado a su familia", resume.

Y quizá sea esa la mejor manera de despedir a un hombre cuya vida transcurrió durante casi un siglo: entre la medicina y el campo, entre el hospital y su casa, entre el deber y aquellas pequeñas cosas que disfrutaba cuando dejaba atrás la bata.

"Esta vida sin él deja muchas anécdotas, muchas vivencias, muchos momentos y, sobre todo, muchísima admiración por parte de sus hijos y de toda su familia".

La ciudad pierde así a uno de los médicos que ayudaron a construir su sanidad contemporánea. Su historia, sin embargo, permanece unida a la de aquel hospital al que llegó siendo un joven de 26 años y en el que terminó dejando 44 años de trabajo y una parte esencial de su vida.

Su cuerpo permanece desde este viernes en el Tanatorio San Pedro de Alcántara y el funeral será este sábado a las 17.00 horas.

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