Frente a tanta calma y sosiego por la pandemia del coronavirus en otras fechas La Puebla estaría repleto de turistas. «Ahora hemos notado su ausencia», explica fray Guillermo Cerrato, guardián del monasterio de Guadalupe. «En otras circunstancias el claustro mudéjar permanecería habitado por grupos de fieles y curiosos. No hay un alma, ni una persona. Poder tener la casa abierta ya nos parece un paso positivo... siempre cumpliendo todas las medidas que dictan las autoridades sanitarias», dice el sacerdote.

Gel hidroalcohólico. ALBERTO MANZANO

El viajero puede acceder por las instalaciones, «pero aún así nos encontramos bastante lejos de esos fines de semana donde acudían un millar de personas. En la estadística de 2020 no se ha llegado a 48.000 visitantes, mientras que si comparamos los informes de años Santos con fechas similares se habrían alcanzado unos 200.000. Es una reducción de más del 70%», lamenta.

 «Actualmente las visitas se realizan de forma organizada en una sola dirección. Entran curiosamente por donde se acababa el recorrido, se comienza desde dentro hacia fuera y todos los turistas circulan en un único sentido. Se procura que no coincidan los grupos entre ellos», apunta Cerrato.

Nueve religiosos

La comunidad la forman nueve religiosos. «Somos una especie a proteger, porque cada día nos hacemos más mayores y quedamos menos. Necesitamos nuevas vocaciones a la vida consagrada y sacerdotal. Además vivimos en la España vacía. La Iglesia goza de uno de los capitales sociales más relevantes de nuestro país. Así lo demostró durante los peores años de la crisis económica y así lo sigue demostrando ahora a pie de calle con los afectados por el coronavirus. Desde el inicio del confinamiento, obispos, sacerdotes, religiosas y laicos han puesto en marcha miles de iniciativas en todos los rincones de España», recuerda.

Interior de la basílica, con la separación en bancos. ALBERTO MANZANO

Algunos seminarios se han convertido en improvisados albergues para personas sin techo o para acoger a las fuerzas de Seguridad del Estado, cuando iban de pueblo en pueblo para desinfectar las residencias de ancianos. Los comedores sociales también se han tenido que reinventar y muchos de ellos se han transformado en servicios de comida a domicilio ante la imposibilidad de las familias de acudir a ellos. «La creatividad cristiana ha llegado a límites insospechados e incluso ha conseguido traspasar los gruesos muros de los conventos. La gente piensa que los religiosos en los conventos solo están para rezar, pero la vida religiosa ha cambiado un montón y creemos que podemos aportar muchos granitos de arena en momentos tan difíciles como este». Así de contundente se muestra Fray Guillermo, quien insiste en que «en estos tiempos es más necesario que nunca ayudar a los demás».