Carlos Pérez es propietario de La Bodega de Pérez en el número 3 de la calle Virgen del Castillo, un negocio que hace 38 años inició su progenitor como la cafetería La Amistad y que en su origen fue un establecimiento del actual restaurante La Posada. Todo comenzó cuando sus padres, emigrantes en San Sebastián, regresaron a Montánchez y probaron suerte en la hostelería local.

Jesús, el patriarca, fue un pionero de la gastronomía porque cuando llegó del País Vasco comenzó a servir chipirones en su tinta y tigres, una novedad en los pinchos que hasta entonces se servían en los bares del municipio. Carlos, su hijo, estudió en Cáceres y luego se puso a trabajar en empresas de jamones del pueblo. «Primero estuve en Resti, después 12 años en Jamosa y otros 12 años en Monsalud, la famosa industria que montó el cantante Miguel Bosé», explica.

"Montánchez es una de la grandes cunas del jamón ibérico en la región y destaca por su sabor dulce"

Esa labor la compaginaba los fines de semana con la bodega del padre, que él enfocó como negocio de copas. Hasta que un día decidió darle un giro y reinventar el local, enfocándolo al sector jamonero desde un punto de vista turístico. Carlos está plenamente dedicado a ofrecer al cliente una experiencia en torno al ibérico que comienza llevando a los turistas a que conozcan una finca de cochinos y un secadero de jamones; posteriormente entran en la bodega y allí imparte una MasterClass en la que resalta la transformación del producto y da unas lecciones de corte. A ello une degustaciones.

«Nuestro microclima es lo que hace único al producto»

Carlos Pérez - Responsable del local

Y es que Montánchez es una de la grandes cunas del jamón ibérico en Extremadura y destaca por su indiscutible calidad. Ahora, el sector lucha por conseguir la IGP (Identificación Geográfica Protegida) porque para obtener la Denominación de Origen (DO) no existe volumen suficiente de producción. Es uno de los pocos pueblos que dispone de secaderos naturales por encima de los 700 metros y entre secaderos y fábricas alcanzan una decena de establecimientos. «Tenemos que explotar el filón porque las características del jamón de Montánchez no las tiene nadie; es dulce y eso lo hace nuestro microclima con alcornoques, encinas, castaños, robles, olivos, higueras... aquí no se crían los cerdos, aquí se curan los jamones», narra Carlos con gran amabilidad a este diario.

Por su local han pasado chinos, canadienses, rusos, holandeses, australianos, franceses... en busca de esta visita guiada extraordinaria. También oferta vinos de la tierra e incluso realiza catas con cava de Tierra de Barros. Sin duda, un negocio con encanto donde el cliente se acerca a un producto espectacular.